Eizanel subió de dos en dos los tortuosos escalones de piedra caliza que ascendían en espiral. Al llegar al mirador sus botas resonaron en el empedrado, pero Aldus no se volvió. El rey continuó con los brazos cruzados sobre su pecho, escrutando la inmensa extensión de tierra que se divisaba desde aquella altura.
―Acércate, Eizanel ―dijo sin mover su pose estática y gallarda―. Contempla el ejército de Enar antes de que inicie su partida.
El joven se había apresurado a acudir a la llamada de su señor y su respiración se mantenía agitada tras la rápida ascensión hasta el lugar más alto en que culminaba la residencia real. Obediente, caminó entre las chimeneas que emergían del suelo y se aproximó al rey. Éste le dedicó una breve mirada y dirigió de nuevo la vista al horizonte.
Eizanel, al lado del monarca, se veía de la misma estatura. Sin embargo, la fornida complexión de Aldus doblaba la figura desgarbada del joven. A pesar de que su edad superaba la cincuentena, el Señor de Imeria conservaba la apariencia de sus años mozos, y apenas se entretejían algunas canas en su larga cabellera oscura. Sólo en sus profundos ojos castaños se podía advertir el peso de sus vivencias, inquietudes y decepciones.
La tarde caía. El cielo, ahora despejado por el vendaval que soplaba del oeste, era un lienzo manchado por los primeros trazos del crepúsculo. Bajo él, una miríada de campamentos cubría el terreno ondulante y hundido entre las lomas que rodeaban el Castillo Lazvard. Éste, anclado sobre un escarpado cerro, dominaba un lugar privilegiado desde el que se podía observar las tierras fecundas y arboladas que se perdían en la distancia.
Allí abajo se derramaba el asentamiento del vasto ejército enario, engrosado en las últimas horas por tropas venidas de toda la provincia. Eizanel apoyó las manos en la cornisa del murete. El viento despeinó sus rubios cabellos y le trajo el olor a humo de las hogueras que se desperdigaban entre una masa bulliciosa de miles de guerreros.
―Mañana partiremos con el alba, Eizanel ―El rey se asió también al murete y añadió―: Tu padre me ha dicho que te has unido a la campaña.
―Así es, señor.
―No puedo decir que no me agrade, hijo. Pero Langius me ha contagiado su preocupación por ti. Dice que eres todavía muy niño, y que…
―Señor, no le hagáis caso ―interrumpió Eizanel claramente indignado―, mi padre es un viejo gruñón y metomentodo que más le valía cuidar de sus propios achaques.
Aldus Lazvard estalló en una sonora carcajada.
―Mi joven muchacho… Siempre tan desvergonzado e impertinente ―dijo el rey sin perder la sonrisa―. Arrestos no te faltan, pero en la batalla hace falta tener algo más que coraje.
Eizanel no necesitaba oír más para saber a qué se refería su señor, tantas habían sido las veces que éste le había enumerado las muchas virtudes de las que debía hacer gala la nobleza de un caballero. Paciencia, disciplina y templanza eran algunos de los preceptos que Aldus intentaba inculcar en su protegido; decía que de valor y sangre fría andaba sobrado, si es que de eso se puede exceder. Pero Eizanel pensaba que él no era caballero ni noble, y lo único que necesitaba saber era cuán a fondo tenía que hundir su espada para atravesar el corazón de un enemigo.
―Eizanel, sé lo que piensas. Ese mohín huraño no me oculta lo que pasa por tu cabeza. Crees que ya estás preparado para batirte en combate, pero, ¿también lo estás para morir? Tan sólo aquél que está dispuesto a abrazar la muerte lo está para conservar su vida. Y tú aún tienes mucho que vivir, mucho por hacer, y… un destino que cumplir.
El joven reflexionó sobre aquellas palabras que no alcanzaba a comprender. No entendía qué era lo que el rey intentaba transmitirle con sus enrevesadas sentencias. Para Eizanel, no había mejor muerte que la que se alcanza en el fragor de la batalla, ni mejor final que morir matando.
―Aldus te conoce bien. Teme que un lance te incite a cometer una heroicidad innecesaria ―dijo una voz a sus espaldas―. Caes fácilmente en la provocación.
