Narración radiofónica de "Las rosas y los sauces" en BREUS
    DOS CORONAS


    LEJOS… muy lejos, en un tiempo distante a nuestros días, vivían dos bravas estirpes, dos reinos enfrentados por odios ancestrales, avocados a cruentas guerras que se sucedían, siglo tras siglo.

    El oro de la Blanca Corona ciñó durante mil años las regias sienes de los monarcas aldarios. La Corona Negra lució su bruñida obsidiana en el linaje erigio.

    Soota es un joven erigio de espíritu rebelde y temerario. La pérdida de los recuerdos de su infancia ha forjado un corazón duro que lo ayuda a sobrevivir a las intrigas de una sociedad violenta y convulsa.

    Su pasado, construido con mentiras, se derrumba el día que descubre que por sus venas corre la sangre de la casta real de Aldaria. Comienza entonces para él un largo viaje hacia el honor, la lealtad y la compasión.

    En medio del juego letal que disputan las dos Coronas, Soota combatirá en una devastadora ofensiva. Pero, sobre todo, luchará por alcanzar su destino, la ansiada paz, la esperanza de recuperar lo perdido y redimir, así, su alma.

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    lunes 24 de agosto de 2009

    Demonios

    BRAMÓ un cuerno sobre el cielo añil, casi púrpura. Fue una sola nota, larga, gruesa, resonante. Sonó a animal herido, furioso.
    Pocos supieron de dónde provenía. Lo cierto es que resultaba indiferente saber de cuál de las dos facciones procedía aquel sonido hueco e interminable. Era igualmente la llamada que anunciaba la muerte.
    La voz de alarma recorrió toda la ciudad. Fue un boca a boca raudo, urgente, que alcanzó todos los rincones de Betengard. No hubo calle ni plaza donde no se supiera de la inminente llegada del enemigo. Los soldados subieron a las murallas, las mujeres y los niños bajaron a los sótanos, los ancianos se arroparon bajo las mantas de sus camas. Se atrancaron las puertas de las casas, las ventanas se cerraron a cal y canto. Se improvisaron retenes de voluntarios, y ningún hombre que pudiese blandir un arma, ya fuese dueño o siervo, quedó fuera de la defensa de la urbe. En el exterior de sus muros las tropas aldarias se preparaban para el peor de los embates, para la batalla final que decidi­ría el futuro del reino. Era un ejército temible. Era una lengua de picas señalando hacia una sombra negra de caballos y hombres que se hacía más grande.
    La noche llegó con una pesadez desacostumbrada. Los oscuros nubarrones evolucionaron rápidamente hasta convertirse en una masa cerrada y grumosa que cubrió por completo los cielos. Durante algún tiempo las nubes se enconaron unas con otras, como si buscaran su sitio, encendiéndose con violentos relámpagos que estallaban en su interior convertidos en deslumbrantes fogonazos. Pero aquella saña no se aplacó y cayó a tierra. Comenzó a llover a mares, y los rayos asaetaron los campos.
    La tormenta no amedrentó a los hombres que debían combatir. Las filas aldarias se mantenían firmes, enraizadas en sus puestos. La horda invasora se había desplegado ante ellas dibujando su emblema: una media luna que empitonaba sus cuernos en la ciudad fortificada.
    Era también aquel un ejército sobrecogedor e igual de temible. Las antiguas falanges erigias habían quedado desmanteladas, y sus unidades se reagrupaban en compañías independientes con una mayor movilidad y capacidad de ataque. Los escuadrones de caballería ocupaban las posiciones centrales, en los flacos formaban los batallones de infantería, armados hasta los dientes.
    Aguardaban la señal, el momento. La inquietud se reflejaba en el piafar de los caballos, en el vaho que la lluvia no lograba desgajar, en el baile alocado de los estandartes, sacudidos por el hombre y el viento. La espera era un nuevo sufrimiento, era un retortijón en los intestinos, una náusea que vomitar en los charcos.
    El encontronazo prometía ser brutal. Los separaban menos de un kilómetro. Cada vez que restallaba un trueno ambos ejércitos se podían ver claramente, se podían oler, apestaban a barro, a cuero, a pelo húmedo y a hierro.
    Y el suelo tembló bajo sus recias botas, primero levemente, después con más furia. Nadie se movió de sus posiciones, anclados por la obediencia y el miedo.
    Durante unos segundos, la luz intermitente de la tormenta dejó ver a Herid Tasurgo; era una figura solitaria en pie sobre una loma. Se había alejado lo suficiente para consumar su tarea sin que lo importunasen. Desde allí podría dominar a la caterva de demonios que habría de venir de las entrañas de la tierra.
    Del enfangado terreno que pisaban los aldarios se elevó un chasquido seco y profundo. Algo se rompía allá abajo. Las ardientes piedras del abismo se abrían en una brecha hasta llegar a la tibia corteza. Los hombres observaron, trastornados por el desconcierto, que la tierra comenzaba a separarse en grietas gruesas como puños; más tarde se abrieron como cauces de ríos secos, tan anchas que un hombre podría caer en ellas. Brotó un aliento fétido que ni la lluvia pudo purgar, y un chirrido que daba dentera. Entonces aparecieron ellos, saltando desde aquellas cavernas hasta el cielo, aferrándose al aire con sus garras, ascendiendo por las ráfagas de viento.
    Tasurgo, en lo alto de la loma, con el cabello alborotado y calado hasta los huesos, sonrió. Él también temblaba, pero de absoluta extenuación. A sus ojos, aquella visión terrífica era de una belleza indescriptible. Había desatado el poder que encerraban las fuerzas telúricas, y ahora una camada de monstruos recién paridos por el magma trepaba por una ladera invisible hasta llegar al techo de nubes. Allí arriba cabalgaban sobre los rayos, como si aquel contacto los cargase del vigor y la cólera que iban a precisar. De sus escamosas gargantas emergió el siseo de miles de serpientes, y en ese instante su hacedor les ordenó que comieran las piedras.

