Narración radiofónica de "Las rosas y los sauces" en BREUS

    viernes 29 de mayo de 2009

    Las rosas y los sauces

    Relia caminó bajo los sauces, apartando las largas ramas a su paso. Se detuvo un momento para atisbar a través de las hojas. Luego avanzó un trecho, hasta los espinosos arbustos que componían la rosaleda. Allí encontró a quien buscaba.
    —Señora, es tarde. Os vais a helar —le djio a la princesa.
    Con gesto protector, la doncella echó sobre los hombros de Emet una capa liviana del color del oro viejo, confeccionada en tafetán y con un amplio cuello de piel de armiño. Las dos siguieron el paseo que cruzaba entre los árboles.
    Aquel año, a los frondosos jardines de la Torre Alveen no llegaron las nieves. Se mantuvo el verdor de las matas de mirto y la viveza de los voluminosos naranjos, aguardando que la primavera los volviese floridos. El follaje gris plateado de los setos adornaba el borde de los senderos, y el aire estaba envuelto en el aroma refrescante de los cipreses recién podados.
    El lugar invitaba a la meditación y el sosiego, pues la amplitud de los terrenos que rodeaban la Torre, permitía que aquel vergel estuviese alejado de la zona destinada a la guarnición de la fortaleza.
    Emet, que siempre había vivido en un pueblecito de la costa, se sentía abrumada por la opresora presencia de la atalaya. El boato que ésta acogía, no compensaba su amenazante figura, que se alzaba, piedra a piedra, en el centro de una ciudad vetusta e insalubre.
    Por eso, a la princesa le gustaba pasar largas horas en el sereno refugio que le ofrecía aquella suerte de oasis. Allí, apartada de la afectación de la corte, rodeada de la belleza más natural y sincera, sus pensamientos no le parecían tan funestos, ni la pena que le afligía, tan punzante y dolorosa. Sin embargo, a veces, en el silencio del jardín, su mente aún repetía, pertinaz: Dru, Dru Edho…, oprimiendo su desolado corazón.
    Relia le acompañaba en sus caminatas. La doncella era una gran conocedora de los nombres y propiedades de árboles y plantas, y Emet se entretenía instruyéndose en aquellas nociones, acariciando la suavidad de algunos macizos.
    —No, no toquéis esas hojas de ruda —le advirtió Relia—. Son irritantes. Celidonias, anémonas y ciertas variedades de prímulas, pueden dañar vuestra piel con un leve contacto. Cuidaos de adelfas y glicinas, y de probar los frutos de la hiedra, cinamomo y nueza negra.
    Emet continuó caminado delante de Relia, ensimismada en sus recuerdos. Su mirada se perdía entre la fronda.
    —En mi casa hay rosales rojos —dijo Emet, conteniendo un sollozo—. Y en la plaza de la villa, un tilo centenario.
    —Señora, cuando llegue la primavera, aquí también habrá rosas. Las más bellas de toda Erigia. —Durante un instante, Relia se quedó pensativa y detuvo su andar. Después, añadió—: Venid, os enseñaré un curioso rosal que crece muy cerca.
    La doncella condujo a Emet hasta uno de los sauces. Alrededor de su tronco trepaba un denso rosal que llegaba tan alto que casi alcanzaba su copa. Sólo en algunas partes se podía apreciar la corteza gris oscuro del árbol.
    —Cuando las rosas florecen, el sauce se engalana de púrpura —señaló Relia—. Una pequeña recompensa por todo lo padecido. Fijaos cómo el rosal ha invadido el tronco del sauce, cómo sus tallos lo circundan con un abrazo de espinas. Y si miráramos bajo la tierra, veríamos ambas raíces pugnando por hacerse sitio, enredándose una en la otra.
    —Edwina, mi aya, me ha dicho que un buen hombre posee las mismas virtudes del sauce: el tronco es recto y orgulloso, no hay nada que lo desvíe; pero sus ramas son largas y flexibles, se dejan agitar por el viento, nada las rompe.
    Emet recogió la falda de su vestido con descuido, se sentó debajo del árbol y descalzó sus pies, dejando que éstos reposasen sobre la hierba. Jugando, arrancó algunas briznas.
