miércoles 20 de agosto de 2008

NOBLEZA DE CABALLERO

Eizanel subió de dos en dos los tortuosos escalones de piedra caliza que ascendían en espiral. Al llegar al mirador sus botas resonaron en el empedrado, pero Aldus no se volvió. El rey continuó con los brazos cruzados sobre su pecho, escrutando la inmensa extensión de tierra que se divisaba desde aquella altura.
―Acércate, Eizanel ―dijo sin mover su pose estática y gallarda―. Contempla el ejército de Enar antes de que inicie su partida.
El joven se había apresurado a acudir a la llamada de su señor y su respiración se mantenía agitada tras la rápida ascensión hasta el lugar más alto en que culminaba la residencia real. Obediente, caminó entre las chimeneas que emergían del suelo y se aproximó al rey. Éste le dedicó una breve mirada y dirigió de nuevo la vista al horizonte.
Eizanel, al lado del monarca, se veía de la misma estatura. Sin embargo, la fornida complexión de Aldus doblaba la figura desgarbada del joven. A pesar de que su edad superaba la cincuentena, el Señor de Imeria conservaba la apariencia de sus años mozos, y apenas se entretejían algunas canas en su larga cabellera oscura. Sólo en sus profundos ojos castaños se podía advertir el peso de sus vivencias, inquietudes y decepciones.
La tarde caía. El cielo, ahora despejado por el vendaval que soplaba del oeste, era un lienzo manchado por los primeros trazos del crepúsculo. Bajo él, una miríada de campamentos cubría el terreno ondulante y hundido entre las lomas que rodeaban el Castillo Lazvard. Éste, anclado sobre un escarpado cerro, dominaba un lugar privilegiado desde el que se podía observar las tierras fecundas y arboladas que se perdían en la distancia.
Allí abajo se derramaba el asentamiento del vasto ejército enario, engrosado en las últimas horas por tropas venidas de toda la provincia. Eizanel apoyó las manos en la cornisa del murete. El viento despeinó sus rubios cabellos y le trajo el olor a humo de las hogueras que se desperdigaban entre una masa bulliciosa de miles de guerreros.
―Mañana partiremos con el alba, Eizanel ―El rey se asió también al murete y añadió―: Tu padre me ha dicho que te has unido a la campaña.
―Así es, señor.
―No puedo decir que no me agrade, hijo. Pero Langius me ha contagiado su preocupación por ti. Dice que eres todavía muy niño, y que…
―Señor, no le hagáis caso ―interrumpió Eizanel claramente indignado―, mi padre es un viejo gruñón y metomentodo que más le valía cuidar de sus propios achaques.
Aldus Lazvard estalló en una sonora carcajada.
―Mi joven muchacho… Siempre tan desvergonzado e impertinente ―dijo el rey sin perder la sonrisa―. Arrestos no te faltan, pero en la batalla hace falta tener algo más que coraje.
Eizanel no necesitaba oír más para saber a qué se refería su señor, tantas habían sido las veces que éste le había enumerado las muchas virtudes de las que debía hacer gala la nobleza de un caballero. Paciencia, disciplina y templanza eran algunos de los preceptos que Aldus intentaba inculcar en su protegido; decía que de valor y sangre fría andaba sobrado, si es que de eso se puede exceder. Pero Eizanel pensaba que él no era caballero ni noble, y lo único que necesitaba saber era cuán a fondo tenía que hundir su espada para atravesar el corazón de un enemigo.
―Eizanel, sé lo que piensas. Ese mohín huraño no me oculta lo que pasa por tu cabeza. Crees que ya estás preparado para batirte en combate, pero, ¿también lo estás para morir? Tan sólo aquél que está dispuesto a abrazar la muerte lo está para conservar su vida. Y tú aún tienes mucho que vivir, mucho por hacer, y… un destino que cumplir.
El joven reflexionó sobre aquellas palabras que no alcanzaba a comprender. No entendía qué era lo que el rey intentaba transmitirle con sus enrevesadas sentencias. Para Eizanel, no había mejor muerte que la que se alcanza en el fragor de la batalla, ni mejor final que morir matando.
―Aldus te conoce bien. Teme que un lance te incite a cometer una heroicidad innecesaria ―dijo una voz a sus espaldas―. Caes fácilmente en la provocación.
Vassel Artion salió de detrás de una alta chimenea y se acercó a ellos. Eizanel no se sorprendió de su presencia, pues Artión era el fiel custodio que guardaba las espaldas del monarca.
―¿Para eso me habéis traído aquí? ―preguntó Eizanel a su rey, enfadado―. ¿Para sermonearme como a un crío? ¡Ya estoy harto de vuestros innecesarios desvelos!
―Refrena ese genio, muchacho ―le reprendió Artion.
―No es esa mi intención ―contestó Aldus. La severidad de su rostro ensombreció sus ojos―. Aunque estoy sujetando mi mano para no abofetearte.
El rey levantó su brazo y por un instante Eizanel pensó que iba a golpearlo. Sin embargo no fue así y éste rodeó sus hombros con un cálido apretón.
El sol era apenas un ascua moribunda que irradiaba sus últimos rayos, envolviendo el paisaje en un halo dorado, mágico. A quien tocase aquel resplandor le producía la sensación de que el tiempo se detenía, y apreciaba una paz que invitaba al silencio. A Eizanel le pareció que el vocerío que ascendía de los campos se aquietaba en suave murmullo. Mientras, su cabello se cubría del bruñido bronce del ocaso y en sus ojos se encendía una llama.
Vassel Artion se mantuvo alejado a una prudente distancia de Aldus y su pupilo, aun cuando no dejase de prestar atención a lo que allí se hablaba.
―Perdonadme, señor… ―susurró Eizanel, conmovido por la indulgencia del rey.
―Hijo, es precisamente ese temperamento tuyo el que me hace temer por tu vida ―dijo Aldus―. ¡Ata esa cólera, Eizanel! ¡No dejes que domine tus actos!
El joven asintió en silencio y sostuvo la penetrante mirada del Señor de Imeria. Se arrepintió de inmediato de sus palabras altaneras y desabridas. No era un muchacho arrogante, pero sí reconocía que su carácter arisco le convertía, muchas veces, en un ser intratable. Por eso idolatraba a Aldus, porque su señor había depositado su confianza en él dispensando sus defectos y ofreciéndole una deferencia de la que muy pocos podían presumir.
Sí, Eizanel veneraba a Aldus Lazvard por su noble intención de forjar en él las cualidades de un hombre justo y honorable.
Y porque dentro de su corazón sabía que no merecía tal afecto.

viernes 4 de julio de 2008

PRIMER ANIVERSARIO

Apenas ha transcurrido un año desde que me inicié en el oficio de la escritura. Han sido doce meses de dedicación casi exclusiva a la literatura, un tiempo en el que he escrito las primeras historias que finalmente han tomado forma de novela. Un tiempo de aprendizaje, de noches desveladas, de lecturas y correcciones.
Todo ese esfuerzo ha sido recompensado. Los que escribís sabéis de lo que hablo: de la satisfacción de poner punto y final a una novela de la que os sentís satisfechos. Pero debo reconocer que gran parte de lo que he conseguido ha sido gracias al apoyo y a la ayuda que me han brindado un buen número de excelentes personas (tanto escritores como lectores) que he conocido a través de foros y blogs.
Por eso, ahora, en este aniversario, quiero agradeceros todo el tiempo que me habéis dedicado, todos los consejos y comentarios que me habéis dejado tanto en los foros como en este blog. Sin vuestra opinión me hubiera resultado muy difícil darme cuenta de los errores, erratas y demás vicios que arrastramos la mayoría de los que somos escritores noveles.
Gracias infinitas para cada uno de vosotros.
Mientras mi primera novela Dos coronas deambula por las oficinas de algunos editores (en espera de que llegue el día en que uno de ellos se decida a publicarla), yo estoy terminando la que será mi segunda novela Crónicas desde el Averno.
Aquí os dejo su prólogo, a ver qué os parece.


