Relia caminó bajo los sauces, apartando las largas ramas a su paso. Se detuvo un momento para atisbar a través de las hojas. Luego avanzó un trecho, hasta los espinosos arbustos que componían la rosaleda. Allí encontró a quien buscaba.—Señora, es tarde. Os vais a helar —le djio a la princesa.
Con gesto protector, la doncella echó sobre los hombros de Emet una capa liviana del color del oro viejo, confeccionada en tafetán y con un amplio cuello de piel de armiño. Las dos siguieron el paseo que cruzaba entre los árboles.
Aquel año, a los frondosos jardines de la Torre Alveen no llegaron las nieves. Se mantuvo el verdor de las matas de mirto y la viveza de los voluminosos naranjos, aguardando que la primavera los volviese floridos. El follaje gris plateado de los setos adornaba el borde de los senderos, y el aire estaba envuelto en el aroma refrescante de los cipreses recién podados.
El lugar invitaba a la meditación y el sosiego, pues la amplitud de los terrenos que rodeaban la Torre, permitía que aquel vergel estuviese alejado de la zona destinada a la guarnición de la fortaleza.
Emet, que siempre había vivido en un pueblecito de la costa, se sentía abrumada por la opresora presencia de la atalaya. El boato que ésta acogía, no compensaba su amenazante figura, que se alzaba, piedra a piedra, en el centro de una ciudad vetusta e insalubre.
Por eso, a la princesa le gustaba pasar largas horas en el sereno refugio que le ofrecía aquella suerte de oasis. Allí, apartada de la afectación de la corte, rodeada de la belleza más natural y sincera, sus pensamientos no le parecían tan funestos, ni la pena que le afligía, tan punzante y dolorosa. Sin embargo, a veces, en el silencio del jardín, su mente aún repetía, pertinaz: Dru, Dru Edho…, oprimiendo su desolado corazón.
Relia le acompañaba en sus caminatas. La doncella era una gran conocedora de los nombres y propiedades de árboles y plantas, y Emet se entretenía instruyéndose en aquellas nociones, acariciando la suavidad de algunos macizos.
—No, no toquéis esas hojas de ruda —le advirtió Relia—. Son irritantes. Celidonias, anémonas y ciertas variedades de prímulas, pueden dañar vuestra piel con un leve contacto. Cuidaos de adelfas y glicinas, y de probar los frutos de la hiedra, cinamomo y nueza negra.
Emet continuó caminado delante de Relia, ensimismada en sus recuerdos. Su mirada se perdía entre la fronda.
—En mi casa hay rosales rojos —dijo Emet, conteniendo un sollozo—. Y en la plaza de la villa, un tilo centenario.
—Señora, cuando llegue la primavera, aquí también habrá rosas. Las más bellas de toda Erigia. —Durante un instante, Relia se quedó pensativa y detuvo su andar. Después, añadió—: Venid, os enseñaré un curioso rosal que crece muy cerca.
La doncella condujo a Emet hasta uno de los sauces. Alrededor de su tronco trepaba un denso rosal que llegaba tan alto que casi alcanzaba su copa. Sólo en algunas partes se podía apreciar la corteza gris oscuro del árbol.
—Cuando las rosas florecen, el sauce se engalana de púrpura —señaló Relia—. Una pequeña recompensa por todo lo padecido. Fijaos cómo el rosal ha invadido el tronco del sauce, cómo sus tallos lo circundan con un abrazo de espinas. Y si miráramos bajo la tierra, veríamos ambas raíces pugnando por hacerse sitio, enredándose una en la otra.
—Edwina, mi aya, me ha dicho que un buen hombre posee las mismas virtudes del sauce: el tronco es recto y orgulloso, no hay nada que lo desvíe; pero sus ramas son largas y flexibles, se dejan agitar por el viento, nada las rompe.
Emet recogió la falda de su vestido con descuido, se sentó debajo del árbol y descalzó sus pies, dejando que éstos reposasen sobre la hierba. Jugando, arrancó algunas briznas.