    jueves 30 de julio de 2009

    Nuevo blog

    Hoy he inaugurado un nuevo blog: Breves apuntes para escritores. Os invito a que os paséis, a ver si entre todos aclaramos esas dudas que nos traen de cabeza a la hora de escribir nuestros textos.

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    viernes 29 de mayo de 2009

    Las rosas y los sauces

    Relia caminó bajo los sauces, apartando las largas ramas a su paso. Se detuvo un momento para atisbar a través de las hojas. Luego avanzó un trecho, hasta los espinosos arbustos que componían la rosaleda. Allí encontró a quien buscaba.
    —Señora, es tarde. Os vais a helar —le djio a la princesa.
    Con gesto protector, la doncella echó sobre los hombros de Emet una capa liviana del color del oro viejo, confeccionada en tafetán y con un amplio cuello de piel de armiño. Las dos siguieron el paseo que cruzaba entre los árboles.
    Aquel año, a los frondosos jardines de la Torre Alveen no llegaron las nieves. Se mantuvo el verdor de las matas de mirto y la viveza de los voluminosos naranjos, aguardando que la primavera los volviese floridos. El follaje gris plateado de los setos adornaba el borde de los senderos, y el aire estaba envuelto en el aroma refrescante de los cipreses recién podados.
    El lugar invitaba a la meditación y el sosiego, pues la amplitud de los terrenos que rodeaban la Torre permitía que aquel vergel estuviese alejado de la zona destinada a la guarnición de la fortaleza.
    Emet, que siempre había vivido en un pueblecito de la costa, se sentía abrumada por la opresora presencia de la atalaya. El boato que ésta acogía, no compensaba su amenazante figura, que se alzaba, piedra a piedra, en el centro de una ciudad vetusta e insalubre.
    Por eso, a la princesa le gustaba pasar largas horas en el sereno refugio que le ofrecía aquella suerte de oasis. Allí, apartada de la afectación de la corte, rodeada de la belleza más natural y sincera, sus pensamientos no le parecían tan funestos, ni la pena que le afligía, tan punzante y dolorosa. Sin embargo, a veces, en el silencio del jardín, su mente aún repetía, pertinaz: Dru, Dru Edho…, oprimiendo su desolado corazón.
    Relia le acompañaba en sus caminatas. La doncella era una gran conocedora de los nombres y propiedades de árboles y plantas, y Emet se entretenía instruyéndose en aquellas nociones, acariciando la suavidad de algunos macizos.
    —No, no toquéis esas hojas de ruda —le advirtió Relia—. Son irritantes. Celidonias, anémonas y ciertas variedades de prímulas, pueden dañar vuestra piel con un leve contacto. Cuidaos de adelfas y glicinas, y de probar los frutos de la hiedra, cinamomo y nueza negra.
    Emet continuó caminado delante de Relia, ensimismada en sus recuerdos. Su mirada se perdía entre la fronda.
    —En mi casa hay rosales rojos —dijo Emet, conteniendo un sollozo—. Y en la plaza de la villa, un tilo centenario.
    —Señora, cuando llegue la primavera, aquí también habrá rosas. Las más bellas de toda Erigia. —Durante un instante, Relia se quedó pensativa y detuvo su andar. Después, añadió—: Venid, os enseñaré un curioso rosal que crece muy cerca.
    La doncella condujo a Emet hasta uno de los sauces. Alrededor de su tronco trepaba un denso rosal que llegaba tan alto que casi alcanzaba su copa. Sólo en algunas partes se podía apreciar la corteza gris oscuro del árbol.
    —Cuando las rosas florecen, el sauce se engalana de púrpura —señaló Relia—. Una pequeña recompensa por todo lo padecido. Fijaos cómo el rosal ha invadido el tronco del sauce, cómo sus tallos lo circundan con un abrazo de espinas. Y si miráramos bajo la tierra, veríamos ambas raíces pugnando por hacerse sitio, enredándose una en la otra.
    —Edwina, mi aya, me ha dicho que un buen hombre posee las mismas virtudes del sauce: el tronco es recto y orgulloso, no hay nada que lo desvíe; pero sus ramas son largas y flexibles, se dejan agitar por el viento, nada las rompe.
    Emet recogió la falda de su vestido con descuido, se sentó debajo del árbol y descalzó sus pies, dejando que éstos reposasen sobre la hierba. Jugando, arrancó algunas briznas.