CRÓNICAS DESDE EL AVERNO
PRÓLOGO
Permanezco largas horas sentado en mi trono. Desde aquí, sólo puedo ver una vaga luz que, a lo lejos, se vuelve oscuridad lúgubre y cavernosa.
En mi copa, labrada en el oro más puro, rebosa el mejor vino. Me gusta su sabor, fuerte, amargo...
Ella está a mi lado. Descansa la cabeza sobre mis rodillas, extendiendo su hermosa cabellera al alcance de mi mano. Su piel blanca refleja destellos nacarados y su cabello tiene el tacto de la seda. Cuando la acaricio me parece oír que ronronea como un cachorro manso al encontrar el calor de su dueño.
Noche tras noche, reclamo su compañía. Nunca imaginé que necesitaría tanto la presencia de alguien a quien no amo y al que únicamente ofrezco desprecio. Será la soledad, o tal vez la desidia que este palacio sombrío ha imbuido sobre mi alma... Si es que todavía la conservo.
Cuando era un muchacho, en mi interior guardaba frialdad y resentimiento, pero también pasión, valor y esperanza.
Ahora albergo un profundo vacío.
No sé si volveré a sentir la calidez de una llama que ilumine mi duro corazón.
He conquistado un reino que se ha postrado a mis pies, reconociéndome como su legítimo señor. Pero esta hazaña no me enorgullece, pues ha sido un logro inevitable para proteger la libertad de la patria a la que sirvo.
Los lánguidos días se suceden a las noches de tormento. Quizás, en algún instante, la claridad retorne a mi perturbado juicio y pueda enfrentarme a este destino, que repudio y me envilece.
¿Será cierto que no elegimos nuestro futuro? ¿Que nuestros actos están dictados desde el principio de la Creación, incluso el momento de la muerte?
La muerte me huye, yo creo que me teme.
La vida me detesta. Ya en mi nacimiento quiso abandonarme, pero me aferré a ella, aceptando mi lugar entre el resto de los hombres.
Los recuerdos regresan una y otra vez, como el oleaje de una marea brava que arroja sobre la arena los tesoros de las profundidades marinas. Me agrada evocarlos, revivir en la memoria el camino recorrido, mi pasado...
Rememoro aquel tiempo lejano, deleitándome con todos los sucesos buenos.
Y también con los malos, aunque sean tan amargos como este vino.

domingo 6 de abril de 2008

EL ALMUERZO

El trampero se quitó la chaqueta, remangó los puños de su tosca camisa y lavó sus grandes manos en una pila de agua.
—Ya veréis qué sabroso: Huevos con delicias de puerco —dijo Gledius colocando una pesada sartén en el fuego.
Fiendus miraba absorto los precisos movimientos de su amigo; la maña que tenía batiendo los huevos, y repartiendo las gruesas tajadas de salchicha y tocino sobre la manteca caliente. En seguida el aroma de la fritura le hizo relamerse a la espera de probar aquellas viandas.
—Ah… qué bien huele.
—Ya está listo —anunció Gledius.
El trampero repartió la comida en los platos, sirviendo cuatro raciones colmadas.
—También hay un poco de sopa caliente y pan tierno —añadió.
Al fin unos crujidos en los peldaños avisaron que la muchacha bajaba del desván. Cuando se sentó al lado de Fynneon, su padre se acercó a ella.
—Una dama debe ser amable y educada —dijo Gledius mientras le quitaba el gorro y le golpeaba la cabeza con una cuchara—. Saluda a nuestro invitado.
—Hola, Max.
Fiendus no contestó. Tenía la boca llena, así que le respondió con un pellizco en la mejilla. Todos comieron con apetito, y al terminar, Gledius les sirvió un poco de licor.
—Es bastante fuerte, pero ha macerado con bayas de enebro e hinojo, y… baja bien.
Fiendus lo probó, deteniendo un momento la bebida en su boca para apreciar todo el sabor. Le pareció excelente, un tanto seco pero con un agradable amargor final. Río no tuvo tanto esmero, lo bebió de golpe y alargó su vaso pidiendo más.
—No, Río —dijo Gledius—. ¿Acaso quieres que te salga bigote?
—¡Vamos, padre! —protestó la joven—. No soy una niña.
—No, no… No eres una niña, apenas una mocosa bruta e insolente.
Fynneon forzó una risa cínica. Eran pocas las veces que su padre regañaba a su hermana y se sentía de alguna manera recompensado por su derrota con la espada. Río gruñó como un osezno malhumorado, sin oponer ni una palabra. No era muy habladora y rara vez se mostraba alegre, siempre ofreciendo un carácter arisco y contestaciones desabridas. Gledius decía que su hija era una auténtica montaraz, y que en vez de ponerle Río debería haberla llamado Flor de Cardo.
—Ayer me topé con un hallazgo bastante peculiar —comentó Gledius, comenzando la tertulia de sobremesa—. Me encontré con un muerto.
—¿Un… fantasma? —preguntó Fiendus, levantando las cejas.
—No, que va… Un muerto, muerto. En realidad era un cadáver roído y apestoso.
—Ah, vaya…
Fynneon y Río escuchaban atentos lo que contaba su padre.
—Fue en un lugar cercano a la frontera —dijo Gledius, dispuesto a explicar toda la historia—. En la pared rocosa de la montaña hay muchas cuevas; algunas no pasan de ser simples madrigueras de roedores, pero otras son el cubil perfecto para el refugio de un oso. Mi Nuna es una fisgona y se atreve con todo, así que cuando me di cuenta se había adentrado en una caverna. Sus ladridos insistentes me avisaron que había topado con algo. Mi instinto me alertó de que el peligro acechaba, y saqué mi cuchillo.
El trampero desenfundó el cuchillo que pendía de su cinto y con un rapidísimo gesto lo clavó en la mesa. Continuó su relato con voz todavía más profunda, arrastrando a sus hijos y a su vecino dentro del inquietante suceso.
—La cueva estaba en penumbras, pero yo continué avanzando hasta el fondo, allí donde Nuna no dejaba de ladrar. Me recibió el hedor de la muerte. Por un hueco en el techo entraba una luz difusa aunque suficiente para ver aquel amasijo de carne putrefacta.
»¡Rediez! ¡Era un erigio!
Los jóvenes dejaron escapar una exclamación de sorpresa y temor, y Fiendus descansó el rostro sobre sus puños entrelazados en una actitud expectante.
—¡Por Aldar, que aquellos corrompidos huesos eran de un erigio!
Gledius dio un manotazo en la mesa para aseverar su discurso.
—Y aún no sabéis todo. ¿Os imagináis qué vi al lado del cuerpo?
Los cuatro cruzaron sus miradas.
—¡Un queso!
Gledius señaló con un dedo inquisidor a Fiendus.
—¡Tu queso!
El corazón del viejo capitán empezó a latir con fuerza y el hombre trató de disimular su zozobra.
—Era uno de tus oblongos quesos, Max.
El semblante de Gledius se relajó en una astuta y pícara sonrisa.
—Ahora te toca a ti, Max. ¿Nos dirás cómo llegó hasta ese lugar uno de tus quesos? Hace unos días no fuiste muy sincero cuando te pregunté sobre si tenías alguna novedad importante. ¿O intentabas ocultar a Magda lo que ni siquiera te atreviste a contarme a mí? Vamos Max, yo no soy hombre asustadizo y debiste alertarme de que esos malnacidos vuelven a rondar nuestras tierras.
Fiendus tragó saliva y se enderezó en la silla. Los demás observaron que estaba aturdido y que no había oído las últimas apreciaciones de Gledius.
—Gled… Ese erigio… ¿Te pareció más alto que yo… o canijo?
—¡Vaya pregunta! ¿Pero no te he dicho que era un puro hueso consumido por los gusanos? Vamos a ver… Déjame pensar. Tú muy grande no eres, y si no recuerdo mal, el erigio aún era más bajo de tu estatura. ¿Contento?
—Pues sí, tu respuesta alivia mis temores. Verás, Gled, mi visita tiene un motivo. Y a pesar de que mi decisión está tomada desde hace un tiempo, lo que acabas de contar me fortalece en mis propósitos. Hablaré claramente y delante de tus hijos.
»Si hoy he venido a tu casa es para pedir tu ayuda en un asunto que —Fiendus se interrumpió un instante para continuar después con mayor rotundidad—... Será mejor que os lo cuente todo desde el principio, así lo entenderéis mejor, pues son muchos los acontecimientos del pasado que debéis conocer.
»Hace unos meses Patkis me despertó en plena noche. Salí afuera, descalzo y desarmado. ¿Adivináis quiénes merodeaban por mi granja?