    Relia no la amonestó por aquellos ademanes tan poco refinados. El rey Minthos le había encomendado la tarea de instruir y educar a la princesa, y así hacer de ella una mujer digna de su regia condición. Esperaba ver aquellos progresos cuando regresase de la guerra y se celebrasen los esponsales que la unirían a Herid Tasurgo, el hechicero. No obstante, ya hacía un tiempo que la doncella había dulcificado y abreviado sus lecciones, pues temía que éstas, sumadas al desarraigo de su familia, fuesen la causa de que la salud de la princesa se estuviese apagando.
    Emet había perdido el lozano aspecto con el que llegó a la Torre. Sus mejillas ya no lucían sonrosadas y la luz de sus hermosos ojos azules se había apagado. La muchacha se resistía a comer. Las curvas de su figura se afinaron. Sus labios estaban pálidos, callados.
    La falta de vitalidad y alegría de la hija de Minthos se acrecentaba, y Relia ponía todo su esfuerzo en que aquello no continuase.
    —Os contaré una antigua leyenda —le dijo a su señora, ofreciéndole una cálida sonrisa—. Ocurrió hace muchos años, tantos que esta historia nació en el albor de las eras. Tal vez, ni siquiera haya sucedido en nuestro mundo.
    »Enard fue un joven caballero, apuesto y valeroso, que servía a su rey con reverente fervor.
    »Para Enard, nada había más allá del goce de conquistar nuevas tierras para su señor. Era pues, un hombre fiel a su reino; un luchador que sólo ambicionaba la gloria en la batalla.
    »Aconteció que la hija menor del venerado monarca puso sus ojos en él. A la princesa Marfa, nunca se le habían negado sus deseos, muchas veces efímeros antojos que abandonaba con desdén. Pero la gallardía del joven Enard la había enamorado de una forma tan intensa que aquel capricho de niña maduró hasta convertirse en el amor apasionado de una mujer.
    Emet escuchaba el relato con interés, ahora recostada en la hierba; mientras, Relia desgranaba los entresijos de un amor no del todo correspondido, de una tragedia que no aventuraba un buen fin.
    —No pienses por mis palabras que Enard detestaba a Marfa, no en vano la visitaba en su lecho. Él la amaba, aunque amaba mucho más combatir en las guerras y ganar triunfos para rendirlos ante su rey. —Relia mordió sus labios y miró con fijeza a Emet—. ¿Entendéis que una mujer jamás será la dueña del corazón de un guerrero?
    Emet desvió sus ojos hacia las ramas del sauce y un leve rubor tiñó su rostro.
    —Enard libró su última batalla —continuó Relia—. Murió tal y como había querido: blandiendo su espada.
    —Como un héroe —añadió la princesa.
    —Sí. Enard derramó su sangre luchando en los muros de la capital de aquel reino, durante la defensa a su asedio. Finalmente, se consiguió contener la ofensiva, pero Enard ya había dejado su vida junto a la de otros muchos hombres.
    »Marfa corrió tras las almenas hasta derrumbarse sobre el tibio e inerte cuerpo de Enard. No hubo suficientes lágrimas para llorar aquella pérdida. Hundida en el desconsuelo, la princesa se clavó una daga en el pecho para morir junto a su amor.
    »El rey ordenó que los enterrasen en el jardín del castillo, en una misma fosa. Quizás así, el alma de su hija descansaría en paz. «Marfa, te entrego en la muerte lo que no tuviste en vida», dijo el monarca sobre aquella tumba.
    »Pasó el tiempo. Un nuevo rey accedió al trono y otros guerreros pelearon en las guerras. No faltó una princesa que pasease por el jardín y visitase el lugar donde reposaban los restos de Enard y Marfa. Allí había crecido un sauce de profuso ramaje, y a su tronco se abrazaba un rosal. En la primavera brotaban las rosas rojas, grandes y olorosas, y el viento pretendía deshojarlas, pero el sauce, protector, las cubría con sus ramas.
    Al terminar, Relia se dio cuenta de que su leyenda quizá había sido demasiado triste, pues su señora parecía más melancólica y cabizbaja que antes. «¿Qué le preocupará a esta niña?», pensaba la doncella, «¿por qué calla el motivo de su padecer?».
    Emet se levantó y sacudió las briznas de hierba que manchaban su vestido.
    —Vayámonos, Relia. Tengo frío.