Relia no la amonestó por aquellos ademanes tan poco refinados. El rey Minthos le había encomendado la tarea de instruir y educar a la princesa, y así hacer de ella una mujer digna de su regia condición. Esperaba ver aquellos progresos cuando regresase de la guerra y se celebrasen los esponsales que la unirían a Herid Tasurgo, el hechicero. No obstante, ya hacía un tiempo que la doncella había dulcificado y abreviado sus lecciones, pues temía que éstas, sumadas al desarraigo de su familia, fuesen la causa de que la salud de la princesa se estuviese apagando.
Emet había perdido el lozano aspecto con el que llegó a la Torre. Sus mejillas ya no lucían sonrosadas y la luz de sus hermosos ojos azules se había apagado. La muchacha se resistía a comer. Las curvas de su figura se afinaron. Sus labios estaban pálidos, callados.
La falta de vitalidad y alegría de la hija de Minthos se acrecentaba, y Relia ponía todo su esfuerzo en que aquello no continuase.
—Os contaré una antigua leyenda —le dijo a su señora, ofreciéndole una cálida sonrisa—. Ocurrió hace muchos años, tantos que esta historia nació en el albor de las eras. Tal vez, ni siquiera haya sucedido en nuestro mundo.
»Enard fue un joven caballero, apuesto y valeroso, que servía a su rey con reverente fervor.
»Para Enard, nada había más allá del goce de conquistar nuevas tierras para su señor. Era pues, un hombre fiel a su reino; un luchador que sólo ambicionaba la gloria en la batalla.
»Aconteció que la hija menor del venerado monarca puso sus ojos en él. A la princesa Marfa, nunca se le habían negado sus deseos, muchas veces efímeros antojos que abandonaba con desdén. Pero la gallardía del joven Enard la había enamorado de una forma tan intensa que aquel capricho de niña maduró hasta convertirse en el amor apasionado de una mujer.
Emet escuchaba el relato con interés, ahora recostada en la hierba; mientras, Relia desgranaba los entresijos de un amor no del todo correspondido, de una tragedia que no aventuraba un buen fin.
—No pienses por mis palabras que Enard detestaba a Marfa, no en vano la visitaba en su lecho. Él la amaba, aunque amaba mucho más combatir en las guerras y ganar triunfos para rendirlos ante su rey. —Relia mordió sus labios y miró con fijeza a Emet—. ¿Entendéis que una mujer jamás será la dueña del corazón de un guerrero?
Emet desvió sus ojos hacia las ramas del sauce y un leve rubor tiñó su rostro.
—Enard libró su última batalla —continuó Relia—. Murió tal y como había querido: blandiendo su espada.
—Como un héroe —añadió la princesa.
—Sí. Enard derramó su sangre luchando en los muros de la capital de aquel reino, durante la defensa a su asedio. Finalmente, se consiguió contener la ofensiva, pero Enard ya había dejado su vida junto a la de otros muchos hombres.
»Marfa corrió tras las almenas hasta derrumbarse sobre el tibio e inerte cuerpo de Enard. No hubo suficientes lágrimas para llorar aquella pérdida. Hundida en el desconsuelo, la princesa se clavó una daga en el pecho para morir junto a su amor.
»El rey ordenó que los enterrasen en el jardín del castillo, en una misma fosa. Quizás así, el alma de su hija descansaría en paz. «Marfa, te entrego en la muerte lo que no tuviste en vida», dijo el monarca sobre aquella tumba.
»Pasó el tiempo. Un nuevo rey accedió al trono y otros guerreros pelearon en las guerras. No faltó una princesa que pasease por el jardín y visitase el lugar donde reposaban los restos de Enard y Marfa. Allí había crecido un sauce de profuso ramaje, y a su tronco se abrazaba un rosal. En la primavera brotaban las rosas rojas, grandes y olorosas, y el viento pretendía deshojarlas, pero el sauce, protector, las cubría con sus ramas.
Al terminar, Relia se dio cuenta de que su leyenda quizá había sido demasiado triste, pues su señora parecía más melancólica y cabizbaja que antes. «¿Qué le preocupará a esta niña?», pensaba la doncella, «¿por qué calla el motivo de su padecer?».