martes 11 de marzo de 2008

LAS MINAS DE HASS

Soota observó el aspecto turbio de su cerveza, la mesa desvencijada sobre la que apoyaba los pies y, más allá, el constante ir y venir del gentío al mostrador de la cantina. El propietario, un hombre flaco y de largos bigotes, servía a sus clientes con la desgana habitual. En aquel tugurio, donde el ambiente ofendía los olfatos más sensibles, se reunían, cada noche, las personas más selectas que rondaban las minas: guardias, proveedores, carreteros, muleros, herreros, comerciantes y prostitutas. Y allí, entre jarras de cerveza, vinos y licores varios, se llevaban a cabo toda clase de negocios y trueques, así como el intercambio y chismorreo de las noticias que recorrían Erigia, desde las montañas del sur hasta la costa norte.
Roy se había recostado contra el respaldo de la silla, en la misma posición relajada que Soota, solo que había bebido en exceso y ahora pagaba las consecuencias de la borrachera. El joven pelirrojo estaba profundamente dormido, sin que los ruidos del establecimiento le importunasen el sueño.
Sin embargo, Soota no había probado la jarra que tenía delante. Se decía a sí mismo que aquella cerveza tendría un sabor demasiado desagradable, y que seguramente estaría aguada con el caldo graso que sobraba de las marmitas, cuando la verdadera razón se ajustaba más a que ya estaba hastiado de bebidas repugnantes, de comidas insípidas y de lugares tan sórdidos como aquél.
Dax entró por la puerta y recorrió el trayecto que le separaba de Soota sin necesitad de hacerse hueco entre la multitud que atestaba la cantina, pues todos se apartaron al paso del capitán.
—¿Qué le ocurre al muchacho? —preguntó mientras se sentaba frente a Soota, a un palmo de sus botas.
—Le gusta beber… y no sabes cuánto —contestó Soota señalando a Roy con el pulgar.
—Ay, los jóvenes ya no aguantan nada, son unas piltrafas de estómago delicado. En mi época, los niños de pecho ya tomaban sus buenos tragos. Mi madre solía contarme cómo usaba la cerveza para apurar el destete. ¡Así he salido yo! ¡Un toro!
Dax se golpeó los voluminosos pectorales con los puños para reforzar lo que con tanta vehemencia había aseverado.
—¿Un toro? —preguntó el príncipe levantando una de sus cejas—. Un toro es un animal noble, inteligente, libre de vagar por los prados, un semental que monta a todas las hembras, una detrás de otra… Tú eres, más bien, un asno…
Soota ya había encontrado un entretenimiento con el que divertirse un buen rato. Le resultaba irresistible aquel juego de poder en el que unas palabras ofensivas podían conducir a una riña zanjada a puñetazos. No era la primera vez que incitaba a Dax para acabar enzarzados en una pelea. Encontraba un extraño placer al enfrentarse a un hombre mucho más fuerte, aunque hasta ese momento nunca le había ganado. Tumbar al viejo guardia se había convertido en un reto, algo que, por supuesto, Dax conocía. Si el príncipe quería jugar con él, pensaba el guardia, tendría sus puños a su servicio para machacarlo.
Dax estaba cansado. Decidió que era mejor empezar cuanto antes, sin necesidad de una réplica a la ofensa que no fuese un primer golpe inesperado. Con un rápido ademán agarró los pies de Soota y los apartó con tal ímpetu que lo volcó de su silla. El joven erigio cayó acompañado del estruendo de la madera partida.
El carcajeo de los clientes que estaban más próximos no se hizo esperar. Salvo Roy, que continuó durmiendo el sueño de los benditos.
Soota se levantó despacio. Sus facciones seguían tan impasibles como siempre, pero en su mirada, clara y oscura a la vez, resplandecía un brillo salvaje. Se despojó de su espada y del peto de cuero que resguardaba su pecho, y saltando por encima de la mesa se lanzó contra el cuerpo nervudo de Dax.
El capitán lo recibió con el apretado abrazo de una serpiente que quiere estrangular a su presa. Soota intentó soltarse, y cuando estaba a punto de conseguirlo, Dax le dio un fuerte cabezazo. Aquel primer golpe a punto estuvo de dejarlo sin sentido, pero Soota siguió revolviéndose hasta que logró escapar. No perdió ni un instante en golpear con su puño la mandíbula del guardia obligándolo a retroceder unos pasos.
—¡Te voy a arrancar la cabeza! —gritó Dax, mientras un hilo de sangre escapaba por su boca.
—Inténtalo, asno… —le espetó Soota, con tono desafiante.
Alguien, escondido en el anonimato de la muchedumbre, emitió un rebuzno, largo y jocoso. El rostro del capitán de la guardia se incendió de cólera.
—Pequeño hijo de perra… —dejó escapar entre dientes, apurándose en aflojar el correaje que portaba sus dagas y dejándolo caer al suelo.
Soota, con el torso al descubierto, exhibía un cuerpo recio y bien proporcionado, pero el físico de Dax era mucho más imponente. El joven era demasiado esbelto para enfrentarse con éxito a un hombre que en verdad parecía un toro.
Dax gritó como una bestia sedienta de sangre. Abrió los brazos y apretó los puños, forzando todos los músculos hasta que estos se hincharon como las velas de un barco, en una muestra de su admirable fortaleza.
Sin clemencia ni rencor. Así lucharían, provocados por el simple deseo de medirse con otro hombre, de sentir cómo la excitación del combate les avivaba toda la fiereza que llevaban dentro. A su alrededor se formó un corrillo que los azuzaba con el mismo arrebato con que se anima a los perros de pelea a que luchen hasta la muerte.
—¡Muérdele una oreja! —vociferaba una mujer, sin soltarse de su hombre.
—¡Reviéntale el hígado! —rugió un muchacho de mirada bizca y mejillas purulentas.
La expectante audiencia animaba con su vocerío a aquel coloso, sin importarle un bledo la condición privilegiada de Soota. Allí no había lugar para distinciones entre príncipes y ciudadanos, solo entre vencedores y vencidos. Ellos deseaban sangre y espectáculo. Y estos dos rivales se lo iban a dar.
Soota volvió a atacar con la agilidad de un felino, enseñando sus puños prestos a atizar su segundo golpe, pero Dax supo esquivar el impacto, respondiendo a su vez con un derechazo que apenas rozó a su contrincante. Con la rabia desatada, los dos hombres se enzarzaron en una serie de golpes rápidos que terminaron en la violenta caída de ambos encima de una mesa que se hundió, completamente quebrada. Todavía en el suelo rodaron uno sobre el otro hasta que el príncipe aferró con fuerza el cuello del capitán. Durante unos segundos pareció que a Dax le fallaban las fuerzas, aunque no por ello Soota dejo de apretar el robusto gaznate de aquel gigante.
Pero en la mente de Dax aún no había motivo para la rendición; consiguió zafarse de aquellas poderosas tenazas y tumbar a su oponente propinándole un puñetazo en el pecho con tal potencia que lo lanzó a un par de metros de distancia.
El populacho gritaba enfervorizado reclamando más diversión.
—¡Venga, Dax!
—¡Rómpele la cara!
Soota se levantó como un resorte, y aprovechando que Dax le ofrecía la espalda, le agarró de su larga coleta, aupándose de un salto a la espalda del fortachón. Con un hábil gesto le pasó la coleta alrededor del cuello y tiró de ella con fuerza, pretendiendo ahorcarlo con aquella improvisada soga. Dax empezó a dar vueltas sobre sí mismo, intentando desembarazarse de Soota, que se apretaba contra él rodeándolo con sus muslos. Al fin, Soota cayó al suelo con estrépito, derribando a su paso mesas y sillas, y vertiendo las bebidas de los clientes.
A pesar del bullicio, el joven Roy continuaba durmiendo, anestesiado por los efluvios de la bebida, sin percatarse del alboroto que se había formado junto a él.
El tabernero mantenía un semblante inescrutable, pero sus ojos mostraban un brillo ladino que no auguraba nada bueno. Ya estaba harto de que la mayoría de las noches aquellos altercados pendencieros acabasen destrozando su ya destartalado negocio. Bajo el mostrador guardaba un grueso garrote, la única arma que necesitaba para disolver las disputas. Lo cogió con cierta resignación, y blandiéndolo sobre su cabeza, se acercó a los dos bravucones que seguían propinándose puñetazos. Sin contemplación ni titubeo la emprendió a garrotazos, con la irrefutable certeza de que estaba en el derecho de tomarla contra quienes él dispusiese, pues era dueño y señor de su propiedad más preciada: la cantina. Y no sólo Dax y Soota probaron la contundencia del garrote, sino todo aquel que se interpuso en su camino.
Nadie se atrevió a discutir la acción del tabernero y los ánimos de la abigarrada multitud se fueron templando, incluso los ahora vapuleados contendientes parecían haber entendido el lenguaje del palo.
—Dejémoslo por hoy —dijo Dax.
Su rostro perruno estaba bastante maltrecho. Soota no tenía mejor aspecto, su ojo azul se ocultaba tras su párpado hinchado. Como en otras ocasiones, actuaron sin recelo y acabada la pelea se dieron la mano, al igual que dos caballeros, demostrando su respeto hacia un digno rival.
Pospusieron definitivamente aquel duelo, esperando un mejor momento para reanudarlo. También regresó la rutina entre los clientes: los carreteros bebieron cerveza, los herreros jugaron a los dados, los muleros brindaron con licor y las prostitutas se dejaron pellizcar sus dulces carnes por quienes las probarían aquella noche.
Soota recogió sus pertenencias y sujetando al todavía durmiente Roy, se lo echó sobre los hombros y abandonó la taberna.