Vassel Artion salió de detrás de una alta chimenea y se acercó a ellos. Eizanel no se sorprendió de su presencia, pues Artión era el fiel custodio que guardaba las espaldas del monarca.
―¿Para eso me habéis traído aquí? ―preguntó Eizanel a su rey, enfadado―. ¿Para sermonearme como a un crío? ¡Ya estoy harto de vuestros innecesarios desvelos!
―Refrena ese genio, muchacho ―le reprendió Artion.
―No es esa mi intención ―contestó Aldus. La severidad de su rostro ensombreció sus ojos―. Aunque estoy sujetando mi mano para no abofetearte.
El rey levantó su brazo y por un instante Eizanel pensó que iba a golpearlo. Sin embargo no fue así y éste rodeó sus hombros con un cálido apretón.
El sol era apenas un ascua moribunda que irradiaba sus últimos rayos, envolviendo el paisaje en un halo dorado, mágico. A quien tocase aquel resplandor le producía la sensación de que el tiempo se detenía, y apreciaba una paz que invitaba al silencio. A Eizanel le pareció que el vocerío que ascendía de los campos se aquietaba en suave murmullo. Mientras, su cabello se cubría del bruñido bronce del ocaso y en sus ojos se encendía una llama.
Vassel Artion se mantuvo alejado a una prudente distancia de Aldus y su pupilo, aun cuando no dejase de prestar atención a lo que allí se hablaba.
―Perdonadme, señor… ―susurró Eizanel, conmovido por la indulgencia del rey.
―Hijo, es precisamente ese temperamento tuyo el que me hace temer por tu vida ―dijo Aldus―. ¡Ata esa cólera, Eizanel! ¡No dejes que domine tus actos!
El joven asintió en silencio y sostuvo la penetrante mirada del Señor de Imeria. Se arrepintió de inmediato de sus palabras altaneras y desabridas. No era un muchacho arrogante, pero sí reconocía que su carácter arisco le convertía, muchas veces, en un ser intratable. Por eso idolatraba a Aldus, porque su señor había depositado su confianza en él dispensando sus defectos y ofreciéndole una deferencia de la que muy pocos podían presumir.
Sí, Eizanel veneraba a Aldus Lazvard por su noble intención de forjar en él las cualidades de un hombre justo y honorable.
Y porque dentro de su corazón sabía que no merecía tal afecto.
―Acércate, Eizanel ―dijo sin mover su pose estática y gallarda―. Contempla el ejército de Enar antes de que inicie su partida.
El joven se había apresurado a acudir a la llamada de su señor y su respiración se mantenía agitada tras la rápida ascensión hasta el lugar más alto en que culminaba la residencia real. Obediente, caminó entre las chimeneas que emergían del suelo y se aproximó al rey. Éste le dedicó una breve mirada y dirigió de nuevo la vista al horizonte.
Eizanel, al lado del monarca, se veía de la misma estatura. Sin embargo, la fornida complexión de Aldus doblaba la figura desgarbada del joven. A pesar de que su edad superaba la cincuentena, el Señor de Imeria conservaba la apariencia de sus años mozos, y apenas se entretejían algunas canas en su larga cabellera oscura. Sólo en sus profundos ojos castaños se podía advertir el peso de sus vivencias, inquietudes y decepciones.
La tarde caía. El cielo, ahora despejado por el vendaval que soplaba del oeste, era un lienzo manchado por los primeros trazos del crepúsculo. Bajo él, una miríada de campamentos cubría el terreno ondulante y hundido entre las lomas que rodeaban el Castillo Lazvard. Éste, anclado sobre un escarpado cerro, dominaba un lugar privilegiado desde el que se podía observar las tierras fecundas y arboladas que se perdían en la distancia.
Allí abajo se derramaba el asentamiento del vasto ejército enario, engrosado en las últimas horas por tropas venidas de toda la provincia. Eizanel apoyó las manos en la cornisa del murete. El viento despeinó sus rubios cabellos y le trajo el olor a humo de las hogueras que se desperdigaban entre una masa bulliciosa de miles de guerreros.
―Mañana partiremos con el alba, Eizanel ―El rey se asió también al murete y añadió―: Tu padre me ha dicho que te has unido a la campaña.
―Así es, señor.