    Relia no la amonestó por aquellos ademanes tan poco refinados. El rey Minthos le había encomendado la tarea de instruir y educar a la princesa, y así hacer de ella una mujer digna de su regia condición. Esperaba ver aquellos progresos cuando regresase de la guerra y se celebrasen los esponsales que la unirían a Herid Tasurgo, el hechicero. No obstante, ya hacía un tiempo que la doncella había dulcificado y abreviado sus lecciones, pues temía que éstas, sumadas al desarraigo de su familia, fuesen la causa de que la salud de la princesa se estuviese apagando.
    Emet había perdido el lozano aspecto con el que llegó a la Torre. Sus mejillas ya no lucían sonrosadas y la luz de sus hermosos ojos azules se había apagado. La muchacha se resistía a comer. Las curvas de su figura se afinaron. Sus labios estaban pálidos, callados.
    La falta de vitalidad y alegría de la hija de Minthos se acrecentaba, y Relia ponía todo su esfuerzo en que aquello no continuase.
    —Os contaré una antigua leyenda —le dijo a su señora, ofreciéndole una cálida sonrisa—. Ocurrió hace muchos años, tantos que esta historia nació en el albor de las eras. Tal vez, ni siquiera haya sucedido en nuestro mundo.
    »Enard fue un joven caballero, apuesto y valeroso, que servía a su rey con reverente fervor.
    »Para Enard, nada había más allá del goce de conquistar nuevas tierras para su señor. Era pues, un hombre fiel a su reino; un luchador que sólo ambicionaba la gloria en la batalla.
    »Aconteció que la hija menor del venerado monarca puso sus ojos en él. A la princesa Marfa, nunca se le habían negado sus deseos, muchas veces efímeros antojos que abandonaba con desdén. Pero la gallardía del joven Enard la había enamorado de una forma tan intensa que aquel capricho de niña maduró hasta convertirse en el amor apasionado de una mujer.
    Emet escuchaba el relato con interés, ahora recostada en la hierba; mientras, Relia desgranaba los entresijos de un amor no del todo correspondido, de una tragedia que no aventuraba un buen fin.
    —No pienses por mis palabras que Enard detestaba a Marfa, no en vano la visitaba en su lecho. Él la amaba, aunque amaba mucho más combatir en las guerras y ganar triunfos para rendirlos ante su rey. —Relia mordió sus labios y miró con fijeza a Emet—. ¿Entendéis que una mujer jamás será la dueña del corazón de un guerrero?
    Emet desvió sus ojos hacia las ramas del sauce y un leve rubor tiñó su rostro.
    —Enard libró su última batalla —continuó Relia—. Murió tal y como había querido: blandiendo su espada.
    —Como un héroe —añadió la princesa.
    —Sí. Enard derramó su sangre luchando en los muros de la capital de aquel reino, durante la defensa a su asedio. Finalmente, se consiguió contener la ofensiva, pero Enard ya había dejado su vida junto a la de otros muchos hombres.
    »Marfa corrió tras las almenas hasta derrumbarse sobre el tibio e inerte cuerpo de Enard. No hubo suficientes lágrimas para llorar aquella pérdida. Hundida en el desconsuelo, la princesa se clavó una daga en el pecho para morir junto a su amor.
    »El rey ordenó que los enterrasen en el jardín del castillo, en una misma fosa. Quizás así, el alma de su hija descansaría en paz. «Marfa, te entrego en la muerte lo que no tuviste en vida», dijo el monarca sobre aquella tumba.
    »Pasó el tiempo. Un nuevo rey accedió al trono y otros guerreros pelearon en las guerras. No faltó una princesa que pasease por el jardín y visitase el lugar donde reposaban los restos de Enard y Marfa. Allí había crecido un sauce de profuso ramaje, y a su tronco se abrazaba un rosal. En la primavera brotaban las rosas rojas, grandes y olorosas, y el viento pretendía deshojarlas, pero el sauce, protector, las cubría con sus ramas.
    Al terminar, Relia se dio cuenta de que su leyenda quizá había sido demasiado triste, pues su señora parecía más melancólica y cabizbaja que antes. «¿Qué le preocupará a esta niña?», pensaba la doncella, «¿por qué calla el motivo de su padecer?».
    Emet se levantó y sacudió las briznas de hierba que manchaban su vestido.
    —Vayámonos, Relia. Tengo frío.