domingo 17 de febrero de 2008

LA VISIÓN

La mañana se desplegó sobre el Bosque de Houck. Soota estaba despierto, pero seguía tendido en el suelo, escuchando las notas altas de un pájaro que entonaba su especial canto crepuscular. Se sentó sacudiendo las hojas que tenía pegadas en los brazos y viendo cómo Roy dormía con las manos encima del vientre sin soltar su espada. En cuanto se giró hacia Darmion se quedó tan impresionado que paró su gesto en seco.
Werner Darmion permanecía tumbado sobre un costado, con el cuerpo vuelto hacia Soota. La cabeza reposaba en su morral, y su semblante, algo pálido, parecía relajado y con la boca entreabierta. Pero sus ojos estaban muy abiertos y sus dilatadas pupilas empequeñecían el verde de su iris. Aquella extraña mirada se clavaba con determinación en Soota, produciéndole un desasosiego que le obligó a exhalar con fuerza el aliento. Darmion mantenía una postura rígida y los puños apretados. El joven príncipe pensó que estaba muerto, y sólo al observar un leve parpadeó se dio cuenta de su error.
—Soota… —dijo Darmion, casi sin mover los labios—. Te estoy viendo… distinto. ¿Eres tú?
Soota se percató de inmediato de que su compañero de viaje estaba siendo atormentado por una de sus impredecibles visiones, y que aquella expresión severa no era otra cosa que el terror que le provocaba.
—Tranquilo, Werner. Soy yo, Soota. No tienes nada que temer.
—Soota…
—Dime, Werner. Habla… cuéntame que ves.
—Te veo a ti, pero no eres tú.
Soota se acuclilló frente a Darmion, con los brazos cruzados sobre las rodillas, escuchando con atención sus palabras.
—Tus ropas no son negras.
—¿Ah, no?
—Son blancas y azules, y llevas la imagen de un águila dorada bordada en el pecho.
Soota se frotó la frente. Su corazón comenzó a latir con fuerza, Darmion acababa de describir el uniforme de un general del ejército aldario.
—Mira, ¿las ves? Tus botas no son negras, son rojas.
Aquello le hizo recapacitar un momento. Las botas de un aldario eran marrones, no rojas.
—Están manchadas de sangre. Límpiatelas…
La voz de Darmion era como la de un niño asustado.
—Soota… tu camisa está llena de sangre. También te ha salpicado el rostro y apenas te reconozco.
—Darmion, déjalo ya…
Sabía que su petición era inútil y que cuando Darmion se sumía en un trance ni siquiera él mismo se podía controlar.
—¿Qué tienes en tu mano? Enséñamelo.
Soota se miró las manos. No había nada en ellas.
—Ese es mi… —dijo Darmion.
El joven vidente se levantó aún aquejado de cierta rigidez y con paso tambaleante se adentró en el enmarañado boscaje que los rodeaba. Soota entrechocó sus nudillos hasta que restallaron. Su respiración se había vuelto agitada. Se incorporó y siguió a Darmion, haciéndose hueco entre los arbustos y las zarzas. No tardó en encontrarlo, desorientado y con la mirada perdida. Soota le tendió una mano, invitándolo a salir de aquellos espinos que lo estaban arañando. Pero Darmion echó a correr todavía ofuscado por las imágenes que lo perturbaban.
—¡Apártate! —comenzó a gritar Darmion—. ¡Eres un sucio aldario! ¡Eres la muerte!
—¡Werner, cállate!
—Se lo diré a tu padre. ¡Eres un traidor!
Soota lo agarró por sus largos cabellos, pegándose a él. Los ojos vivaces de Darmion revelaban que la visión había pasado.
—Eres un engaño. Por tus venas no corre ni una sola gota de sangre erigia.
—Werner…
—Tu madre es una perra aldaria.
—Werner, por favor… cállate —susurró Soota.
Darmion le escupió en la cara, no le faltaba valor. Al joven visionario le invadió el orgullo de no saberse un cobarde y después sintió un dolor lacerante y profundo. Bajó la cabeza y vio que su puñal sobresalía de su pecho. Seguía doliendo, intentó sacarlo, aferrándolo con sus dedos temblorosos. Tiró y un chorro de sangre salió disparado de la herida, salpicando el rostro de Soota. Las fuerzas le abandonaron y cayó al suelo desplomado, ahogándose en su propia sangre.
Soota esperó pacientemente a que la vida se escapase del cuerpo de Darmion. No tardó mucho en morir, le había perforado el corazón. Roy se presentó enseguida, alarmado por las voces.
—¿Qué ha pasado?
Darmion yacía en el suelo con su puñal en la mano y la boca abierta en un mudo grito agónico. Soota tenía la cara cubierta de sangre, así como su ropa, y sus botas.
—Se ha matado —dijo Soota—. Intenté evitarlo, pero llegué tarde.
—¡Por todos los dioses!
—Tuvo un ataque, una premonición de esas que lo enloquecen y se ha apuñalado.
Soota mentía con tanta frialdad que Roy se hubiese creído cualquier cosa.
—Pobre Werner…
El príncipe erigio se dio media vuelta y comenzó a alejarse del lugar.
—Voy a lavarme al arroyo —dijo mientras caminaba.
—¿Y que hago ahora con él? —preguntó Roy señalando el cadáver de Darmion.
—Haz lo que te parezca.
En cuanto estuvo fuera de la vista de Roy, Soota dio un puñetazo al árbol más cercano, intentando con aquel gesto desesperado que saliese toda la amargura que llevaba dentro. Su rostro, deformado en un alarido que no llegó a salir de su garganta, reflejaba la impotencia y la rabia que le afligía. Ya había matado a demasiados hombres fuera del combate, y éste último no era, ni mucho menos, un enemigo.