    martes 28 de abril de 2009

    El vestido

    Los montaraces se quedaron boquiabiertos. Salvo Max Fiendus, que conocía bien de cerca el esplendor de Betengard, aquellas gentes de montaña nunca habían pisado una mansión con tanto lustre y tal cantidad de sirvientes. Éstos los condujeron a las habitaciones de la segunda planta, donde se acomodarían durante su estancia. Cuando Río entró en la suya, tras una doncella menuda y de mediana edad, sintió que las altas paredes se le venían encima. Estaba adornaba con sobriedad, pero las pocas piezas que la amueblaban eran espléndidas, talladas en madera fragante y oscura. Una suave alfombra, un espejo grande y ovalado, y algunos candelabros de plata, acababan de componer el lugar. Aquella elegante alcoba no era precisamente la de un criado.
    Río dejó escapar un silbido ramplón. Frente a ella, una gran cama con dosel presidia el aposento, y encima de su mullido cobertor se extendía un vestido color esmeralda digno de una princesa. Dio unos pasos y acarició la tersura de la tela.
    —¿Es para mí? —preguntó Río a la doncella que le había acompañado.
    —Sí, señora. Es un obsequio del príncipe Doogan. Él mismo lo compró para vos.
    —No, no lo creo. No ha de ser para mí —repuso Río, desconfiada.
    —¿No sois vos la dama que esperábamos? —La doncella le mostró una sonrisa afable—. El príncipe nos encomendó que os atendiéramos en todo aquello que necesitaseis, nos advirtió de vuestras ropas de mancebo… Y veo que es cierto, ¡si hasta lleváis una espada al cinto! —exclamó mientras se aproximaba a la muchacha—. ¡Pero mirad vuestra cara! ¡Si estáis cubierta de roña! Os prepararé un buen baño.
    Aquella mujer se disculpó brevemente y salió de la habitación. Parecía dispuesta a cumplir a rajatabla el encargo del príncipe, porque en unos minutos ya estaba de vuelta dándole órdenes a un par de criados que cargaban con una bañera.
    —Dejadla aquí, junto a la chimenea —les indicó la doncella.
    Comenzó un incesante ir y venir de la servidumbre cargando baldes, hasta que el barreño quedó rebosante de agua.
    —Hale, hale, ya podéis marcharos —despidió la doncella a los criados agitando los brazos—. Ah, y decidle a Anelle que venga, y que no olvide traer un refrigerio para la señorita. Y vos, ¿a qué esperáis? —añadió dirigiéndose a Río, mientras cerraba la puerta—. Quitaos de encima esas pieles malolientes. —La doncella abanicó una mano delante de su arrugada nariz.
    —Pero… señora… —balbució Río, ahora sí sonrojada.
    —¡Oh, vamos! No me vengáis con melindres, joven dama. Un baño os librará de la fatiga del viaje y… ¡por todos los dioses! ¿Qué habéis hecho con vuestra cabellera?
    La joven montaraz se había quitado el gorro de piel de lince dejando a la vista su cabeza pelona de cabellos trasquilados y algo tiesos.
    —¡Pobre niña! —se lamentó la doncella, ayudándola a despojarse de aquel tosco ropaje de montañés—. ¡Pero si estás más flaca que un junco!
    El agua estaba caliente y Río se metió en el barreño sin rechistar. Con enérgico ademán, la doncella le enjabonó el corto cabello. Al poco, entró Anelle, una muchacha tan joven como ella, aunque de aspecto mucho más lozano. En verdad, Río parecía una trémula espiguilla surgiendo de un arroyo, aunque sus brazos, acostumbrados a manejar la espada, estaban tan fornidos como los de un varón. Pronto se sintió reconfortada y remoloneó un rato antes de que el olor del pan tierno le apremiase a terminar el baño. Todavía envuelta en un suave lienzo, despachó con rápidos bocados los manjares que había traído la criada. ¡Cuánto tiempo hacía que no saboreaba un pan tan blanco y fresco como aquél! Y aquellas frutas escarchadas y la leche endulzada con miel. Ya estaba aburrida de la carne de jabalí y los dulces le supieron a gloria.
    Tras saciar su apetito, las dos mujeres la vistieron con el flamante vestido que le esperaba sobre la cama.
    —Señora, ¡Qué bien os sienta esta seda! El color verde realza vuestra tez. ¡Y qué bien se ajusta a vuestras medidas! ¡Estáis hermosa! ¿No es así, Anelle? —La doncella la llevó hasta el espejo.
    A Río le costó reconocer que la imagen que se reflejaba en el espejo era ella. La mujer que tenía ante sí no se parecía al mozuelo que había sido hasta entonces. Pasó las yemas de sus dedos por el brocado, repasando los dibujos briscados que trazaban los finos hilos de oro. El corpiño realzaba sus pequeños senos y convertía su torso en una copa rematada por un finísimo encaje. El escote circundaba los hombros desnudos, las mangas se entallaban desde el codo hasta la muñeca. La falda caía sobre sus caderas y se volvía amplia y vaporosa al rozar el suelo.
    Pero aquel reflejo era un espejismo. Ella no era una dama, por mucho que así la llamasen las doncellas. En cuanto se quitase el vestido, volvería a ser la pequeña Río, la niña de los Gledius, la mocita que se negaba a florecer como mujer.
    A Río le entró una súbita congoja y estalló en llanto.
    —¡Por qué me habéis puesto este maldito vestido! —chilló—. ¡Marchaos! ¡Dejadme en paz y no me molestéis más con vuestros frívolos halagos!
    Las doncellas se marcharon sin mediar palabra, escandalizadas por aquella explosión de ira que no comprendían.
    Río recogió su arma, la desenvainó y sopeso su calibre con ambas manos. Nunca le había parecido pesada. Su filo estaba algo mellado, eran los trofeos ganados en los duelos contra Fynneon. Dando rienda suelta a la furia que sentía, blandió unos ágiles mandobles en el aire, como si un enemigo invisible la acechase. El zumbido que producía la hoja sonaba amplificado por la acústica del aposento. «¡Idiota, soy una idiota!», se repitió una tras otra la retahíla. Luego, sin soltar la espada, se dejó caer sobre el suelo, echa un ovillo.
    La lucha había llegado a su fin.
    Su corazón hacía tiempo que la había avisado, pues se estremecía con sólo contemplar la apostura del príncipe. Y ahora, aquel espejo le mostraba la mujer que había ocultado durante años bajo ropas de hombre y andares zafios.
    Vencida, dejó brotar todas las lágrimas no lloradas, todo el dolor no padecido, todo el amor no sentido.