    martes 28 de abril de 2009

    El vestido

    Los montaraces se quedaron boquiabiertos. Salvo Max Fiendus, que conocía bien de cerca el esplendor de Betengard, aquellas gentes de montaña nunca habían pisado una mansión con tanto lustre y tal cantidad de sirvientes. Éstos los condujeron a las habitaciones de la segunda planta, donde se acomodarían durante su estancia. Cuando Río entró en la suya, tras una doncella menuda y de mediana edad, sintió que las altas paredes se le venían encima. Estaba adornaba con sobriedad, pero las pocas piezas que la amueblaban eran espléndidas, talladas en madera fragante y oscura. Una suave alfombra, un espejo grande y ovalado, y algunos candelabros de plata, acababan de componer el lugar. Aquella elegante alcoba no era precisamente la de un criado.
    Río dejó escapar un silbido ramplón. Frente a ella, una gran cama con dosel presidia el aposento, y encima de su mullido cobertor se extendía un vestido color esmeralda digno de una princesa. Dio unos pasos y acarició la tersura de la tela.
    —¿Es para mí? —preguntó Río a la doncella que le había acompañado.
    —Sí, señora. Es un obsequio del príncipe Doogan. Él mismo lo compró para vos.
    —No, no lo creo. No ha de ser para mí —repuso Río, desconfiada.
    —¿No sois vos la dama que esperábamos? —La doncella le mostró una sonrisa afable—. El príncipe nos encomendó que os atendiéramos en todo aquello que necesitaseis, nos advirtió de vuestras ropas de mancebo… Y veo que es cierto, ¡si hasta lleváis una espada al cinto! —exclamó mientras se aproximaba a la muchacha—. ¡Pero mirad vuestra cara! ¡Si estáis cubierta de roña! Os prepararé un buen baño.
    Aquella mujer se disculpó brevemente y salió de la habitación. Parecía dispuesta a cumplir a rajatabla el encargo del príncipe, porque en unos minutos ya estaba de vuelta dándole órdenes a un par de criados que cargaban con una bañera.
    —Dejadla aquí, junto a la chimenea —les indicó la doncella.
    Comenzó un incesante ir y venir de la servidumbre cargando baldes, hasta que el barreño quedó rebosante de agua.
    —Hale, hale, ya podéis marcharos —despidió la doncella a los criados agitando los brazos—. Ah, y decidle a Anelle que venga, y que no olvide traer un refrigerio para la señorita. Y vos, ¿a qué esperáis? —añadió dirigiéndose a Río, mientras cerraba la puerta—. Quitaos de encima esas pieles malolientes. —La doncella abanicó una mano delante de su arrugada nariz.
    —Pero… señora… —balbució Río, ahora sí sonrojada.
    —¡Oh, vamos! No me vengáis con melindres, joven dama. Un baño os librará de la fatiga del viaje y… ¡por todos los dioses! ¿Qué habéis hecho con vuestra cabellera?
    La joven montaraz se había quitado el gorro de piel de lince dejando a la vista su cabeza pelona de cabellos trasquilados y algo tiesos.
    —¡Pobre niña! —se lamentó la doncella, ayudándola a despojarse de aquel tosco ropaje de montañés—. ¡Pero si estáis más flaca que un junco!