viernes 8 de febrero de 2008

LAS HIJAS DE AMUALMAT

El cielo nocturno era más bello, si cabe, en el desierto. Las estrellas alumbraban el firmamento como una infinitud de diamantes de múltiples facetas. En la tienda de Amualmat se celebraba un magnífico banquete. La música y las carcajadas se escapaban del interior del recinto, escuchadas con consternación por quienes no fueron invitados al acontecimiento. No faltaron los nobles caballeros del rey, ni su heredero. Tampoco los patriarcas de cada familia somohita. Pero el pueblo llano no se había resignado y se felicitaba a su manera por la llegada de tan ilustres visitas, uniéndose a los soldados en una fiesta trasnochada.
Dentro del pabellón, los asistentes se acomodaban formando un círculo. En el centro quedó un espacio despejado donde una pareja de músicos tocaba las melodías que amenizaban la opípara cena. El más anciano, flaco y ciego, movía con agilidad sus huesudos dedos sobre una flauta de madera a la que arrancaba sus cadenciosas notas. Le acompañaba un hombre que, con la ayuda de un arco, rasgaba un original instrumento de cuerda cuya caja de resonancia estaba hecha con la cáscara de un fruto desconocido.
La mayoría de los invitados eran somohitas, vestidos con sus atuendos más elegantes para la ocasión, sentados todos juntos a la derecha de Amualmat. Eran una explosión de color, pues llevaban túnicas de chispeantes tonos tornasolados confeccionados con las mejores sedas y altísimos turbantes que desafiaban la gravedad. A la izquierda, el grupo compuesto por los caballeros erigios; parecían lúgubres urracas que apenas rompían su distante actitud. Amualmat se sentaba cómodamente repantigado sobre mullidos almohadones y con una permanente sonrisa en su boca que a aquellas alturas de la jornada era más un rictus nervioso que otra cosa. Minthos, a su lado, ocupaba el sitio de honor, acompañado por su hijo, sus fieles nobles y los capitanes del destacamento.
La tienda se iluminaba por lámparas de aceite con forma cilíndrica y labradas en bronce. Estaban colocadas en el suelo y proyectaban un haz de luz difusa que salía por sus rendijas. Dispuesta delante de los comensales había una hilera de pequeñas mesitas que apenas levantaban unos centímetros del suelo y que rodeaban todo el círculo de invitados. En ellas se sirvieron unas bandejas repletas de sabrosos alimentos que con su aroma incitaron a comer con gula a más de uno. Por supuesto, Amualmat predicaba con el ejemplo, olvidándose por unos momentos de sus preocupaciones mientras devoraba aquellos manjares. Un sinfín de platos que deleitaban los paladares más delicados: jugosos asados de ave y cordero exquisitamente aderezados con manzanas y piñones; tortas preparadas con la harina más fina y rellenas de calabaza y miel; panecillos recubiertos de crujientes semillas de sésamo; nueces y almendras tostadas; dulces de ciruela y almíbar de naranja, sin olvidarse del rojo vino afrutado y la amarga cerveza.
—Este Amualmat sí que es un gran conocedor de los placeres de la vida —dijo Brend Cleid frotándose la panza.
—No te imaginas cuanto —comentó Roel Unex, sacudiendo la cabeza —¿Sabes qué he averiguado esta tarde? Que ese saco de sebo tiene cinco esposas, diecinueve hijos y una recua de nietos.
—Pues sí que ha estado entretenido el muy cabrón —opinó Soota.
—Este pueblo se rige por tradiciones salvajes —dijo Werner Darmion—. No luchan en ninguna batalla, no han nacido para empuñar una espada… sin embargo, sí son capaces de soportar el carácter de cinco mujeres, todas queriendo ser las señoras de la casa.
—Contado así suena espantoso —dijo Unex, sin dejar de comer un muslo de pavo.
—¡Oh, dioses! No le tengáis pena —protestó Soota—. Beber, comer y follar. ¿Quién se negaría a esa vida? ¿Qué hombre no querría dormir todas las noches con el estómago lleno y una mujer al lado? O dos…
—Hablado de mujeres, fijaos lo que asoma por allí —apuntó Cleid.
Los hombres giraron la cabeza hacia donde Brend Cleid les indicaba. Cuatro bailarinas irrumpieron en la tienda empezando una exótica danza alrededor de los músicos, exhibiendo su belleza a un entusiasmado público que seguía sus contorsiones con fervor. La sonoridad grave de un timbal se unió a la melodía para reforzar los concisos movimientos. Había comenzado el verdadero espectáculo de la noche.
Las mujeres eran muy jóvenes y exhibían sus cuerpos desnudos sin ningún pudor. Se cubrían con gran cantidad de joyas y abalorios que se movían al compás de sus dueñas, mostrando y ocultando su piel con cada armonioso gesto. Sus brazos y tobillos lucían aros tintineantes, las nalgas estaban cubiertas por una malla de cuentas que apenas tapaba su sexo y desde el cuello bajaban uno tras otro, los collares que acababan entre sus pechos. Tampoco en sus cabellos faltaban los adornos, ni en las orejas, ni en cada uno de sus dedos.
