BRAMÓ un cuerno sobre el cielo añil, casi púrpura. Fue una sola nota, larga, gruesa, resonante. Sonó a animal herido, furioso.Pocos supieron de dónde provenía. Lo cierto es que resultaba indiferente saber de cuál de las dos facciones procedía aquel sonido hueco e interminable. Era igualmente la llamada que anunciaba la muerte.
La voz de alarma recorrió toda la ciudad. Fue un boca a boca raudo, urgente, que alcanzó todos los rincones de Betengard. No hubo calle ni plaza donde no se supiera de la inminente llegada del enemigo. Los soldados subieron a las murallas, las mujeres y los niños bajaron a los sótanos, los ancianos se arroparon bajo las mantas de sus camas. Se atrancaron las puertas de las casas, las ventanas se cerraron a cal y canto. Se improvisaron retenes de voluntarios, y ningún hombre que pudiese blandir un arma, ya fuese dueño o siervo, quedó fuera de la defensa de la urbe. En el exterior de sus muros las tropas aldarias se preparaban para el peor de los embates, para la batalla final que decidiría el futuro del reino. Era un ejército temible. Era una lengua de picas señalando hacia una sombra negra de caballos y hombres que se hacía más grande.
La noche llegó con una pesadez desacostumbrada. Los oscuros nubarrones evolucionaron rápidamente hasta convertirse en una masa cerrada y grumosa que cubrió por completo los cielos. Durante algún tiempo las nubes se enconaron unas con otras, como si buscaran su sitio, encendiéndose con violentos relámpagos que estallaban en su interior convertidos en deslumbrantes fogonazos. Pero aquella saña no se aplacó y cayó a tierra. Comenzó a llover a mares, y los rayos asaetaron los campos.
La tormenta no amedrentó a los hombres que debían combatir. Las filas aldarias se mantenían firmes, enraizadas en sus puestos. La horda invasora se había desplegado ante ellas dibujando su emblema: una media luna que empitonaba sus cuernos en la ciudad fortificada.
Era también aquel un ejército sobrecogedor e igual de temible. Las antiguas falanges erigias habían quedado desmanteladas, y sus unidades se reagrupaban en compañías independientes con una mayor movilidad y capacidad de ataque. Los escuadrones de caballería ocupaban las posiciones centrales, en los flacos formaban los batallones de infantería, armados hasta los dientes.
Aguardaban la señal, el momento. La inquietud se reflejaba en el piafar de los caballos, en el vaho que la lluvia no lograba desgajar, en el baile alocado de los estandartes, sacudidos por el hombre y el viento. La espera era un nuevo sufrimiento, era un retortijón en los intestinos, una náusea que vomitar en los charcos.
El encontronazo prometía ser brutal. Los separaban menos de un kilómetro. Cada vez que restallaba un trueno ambos ejércitos se podían ver claramente, se podían oler, apestaban a barro, a cuero, a pelo húmedo y a hierro.
Y el suelo tembló bajo sus recias botas, primero levemente, después con más furia. Nadie se movió de sus posiciones, anclados por la obediencia y el miedo.
Durante unos segundos, la luz intermitente de la tormenta dejó ver a Herid Tasurgo; era una figura solitaria en pie sobre una loma. Se había alejado lo suficiente para consumar su tarea sin que lo importunasen. Desde allí podría dominar a la caterva de demonios que habría de venir de las entrañas de la tierra.
Del enfangado terreno que pisaban los aldarios se elevó un chasquido seco y profundo. Algo se rompía allá abajo. Las ardientes piedras del abismo se abrían en una brecha hasta llegar a la tibia corteza. Los hombres observaron, trastornados por el desconcierto, que la tierra comenzaba a separarse en grietas gruesas como puños; más tarde se abrieron como cauces de ríos secos, tan anchas que un hombre podría caer en ellas. Brotó un aliento fétido que ni la lluvia pudo purgar, y un chirrido que daba dentera. Entonces aparecieron ellos, saltando desde aquellas cavernas hasta el cielo, aferrándose al aire con sus garras, ascendiendo por las ráfagas de viento.
Tasurgo, en lo alto de la loma, con el cabello alborotado y calado hasta los huesos, sonrió. Él también temblaba, pero de absoluta extenuación. A sus ojos, aquella visión terrífica era de una belleza indescriptible. Había desatado el poder que encerraban las fuerzas telúricas, y ahora una camada de monstruos recién paridos por el magma trepaba por una ladera invisible hasta llegar al techo de nubes. Allí arriba cabalgaban sobre los rayos, como si aquel contacto los cargase del vigor y la cólera que iban a precisar. De sus escamosas gargantas emergió el siseo de miles de serpientes, y en ese instante su hacedor les ordenó que comieran las piedras.

