    El agua estaba caliente y Río se metió en el barreño sin rechistar. Con enérgico ademán, la doncella le enjabonó el corto cabello. Al poco, entró Anelle, una muchacha tan joven como ella, aunque de aspecto mucho más lozano. En verdad, Río parecía una trémula espiguilla surgiendo de un arroyo, aunque sus brazos, acostumbrados a manejar la espada, estaban tan fornidos como los de un varón. Pronto se sintió reconfortada y remoloneó un rato antes de que el olor del pan tierno le apremiase a terminar el baño. Todavía envuelta en un suave lienzo, despachó con rápidos bocados los manjares que había traído la criada. ¡Cuánto tiempo hacía que no saboreaba un pan tan blanco y fresco como aquél! Y aquellas frutas escarchadas y la leche endulzada con miel. Ya estaba aburrida de la carne de jabalí y los dulces le supieron a gloria.
    Tras saciar su apetito, las dos mujeres la vistieron con el flamante vestido que le esperaba sobre la cama.
    —Señora, ¡Qué bien os sienta esta seda! El color verde realza vuestra tez. ¡Y qué bien se ajusta a vuestras medidas! ¡Estáis hermosa! ¿No es así, Anelle? —La doncella la llevó hasta el espejo.
    A Río le costó reconocer que la imagen que se reflejaba en el espejo era ella. La mujer que tenía ante sí no se parecía al mozuelo que había sido hasta entonces. Pasó las yemas de sus dedos por el brocado, repasando los dibujos briscados que trazaban los finos hilos de oro. El corpiño realzaba sus pequeños senos y convertía su torso en una copa rematada por un finísimo encaje. El escote circundaba los hombros desnudos, las mangas se entallaban desde el codo hasta la muñeca. La falda caía sobre sus caderas y se volvía amplia y vaporosa al rozar el suelo.
    Pero aquel reflejo era un espejismo. Ella no era una dama, por mucho que así la llamasen las doncellas. En cuanto se quitase el vestido, volvería a ser la pequeña Río, la niña de los Gledius, la mocita que se negaba a florecer como mujer.
    A Río le entró una súbita congoja y estalló en llanto.
    —¡Por qué me habéis puesto este maldito vestido! —chilló—. ¡Marchaos! ¡Dejadme en paz y no me molestéis más con vuestros frívolos halagos!
    Las doncellas se marcharon sin mediar palabra, escandalizadas por aquella explosión de ira que no comprendían.
    Río recogió su arma, la desenvainó y sopeso su calibre con ambas manos. Nunca le había parecido pesada. Su filo estaba algo mellado, eran los trofeos ganados en los duelos contra Fynneon. Dando rienda suelta a la furia que sentía, blandió unos ágiles mandobles en el aire, como si un enemigo invisible la acechase. El zumbido que producía la hoja sonaba amplificado por la acústica del aposento. «¡Idiota, soy una idiota!», se repitió una tras otra la retahíla. Luego, sin soltar la espada, se dejó caer sobre el suelo, echa un ovillo.
    La lucha había llegado a su fin.
    Su corazón hacía tiempo que la había avisado, pues se estremecía con sólo contemplar la apostura del príncipe. Y ahora, aquel espejo le mostraba la mujer que había ocultado durante años bajo ropas de hombre y andares zafios.
    Vencida, dejó brotar todas las lágrimas no lloradas, todo el dolor no padecido, todo el amor no sentido.