Quienes nunca habían visto aquel baile no salían de su asombro. Lo que allí veían era impensable en la austera corte, donde las mujeres se reconvenían al decoro justificándose en una falsa moral, ataviadas con pesadas vestimentas en las que esconder sus encantos. Sin embargo, aquellas bailarinas enseñaban desinhibidas su femineidad, incluso sin disimular la vanidad que se advertía en sus miradas violetas. Los somohitas animaban a las jóvenes con sus palmas, incitándolas a aumentar el ritmo de sus giros, de sus balanceos, llevándolas al límite de la flexibilidad de sus cuerpos, envueltas en aquel frenesí, aduladas, deseadas.
Minthos se atusaba la barba, sin perder detalle de la danza. Sus caballeros habían dejado de comer, abstraídos por la bendita visión, subyugados por el provocador contoneo de las gráciles caderas de las bailarinas. Todos se habían unido a las clamorosas palmas de los somohitas. Werner Darmion estaba boquiabierto y con los ojos desorbitados. Era tan joven como el príncipe, pero mucho más ignorante en asuntos de damas. Jamás había visto unas mujeres como aquellas. Embelesado como los demás, Soota no podía apartar la vista de las bailarinas.
—Amualmat nos tenía reservado el plato fuerte para el final —dijo Darmion, intentando que sus palabras se oyesen entre el jaleo de voces y palmas.
—Nunca había visto unas hembras como estas —afirmó Soota—, ni siquiera en las mejores casas de putas.
—No te equivoques —explicó Unex, dirigiéndose a Soota—. No son putas, son las hijas de Amualmat. Aunque sé que no tienen reparos en estar con un hombre.
—Pareces muy informado, Roel —dijo Soota.
En el momento álgido de la danza, cuando el ritmo delirante de la música se elevó en un acorde de notas agudas que se repetían una y otra vez, una de las muchachas se acercó al lugar que ocupaban los nobles erigios y se arrodilló frente al príncipe. La joven tenía la piel bronceada y brillante. Su cabello largo y muy rizado parecía una esponjosa nube negra y en los rasgos de su pequeña cara destacaban sus labios gruesos y bien formados. Era hermosa. Sin dejar de ondear sus brazos, fue arqueando su espalda hacia atrás, como un junco doblegado por el viento, hasta que su cabeza tocó el suelo, dejando que sus pezones sobresaliesen entre las cuentas de sus collares.
La frenética melodía acabó de repente, dando por concluido el festejo y el baile. Los presentes prorrumpieron en un estruendoso aplauso y las jóvenes correspondieron con una serie de elaboradas reverencias que dedicaron a Amualmat y al rey Minthos. A la salida del pabellón, Roy esperaba a Soota entre las gentes sencillas y los soldados que celebraban, visiblemente borrachos, el afortunado encuentro entre la compañía y la caravana de mercaderes somohitas.
—¡Soota! ¡Aquí! —llamó Roy a su amigo requiriéndole su atención.
El príncipe se acercó al pelirrojo, notando en seguida que éste desprendía un fuerte olor a vino.
—¿Estás borracho o te has caído dentro de un tonel? —preguntó Soota.
—Eztoy bien —contestó el joven, mientras se tambaleaba al andar— Zolo he bebido un pozquito de vino. ¡Ay! ¡Ezta zi que ez una auténtica fiezta!
—Tú si que eres un auténtico zoquete… Anda, vete a dormir, menuda moña llevas encima.
—¡No! Ni hablar. ¡Ezta noche ez para divertirze hazta la zalida del zol! —gritó Roy al ver que Soota se alejaba, sin hacerle caso.
Poco le quedaba al joven Roy para seguir disfrutando de la noche, pues el amanecer estaba próximo. El príncipe había bebido lo suficiente como para saber que había llegado a su límite, aunque quizás ya no estuviese a salvo de padecer al día siguiente un terrible dolor de cabeza. Aun así, Roy tenia razón y en aquella fiesta, donde no faltaban las ganas de juerga, merecía la pena hacer excesos. Sin embargo, para él, la celebración había acabado.
La madrugada del desierto Ure–Belek era el contrapunto del caluroso mediodía. La temperatura había bajado tanto que la ligera brisa que soplaba le producía escalofríos.
Cuando se dio cuenta, el pequeño Moimat estaba otra vez a su lado.
—Mi padre quiere que te acompañe a tu aposento —anunció el niño—. Ven, es por aquí.
—¿Y quién demonios es tu padre? —preguntó Soota caminando tras los pasos de Moimat.
—¡El Gran Amualmat, por supuesto! —contestó el chiquillo un tanto ofendido por la ignorancia del príncipe.
Llegaron hasta la entrada de una tienda, blanca y redonda, no muy grande pero con un alto techo donde alguien se había molestado en izar un estandarte con la media luna.
—Aquí es. Que descanséis, señor.
—Hasta mañana, Moimat. Me temo que no me libraré de ti…
El niño se marchó con los ojos cansados por la falta de sueño, pero satisfecho por haber cumplido con su obligación. Su padre le había aconsejado que anduviese con cautela al asistir al príncipe, pues la sangre real suele ser propensa al enojo. Pero él no lo creía así.