Emet se levantó y sacudió las briznas de hierba que manchaban su vestido.
—Vayámonos, Relia. Tengo frío.
Con gesto protector, la doncella echó sobre los hombros de Emet una capa liviana del color del oro viejo, confeccionada en tafetán y con un amplio cuello de piel de armiño. Las dos siguieron el paseo que cruzaba entre los árboles.
Aquel año, a los frondosos jardines de la Torre Alveen no llegaron las nieves. Se mantuvo el verdor de las matas de mirto y la viveza de los voluminosos naranjos, aguardando que la primavera los volviese floridos. El follaje gris plateado de los setos adornaba el borde de los senderos, y el aire estaba envuelto en el aroma refrescante de los cipreses recién podados.
El lugar invitaba a la meditación y el sosiego, pues la amplitud de los terrenos que rodeaban la Torre, permitía que aquel vergel estuviese alejado de la zona destinada a la guarnición de la fortaleza.
Emet, que siempre había vivido en un pueblecito de la costa, se sentía abrumada por la opresora presencia de la atalaya. El boato que ésta acogía, no compensaba su amenazante figura, que se alzaba, piedra a piedra, en el centro de una ciudad vetusta e insalubre.
Por eso, a la princesa le gustaba pasar largas horas en el sereno refugio que le ofrecía aquella suerte de oasis. Allí, apartada de la afectación de la corte, rodeada de la belleza más natural y sincera, sus pensamientos no le parecían tan funestos, ni la pena que le afligía, tan punzante y dolorosa. Sin embargo, a veces, en el silencio del jardín, su mente aún repetía, pertinaz: Dru, Dru Edho…, oprimiendo su desolado corazón.
Relia le acompañaba en sus caminatas. La doncella era una gran conocedora de los nombres y propiedades de árboles y plantas, y Emet se entretenía instruyéndose en aquellas nociones, acariciando la suavidad de algunos macizos.
—No, no toquéis esas hojas de ruda —le advirtió Relia—. Son irritantes. Celidonias, anémonas y ciertas variedades de prímulas, pueden dañar vuestra piel con un leve contacto. Cuidaos de adelfas y glicinas, y de probar los frutos de la hiedra, cinamomo y nueza negra.
Emet continuó caminado delante de Relia, ensimismada en sus recuerdos. Su mirada se perdía entre la fronda.
—En mi casa hay rosales rojos —dijo Emet, conteniendo un sollozo—. Y en la plaza de la villa, un tilo centenario.
—Señora, cuando llegue la primavera, aquí también habrá rosas. Las más bellas de toda Erigia. —Durante un instante, Relia se quedó pensativa y detuvo su andar. Después, añadió—: Venid, os enseñaré un curioso rosal que crece muy cerca.
La doncella condujo a Emet hasta uno de los sauces. Alrededor de su tronco trepaba un denso rosal que llegaba tan alto que casi alcanzaba su copa. Sólo en algunas partes se podía apreciar la corteza gris oscuro del árbol.
—Cuando las rosas florecen, el sauce se engalana de púrpura —señaló Relia—. Una pequeña recompensa por todo lo padecido. Fijaos cómo el rosal ha invadido el tronco del sauce, cómo sus tallos lo circundan con un abrazo de espinas. Y si miráramos bajo la tierra, veríamos ambas raíces pugnando por hacerse sitio, enredándose una en la otra.
—Edwina, mi aya, me ha dicho que un buen hombre posee las mismas virtudes del sauce: el tronco es recto y orgulloso, no hay nada que lo desvíe; pero sus ramas son largas y flexibles, se dejan agitar por el viento, nada las rompe.
Emet recogió la falda de su vestido con descuido, se sentó debajo del árbol y descalzó sus pies, dejando que éstos reposasen sobre la hierba. Jugando, arrancó algunas briznas.