    miércoles 1 de abril de 2009

    Morir matando

    Brend Cleid hendió a fondo su espada en el pecho de su adversario hasta que la punta emergió de su espalda. Aunque aquel hombre llevaba una pesada cota de malla, el acero aldario lo traspasó como si hincase sobre un fardo repleto de blando sebo.
    El general extrajo la hoja con la misma facilidad y el hombre cayó al suelo, ya sin vida. El cadáver acompañó a un sinfín de cuerpos rotos y desgajados, algunos todavía agonizantes, que, como una pátina de horror, cubrían el corredor que circundaba las almenas. Sobre ellos caía un cielo gris plomizo, cargante.
    Rodeado de los lastimeros plañidos de los vencidos, Cleid rompió en una horrísona carcajada. El festín de sangre le instigaba a permanecer en un estado de euforia y paroxismo que no hacía más que crecer.
    Cleid consideró la posibilidad de que el conjuro de Tasurgo hubiese endurecido algo más que el acero, pues nunca había sentido tal placer al matar. Ni siquiera se podía comparar con el deleite de yacer con una mujer. Aquel olor salado, picante, acre… penetraba con fuerza en sus fosas nasales y lo enloquecía. Lamió la nervadura de su espada y saboreó el gusto ferroso del icor que la impregnaba.
    En medio de aquel éxtasis formidable, sintió un picotazo en el cuello. Cleid despertó de su delirio y elevó su vista en busca de un aleteo sobre el fondo velado que lo envolvía. ¿Acaso los buitres no disponían de suficiente carroña que se lanzaban contra un hombre vivo?
    Contempló el lugar con nuevos ojos. Allí nadie quedaba en pie, salvo él.
    Entre un montón de restos humanos, de cabezas seccionadas, huesos descarnados, muñones y oscuras vísceras, el general Cleid distinguió un rostro aniñado de mirada azul e hipnótica. Aún había luz en ella.
    El único brazo —desnudo, sanguinolento— que conservaba aquel joven, parecía señalarle, o tal vez sólo descansaba después de haber hecho un último esfuerzo.
    Cleid sintió un líquido caliente derramándose por su hombro y una flojedad en los huesos del pecho. «¿Qué demonios está pasando?», se preguntó mientras llevaba una mano a aquel chorro palpitante que le brotaba del cuello.
    —¡Sangre! —exclamó al descubrir su palma manchada.
    El gesto furioso de su semblante se transformó en una expresión incrédula. Cleid se resistía a aceptar que la vida se le estaba escapando a borbotones con cada latido de su corazón. «Está sucediendo muy rápido, rápido, rápido…», pensó, desfallecido. Sus rodillas flojearon y la espada se le escapó de entre los dedos.
    El joven moribundo, enterrado entre cadáveres, sonrió. Había cumplido su deseo de morir matando.
    Sólo cuando Cleid dio con su cuerpo en el suelo vio, tendido junto a él, el estilizado puñal que le había herido de muerte.

    viernes 6 de marzo de 2009

    LOS AMANTES ETÉREOS


    El joven monje contemplaba a Wei, dormida, preciosa…
    Imbuido por las hipnóticas salmodias, supo que dominaría el trance por el que visitarla en sus sueños. Cerró los ojos y liberó su mente, desatándola de la materia. Se desvanecieron los pensamientos que se apegaban a su conciencia, hasta que sus pies pisaron la fresca hierba de un idílico paisaje.
    Wei estaba rodeada de caléndulas amarillas.
    El monje no contuvo el beso, saboreándola, sin prisa; lamiendo su sonrosado cuello, enloquecido por el aroma de su nuca, recorriéndola con las manos, con la boca, desnudándola. Acarició sus hombros, tan suaves, la plenitud de sus pechos, de sus nalgas, llenándola de placer con íntimas caricias.
    Las mejillas de Wei se encendieron con la candidez de una niña sorprendida por la destreza de su primer amante, pero sus ojos, sinceros, traslucían el desinhibido ofrecimiento de una mujer madura.
    El joven, excitado ante su belleza, la poseyó con la apremiante necesidad de adentrarse en la tibieza de aquellos muslos.
    Exhaustos, invadidos por la laxitud que aquieta el deseo, se hundieron en un profundo sueño que sosegó sus cuerpos y espíritus, olvidándose hasta de sí mismos, sumergidos en la blanca luz de la nada.