Soota se desvistió bajo la exigua llama de una lamparita de aceite. En la penumbra se distinguía un confortable lecho abrigado con una abultada manta de piel, suave y oscura. Sobre el suelo se extendía una alfombra de seda en la que se entrelazaban los dibujos de flores de tallos nudosos por los que revoloteaba una bandada de golondrinas.
Algo se movió bajo la manta. Intuyendo lo que se encontraría, Soota levantó la manta con la punta de la espada, dejando al descubierto el cuerpo desnudo y sin adornos de una de las hijas de Amualmat. Escrutó su cara, sus pechos, reconociendo a la bailarina que terminó la danza frente a él. Tenía los párpados cerrados pero no parecía dormida. Soota dejó caer al suelo su espada. Para aquella batalla necesitaría otra clase de arma. Se acercó a la joven y le acarició la cara con el dorso de la mano. Ella abrió los ojos, sonrió, paseando su mirada por el cuerpo del príncipe con la misma perspicacia con la que se observa la estampa de un brioso caballo. El sonrojado semblante de la bailarina no mostraba vergüenza, solo deseo. Soota la sujetó por el mentón atrayendo su deliciosa boca hasta él y la besó despacio. Tenía la sensación de que nunca podría dejar de besarla.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Soota.
Ella no contestó. El príncipe volvió a besar aquellos labios tan perfectos que le correspondían con la misma pasión, rozando su terso cuello con los dientes, con la lengua, saboreando el gusto salino de su piel. Acarició todo su cuerpo, recorriendo su espalda, sus generosas nalgas, sus pechos, la firmeza de su vientre, demorándose entre sus muslos hasta despertar en ella la necesidad apremiante de ser amada. Soota, incitado por sus juegos, poseyó aquel cuerpo que le invitaba a adentrarse en su calidez.
Intentó hacerlo despacio, deleitándola, reprimiendo su propio placer. Ella respondió hundiendo las uñas en su espalda, clavándose como garras en la blanca piel del hombre. Sus respiraciones agitadas se acompasaban con sus movimientos, cada vez más precisos. Él la hacía estremecer bajo su torso hasta la última de sus embestidas, pero no consiguió arrancarle ni un solo gemido. Soota gritó, complacido y exhausto. Aquella mujer era una diosa que le había devuelto los instintos largamente adormecidos y que ahora regresaban con fuerza.
Estaba hambriento. Hambriento de besos, de calor, de las caricias más íntimas que la joven le regalaba, excitándolo con sus roces más atrevidos, obligándolo a que de nuevo estallase de placer en su interior. Satisfecho, se tumbó sobre el pelo brillante y negro de la manta para después caer agotado en un sueño profundo y reparador.


Soota se esforzó en abrir los ojos, deslumbrados por la claridad de la mañana. Estiró un brazo, estaba solo. La muchacha se había marchado demasiado temprano para que él se percatase de su ausencia.
No, no estaba solo. Oyó el leve crujido de una tela.
—¡Por Erig, nuestro dios! —exclamó Soota, mirando de reojo—. ¿No podrías ser menos silencioso?
Moimat, sentado en la alfombra, esperaba paciente a que el príncipe se despertase. A su lado había dejado una bandeja con el desayuno: leche tibia de cabra, pan dulce, y un cuenco lleno de higos secos. Soota se llevó las manos a la cabeza, aquejado de un palpitante dolor. No debía faltar mucho para la partida. Se levantó de un salto y comenzó a vestirse con prisas.
—¿No vais a comer? —preguntó el niño.
—¿Cómo se llama tu hermana?
Moimat agrandó los ojos, desconcertado por la pregunta.
—Ya sabes, la damisela contorsionista que vino a presentarme sus respetos —dijo Soota, mientras se abrochaba las botas.
El pequeño Moimat se ruborizó, admitiendo con el bochorno que sabía más de lo que debería saber. Se suponía que él estaba al margen de los asuntos de sus hermanas y era un fastidio desvelar que conocía sus secretos.
—Se llama Madhara.
—Un precioso nombre para una preciosa mujer, aunque… callada.
El niño, que hasta entonces hablaba con la mirada baja, la alzó.
—Es sordomuda, señor. No habla… ni escucha.
Soota se sorprendió a pesar de la evidencia. Daba igual, él también era una persona incompleta, un tullido. Envainó su espada y recogió su capa. Antes de salir al exterior, donde la compañía se preparaba para continuar su camino, se volvió hacia Moimat y apoyó su mano enguantada en el hombro del niño.
—Te deseo buena suerte. Tu padre puede estar contento, me has servido bien.
—Gracias, señor.
—Y dile a tu hermana… Bueno, no importa.
Al tiempo que Soota se alejaba, Moimat sacó un dátil del bolsillo y se lo comió.