―No puedo decir que no me agrade, hijo. Pero Langius me ha contagiado su preocupación por ti. Dice que eres todavía muy niño, y que…
―Señor, no le hagáis caso ―interrumpió Eizanel claramente indignado―, mi padre es un viejo gruñón y metomentodo que más le valía cuidar de sus propios achaques.
Aldus Lazvard estalló en una sonora carcajada.
―Mi joven muchacho… Siempre tan desvergonzado e impertinente ―dijo el rey sin perder la sonrisa―. Arrestos no te faltan, pero en la batalla hace falta tener algo más que coraje.
Eizanel no necesitaba oír más para saber a qué se refería su señor, tantas habían sido las veces que éste le había enumerado las muchas virtudes de las que debía hacer gala la nobleza de un caballero. Paciencia, disciplina y templanza eran algunos de los preceptos que Aldus intentaba inculcar en su protegido; decía que de valor y sangre fría andaba sobrado, si es que de eso se puede exceder. Pero Eizanel pensaba que él no era caballero ni noble, y lo único que necesitaba saber era cuán a fondo tenía que hundir su espada para atravesar el corazón de un enemigo.
―Eizanel, sé lo que piensas. Ese mohín huraño no me oculta lo que pasa por tu cabeza. Crees que ya estás preparado para batirte en combate, pero, ¿también lo estás para morir? Tan sólo aquél que está dispuesto a abrazar la muerte lo está para conservar su vida. Y tú aún tienes mucho que vivir, mucho por hacer, y… un destino que cumplir.
El joven reflexionó sobre aquellas palabras que no alcanzaba a comprender. No entendía qué era lo que el rey intentaba transmitirle con sus enrevesadas sentencias. Para Eizanel, no había mejor muerte que la que se alcanza en el fragor de la batalla, ni mejor final que morir matando.
―Aldus te conoce bien. Teme que un lance te incite a cometer una heroicidad innecesaria ―dijo una voz a sus espaldas―. Caes fácilmente en la provocación.
Vassel Artion salió de detrás de una alta chimenea y se acercó a ellos. Eizanel no se sorprendió de su presencia, pues Artión era el fiel custodio que guardaba las espaldas del monarca.
―¿Para eso me habéis traído aquí? ―preguntó Eizanel a su rey, enfadado―. ¿Para sermonearme como a un crío? ¡Ya estoy harto de vuestros innecesarios desvelos!
―Refrena ese genio, muchacho ―le reprendió Artion.
―No es esa mi intención ―contestó Aldus. La severidad de su rostro ensombreció sus ojos―. Aunque estoy sujetando mi mano para no abofetearte.
El rey levantó su brazo y por un instante Eizanel pensó que iba a golpearlo. Sin embargo no fue así y éste rodeó sus hombros con un cálido apretón.
El sol era apenas un ascua moribunda que irradiaba sus últimos rayos, envolviendo el paisaje en un halo dorado, mágico. A quien tocase aquel resplandor le producía la sensación de que el tiempo se detenía, y apreciaba una paz que invitaba al silencio. A Eizanel le pareció que el vocerío que ascendía de los campos se aquietaba en suave murmullo. Mientras, su cabello se cubría del bruñido bronce del ocaso y en sus ojos se encendía una llama.
Vassel Artion se mantuvo alejado a una prudente distancia de Aldus y su pupilo, aun cuando no dejase de prestar atención a lo que allí se hablaba.
―Perdonadme, señor… ―susurró Eizanel, conmovido por la indulgencia del rey.
―Hijo, es precisamente ese temperamento tuyo el que me hace temer por tu vida ―dijo Aldus―. ¡Ata esa cólera, Eizanel! ¡No dejes que domine tus actos!
El joven asintió en silencio y sostuvo la penetrante mirada del Señor de Imeria. Se arrepintió de inmediato de sus palabras altaneras y desabridas. No era un muchacho arrogante, pero sí reconocía que su carácter arisco le convertía, muchas veces, en un ser intratable. Por eso idolatraba a Aldus, porque su señor había depositado su confianza en él dispensando sus defectos y ofreciéndole una deferencia de la que muy pocos podían presumir.
Sí, Eizanel veneraba a Aldus Lazvard por su noble intención de forjar en él las cualidades de un hombre justo y honorable.
Y porque dentro de su corazón sabía que no merecía tal afecto.