    domingo 8 de febrero de 2009

    EN EL BOSQUE

    Al caer la tarde hicieron alto bajo los deshojados robles del bosque.
    —¡Rediez! —Gledius descabalgó con parsimonia y arrugó la frente en un gesto de dolor—. Tengo las piernas tiesas y el espinazo doblado. No sé si lograré acostumbrarme a las sacudidas de este demonio…
    —Vamos, Gled, te quejas como un crío —le reprendió Fiendus—. ¿Acaso preferías seguir camino a pie? Estos animales han sido una bendición.
    Gledius no quedó muy convencido con lo dicho por Fiendus. Las piernas le temblaban por la falta de costumbre a permanecer tantas horas en una misma postura y le escocían las nalgas tras aquel prolongado roce contra la dura silla de cuero. Él era un hombre de largas y sosegadas caminatas por la apretada arboleda que rodeaba su cabaña, no en vano su oficio de cazador y trampero necesitaba de sigilo, paciencia, perseverancia y cierta intuición para batir las mejores piezas. Podía pasarse horas en la más absoluta quietud, tan sólo mascando la punta de una paja seca y mesándose la tupida barba mientras vigilaba los andares de un zorro, el cubil de un oso o una lobera escondida en los pliegues de una vertiente pedregosa. Su puntería con el arco tampoco se podía desdeñar, y la habilidad para componer una trampa con los utensilios más variopintos le había proporcionado numerosas pieles de visones y martas. Nunca había poseído un caballo y pocas veces tuvo la necesidad de viajar en uno. En su memoria sólo guardaba el lejano recuerdo de algunas tardes de primavera en la que él ―siendo todavía un muchacho― y su prometida se subían a los lomos de un viejo jamelgo zambo que el padre de la joven conservaba por piedad. Ambos se alejaban hasta la espesura de los pinos para amarse en la discreta soledad de la floresta. Después se habían casado y aquellos paseos terminaron, como acabó también la vida del viejo jamelgo y mucho después la de su esposa.
    —Fynn, hijo —llamó Gledius—. Coge tu arco y demos una vuelta por los alrededores. Con una pizca de suerte encontraremos algún conejo al que ensartar sobre el fuego.
    Fynneon asintió con un leve movimiento de cabeza. El tremendo golpe propinado por uno de los erigios le había amoratado el lado izquierdo de la cara. La tumefacta hinchazón hacía intuir lo doloroso de la magulladura. Pero Fynneon era un muchacho recio y no había emitido ni un solo ay que pusiese en duda su entereza ante el dolor.
    Padre e hijo se internaron en la zona boscosa que trepaba por la ladera que se extendía a un lado del sendero. Fiendus desguarneció a los caballos, librándolos del peso de sillas y alforjas; después comenzó a limpiar un claro de ramas y piedras, con ellas prepararía un sitio adecuado para encender una fogata.
    ―Río, ¿por qué no vas a buscar un poco de leña? ―propuso Fiendus a la muchacha―. Con unas cuantas ramas será suficiente para hacer un buen fuego.
    Río no abrió la boca ni para asentir; enseguida se dio la vuelta y se perdió en la espesura de un mar de helechos. Max Fiendus continuó con su trabajo, disponiendo en un círculo aquellos desperdigados pedruscos.
    Mientras agachaba la espalda y hacía rodar las piedras con sus rudas manos, pensó en su nieto. Recordó que el joven había aparecido en el Paso de los Reyes con unas gruesas líneas negras pintadas bajo los ojos. Éste era un signo claro de su pertenencia a la nobleza erigia: debía de ser un joven amo, acomodado y ocioso, poco acostumbrado a las tareas propias de criados, pues no había movido un dedo para echarle una mano en adecentar el lugar del campamento. No pudo más que alegrarse por ello. Doogan era un príncipe digno de que lo sirviesen y no merecía otra cosa que ser atendido con deferencia.
    Fiendus golpeó el pedernal y las chispas prendieron la yesca.
    ―Doogan ―dijo sin levantar la vista de su faena―. Ahora que estamos a solas es buen momento para que me digas quién eras allá, en la tierra de los bárbaros.
    No recibió respuesta. Solamente se escuchaban las ráfagas de viento soplando por encima de las copas desnudas.
    Cuando el viejo capitán alzó la mirada, vio que hablaba solo.