miércoles 30 de enero de 2008

ENCRUCIJADA

Soota avanzaba a pie ligeramente adelantado, apenas la distancia del cuerpo de su caballo le separaba de Roy y Darmion, quienes también conducían sus monturas de las riendas. La senda centenaria zigzagueaba entre la densa floresta, internándose en el Bosque de Houck. Un bosque oscuro y apretado, donde a aquella hora tardía la luz del sol se apagaba tras las hojas de los robles.
Roy no dejaba de escrutar las frondosas ramas que se entrecruzaban sobre su cabeza, atento al más mínimo salto de una ardilla.
—Está anocheciendo. ¿No deberíamos parar ya? —preguntó el joven pelirrojo.
—Estúpido gañán… —dijo Soota—. Llevas un buen rato temblando como una vieja asustada.
—No es miedo —corrigió Roy—. Es respeto, nada más.
—Respeto —repitió Soota—. Ahora llamamos respeto a cagarse en los pantalones. Lo que hay que oír…
—Me he criado en una pradera, rodeado de perdigueros y caballos —explicó Roy—. A lo lejos nos rodeaba la loma de un cerro, y los únicos árboles que recuerdo son una retorcida higuera y un tejo al pie de un barranco. Aquí no se ve ni el cielo, y este olor… a humedad, a hojas podridas…
—Huele… perfecto —dijo Darmion—. A tierra y a laurel. A rosas silvestres, a corteza de abedul, a tomillo y a lirios…
Soota se estampó una mano en la cara y sacudió la cabeza. No lo podía creer; Roy, un miedoso, y Darmion, un poeta.
—Huele a mierda —dijo Soota—. Mi caballo se acaba de cagar.
Paró sus pasos y se dio la vuelta, frenando la marcha.
—Está bien, lo habéis conseguido, se me han quitado las ganas de seguir. Haremos un alto hasta que amanezca. Así podréis descansar, comer, rascaros la espalda el uno al otro y daros por el culo.
Roy y Darmion cruzaron una breve mirada. El príncipe estaba enfadado.
—¡Venga! ¿A qué esperáis ahí pasmados? Busquemos un sitio donde pasar la noche y hagamos un fuego. Roy, tú vete a recoger algo de leña. Tú solo, a ver si te espabilas. Werner, llévate a los caballos y busca por los alrededores un arroyo donde puedas abrevarlos. Recuerdo que hay uno por aquí cerca.
Los jóvenes se fueron sin rechistar para cumplir las tareas.
—¡Por Erig! —exclamó Soota, sin importarle que le oyeran—. Qué dos idiotas me acompañan, tan simples, tontos…
Hacía dos días que habían dejado la capital. Aquella mañana Soota se despertó con una sensación de pereza y desanimo que había superado recurriendo a la trabajada disciplina de su férreo carácter. Mientras remoloneaba entre las sábanas recordaba que debía aceptar su condición de hijo obediente y salir en unas horas hacia Hass, donde Werner Darmion se quedaría al mando de una explotación minera. Después acabaría en algún lugar perdido de la costa para regresar con su hermana.
A modo de ritual ineludible, pactado con su propia conciencia, no olvidó rasurar su cabeza y rostro como parte de su aseo. Aquel gesto era algo que le hacía recordar su procedencia, distinguiéndole así de los demás erigios, quienes habían aceptado aquella rara costumbre pensando que era una extravagancia de un hombre desquiciado. Se vistió, abrochó el peto alrededor de su pecho y abdomen, y se colocó la protección de unos brazales de piel que ajustó fuertemente mediante su atadura. De entre las armas que se extendían sobre la mesa, había escogido las que consideró adecuadas para el viaje y, tras unos breves instantes de reflexión, decidió llevarse la bolsa de cuero y la guardó con el resto de sus pertenencias.
Había tenido la libertad de elegir a un hombre para que lo acompañase, alguien leal y discreto. Roy lo era, aunque no alcanzaba a ser un hombre, tan solo un muchacho demasiado joven. Pero Soota estaba seguro que sería al único que podría aguantar durante tantos días recorriendo en soledad los apartados caminos y, en lo posible, escondidos a los ojos de los viandantes. Le había quedado muy claro que aquel viaje se llevaría a cabo con la máxima discreción.
Cuando Roy y Darmion volvieron ya era noche cerrada. Soota tenía que reconocer que el Bosque de Houck era oscuro e inquietante, y menos silencioso de lo que había esperado, lleno de aleteos, chasquidos, siseos, graznidos y el intermitente ulular de los búhos. Si hubiesen seguido el camino, tal y como Soota había decidido en un principio, quizás ya estarían fuera de aquella espesura, evitando el pernoctar entre tantas alimañas acechantes y ocultas en las sombras.
Encendieron una pequeña hoguera, más para sentir la protección del fuego amigo que para sacudirse el frío. Los caballos parecían tranquilos, rodeados de un entorno que no les era impropio a su naturaleza, apaciguados por el paisaje de sonidos primitivos; la voz nocturna del bosque.
Al terminar la cena, los tres jóvenes continuaron sentaron alrededor del fuego, sobre el mantillo crujiente que cubría el suelo.
—Háblanos de ese lugar de donde provienes —pidió Soota a Roy—. Parece un buen sitio.
—Sí, lo es. Mi hogar está más allá de Hass, al otro lado de sus montañas, y ocupa una enorme extensión hasta llegar al margen del Gran Lago. Es una región que se conoce como Llanura de Barig. ¿Habéis estado alguna vez allí?
Darmion y Soota permanecieron callados, negando con su silencio.
—En mi tierra no hay mucha arboleda, pero sí verdes pastos y suaves colinas. En primavera los campos se llenan de amapolas y anidan las perdices. También hay lagos, unos son pequeños, otros enormes, pero todos son muy redondos y profundos, y están llenos de carpas. Apenas llueve una vez al año, por eso los lagos son importantes… Y tenemos caballos, los mejores. Puede que no sean tan robustos y resistentes como los del ejército, pero son los más veloces. Eso os lo aseguro.
—Me gustaría verlos algún día —dijo Soota—. ¿Cómo son?
—El porte es noble y su andar cadencioso. Tienen la cabeza pequeña, cuello largo y delgado, la grupa redondeada, y las crines y la cola muy pobladas. Son de color castaño, menos en la frente que lucen una estrella blanca.
—En mi casa había uno —habló al fin Darmion—, cuando mi padre vivía. Lo trajo a la vuelta de una de sus expediciones. Me lo regaló siendo un niño.
—Entonces sabrás que no exagero —dijo Roy—. Con un brach, un buen jinete podría ganar en una carrera a cualquier montura.
—Brach. Así me dijo mi padre que se llamaba su raza.
—¿Axel Darmion ha muerto? —preguntó Soota.
—Hace seis meses. De unas fiebres.
—Lo siento, Werner —dijo Soota—. No lo sabía. Era un buen hombre, un aventurero. Lo recuerdo al servicio de la corona en interminables travesías por tierra y mar. Su regreso a la corte era un gran acontecimiento.
—Sí, ha sido una triste pérdida —admitió Darmion, visiblemente emocionado—. Aún le quedaban muchos territorios que recorrer.
—Erig lo tendrá junto a él, en su campo de batalla y sentado en su mesa, eterna fuente de manjares y ambrosía —recitó Roy la retahíla aprendida.
Soota pensó que casi no conocía a Werner Darmion. Era joven y estaba junto a Minthos desde hacía un par de años, a quien le había ofrecido su espada y su peculiar facultad adivinatoria. Pero en ese tiempo, a pesar de compartir juventud, no lo había tratado lo suficiente para saber las preocupaciones del visionario.
—¿Tienes hermanos, Werner?
—Tengo tres hermanas más pequeñas. Son niñas aún, pues la mayor ha cumplido doce años. Yo soy el único varón. Y ahora que ha muerto mi padre, soy su heredero y a mi me corresponde aceptar su legado y transmitirlo a mis hijos. Cuando los tenga, claro... —dijo sonriendo—. Mi padre no solo me ha dejado cosas materiales, aunque fue una persona generosa, no hay duda. Son los principios, las normas fundamentales que todo caballero debe mantener a lo largo de su vida. Un hombre que se precie como tal, no debe olvidar el significado del honor, la lealtad, la perseverancia y el valor.
—Vaya… —dijo Soota—. Lo que estas contando, Werner, no parece que acompañe demasiado a los caballeros de la corte. Más bien creo que describes a un héroe legendario.
Darmion volvió a sonreír, pero en esta ocasión su sonrisa semejaba amarga y melancólica. La sinceridad del príncipe era igual de abrumadora que siempre, una cualidad que tanto producía admiración como rechazo.
—Puede que tengas razón y que esos valores se estén perdiendo entre la nobleza erigia —dijo Darmion claramente—. Hablas de un héroe legendario y me has recordado una vieja leyenda que mi difunto padre contaba. ¿Queréis oírla?
Soota y Roy asintieron con la cabeza, atentos como niños que esperan escuchar una historia extraordinaria.
—Lejos… muy lejos, en un tiempo distante a nuestros días, vivió una estirpe cuyas gentes se hacían llamar la Tribu de...