Relia no la amonestó por aquellos ademanes tan poco refinados. El rey Minthos le había encomendado la tarea de instruir y educar a la princesa, y así hacer de ella una mujer digna de su regia condición. Esperaba ver aquellos progresos cuando regresase de la guerra y se celebrasen los esponsales que la unirían a Herid Tasurgo, el hechicero. No obstante, ya hacía un tiempo que la doncella había dulcificado y abreviado sus lecciones, pues temía que éstas, sumadas al desarraigo de su familia, fuesen la causa de que la salud de la princesa se estuviese apagando.
Emet había perdido el lozano aspecto con el que llegó a la Torre. Sus mejillas ya no lucían sonrosadas y la luz de sus hermosos ojos azules se había apagado. La muchacha se resistía a comer. Las curvas de su figura se afinaron. Sus labios estaban pálidos, callados.
La falta de vitalidad y alegría de la hija de Minthos se acrecentaba, y Relia ponía todo su esfuerzo en que aquello no continuase.
—Os contaré una antigua leyenda —le dijo a su señora, ofreciéndole una cálida sonrisa—. Ocurrió hace muchos años, tantos que esta historia nació en el albor de las eras. Tal vez, ni siquiera haya sucedido en nuestro mundo.
»Enard fue un joven caballero, apuesto y valeroso, que servía a su rey con reverente fervor.
»Para Enard, nada había más allá del goce de conquistar nuevas tierras para su señor. Era pues, un hombre fiel a su reino; un luchador que sólo ambicionaba la gloria en la batalla.
»Aconteció que la hija menor del venerado monarca puso sus ojos en él. A la princesa Marfa, nunca se le habían negado sus deseos, muchas veces efímeros antojos que abandonaba con desdén. Pero la gallardía del joven Enard la había enamorado de una forma tan intensa que aquel capricho de niña maduró hasta convertirse en el amor apasionado de una mujer.
Emet escuchaba el relato con interés, ahora recostada en la hierba; mientras, Relia desgranaba los entresijos de un amor no del todo correspondido, de una tragedia que no aventuraba un buen fin.
—No pienses por mis palabras que Enard detestaba a Marfa, no en vano la visitaba en su lecho. Él la amaba, aunque amaba mucho más combatir en las guerras y ganar triunfos para rendirlos ante su rey. —Relia mordió sus labios y miró con fijeza a Emet—. ¿Entendéis que una mujer jamás será la dueña del corazón de un guerrero?
Emet desvió sus ojos hacia las ramas del sauce y un leve rubor tiñó su rostro.
—Enard libró su última batalla —continuó Relia—. Murió tal y como había querido: blandiendo su espada.
—Como un héroe —añadió la princesa.
—Sí. Enard derramó su sangre luchando en los muros de la capital de aquel reino, durante la defensa a su asedio. Finalmente, se consiguió contener la ofensiva, pero Enard ya había dejado su vida junto a la de otros muchos hombres.
»Marfa corrió tras las almenas hasta derrumbarse sobre el tibio e inerte cuerpo de Enard. No hubo suficientes lágrimas para llorar aquella pérdida. Hundida en el desconsuelo, la princesa se clavó una daga en el pecho para morir junto a su amor.
»El rey ordenó que los enterrasen en el jardín del castillo, en una misma fosa. Quizás así, el alma de su hija descansaría en paz. «Marfa, te entrego en la muerte lo que no tuviste en vida», dijo el monarca sobre aquella tumba.
»Pasó el tiempo. Un nuevo rey accedió al trono y otros guerreros pelearon en las guerras. No faltó una princesa que pasease por el jardín y visitase el lugar donde reposaban los restos de Enard y Marfa. Allí había crecido un sauce de profuso ramaje, y a su tronco se abrazaba un rosal. En la primavera brotaban las rosas rojas, grandes y olorosas, y el viento pretendía deshojarlas, pero el sauce, protector, las cubría con sus ramas.
Al terminar, Relia se dio cuenta de que su leyenda quizá había sido demasiado triste, pues su señora parecía más melancólica y cabizbaja que antes. «¿Qué le preocupará a esta niña?», pensaba la doncella, «¿por qué calla el motivo de su padecer?».
Emet se levantó y sacudió las briznas de hierba que manchaban su vestido.
—Vayámonos, Relia. Tengo frío.