    miércoles 1 de abril de 2009

    Morir matando

    Brend Cleid hendió a fondo su espada en el pecho de su adversario hasta que la punta emergió de su espalda. Aunque aquel hombre llevaba una pesada cota de malla, el acero aldario lo traspasó como si hincase sobre un fardo repleto de blando sebo.
    El general extrajo la hoja con la misma facilidad y el hombre cayó al suelo, ya sin vida. El cadáver acompañó a un sinfín de cuerpos rotos y desgajados, algunos todavía agonizantes, que, como una pátina de horror, cubrían el corredor que circundaba las almenas. Sobre ellos caía un cielo gris plomizo, cargante.
    Rodeado de los lastimeros plañidos de los vencidos, Cleid rompió en una horrísona carcajada. El festín de sangre le instigaba a permanecer en un estado de euforia y paroxismo que no hacía más que crecer.
    Cleid consideró la posibilidad de que el conjuro de Tasurgo hubiese endurecido algo más que el acero, pues nunca había sentido tal placer al matar. Ni siquiera se podía comparar con el deleite de yacer con una mujer. Aquel olor salado, picante, acre… penetraba con fuerza en sus fosas nasales y lo enloquecía. Lamió la nervadura de su espada y saboreó el gusto ferroso del icor que la impregnaba.
    En medio de aquel éxtasis formidable, sintió un picotazo en el cuello. Cleid despertó de su delirio y elevó su vista en busca de un aleteo sobre el fondo velado que lo envolvía. ¿Acaso los buitres no disponían de suficiente carroña que se lanzaban contra un hombre vivo?
    Contempló el lugar con nuevos ojos. Allí nadie quedaba en pie, salvo él.
    Entre un montón de restos humanos, de cabezas seccionadas, huesos descarnados, muñones y oscuras vísceras, el general Cleid distinguió un rostro aniñado de mirada azul e hipnótica. Aún había luz en ella.
    El único brazo —desnudo, sanguinolento— que conservaba aquel joven, parecía señalarle, o tal vez sólo descansaba después de haber hecho un último esfuerzo.
    Cleid sintió un líquido caliente derramándose por su hombro y una flojedad en los huesos del pecho. «¿Qué demonios está pasando?», se preguntó mientras llevaba una mano a aquel chorro palpitante que le brotaba del cuello.
    —¡Sangre! —exclamó al descubrir su palma manchada.
    El gesto furioso de su semblante se transformó en una expresión incrédula. Cleid se resistía a aceptar que la vida se le estaba escapando a borbotones con cada latido de su corazón. «Está sucediendo muy rápido, rápido, rápido…», pensó, desfallecido. Sus rodillas flojearon y la espada se le escapó de entre los dedos.
    El joven moribundo, enterrado entre cadáveres, sonrió. Había cumplido su deseo de morir matando.
    Sólo cuando Cleid dio con su cuerpo en el suelo vio, tendido junto a él, el estilizado puñal que le había herido de muerte.

    viernes 6 de marzo de 2009

    LOS AMANTES ETÉREOS


    El joven monje contemplaba a Wei, dormida, preciosa…
    Imbuido por las hipnóticas salmodias, supo que dominaría el trance por el que visitarla en sus sueños. Cerró los ojos y liberó su mente, desatándola de la materia. Se desvanecieron los pensamientos que se apegaban a su conciencia, hasta que sus pies pisaron la fresca hierba de un idílico paisaje.
    Wei estaba rodeada de caléndulas amarillas.
    El monje no contuvo el beso, saboreándola, sin prisa; lamiendo su sonrosado cuello, enloquecido por el aroma de su nuca, recorriéndola con las manos, con la boca, desnudándola. Acarició sus hombros, tan suaves, la plenitud de sus pechos, de sus nalgas, llenándola de placer con íntimas caricias.
    Las mejillas de Wei se encendieron con la candidez de una niña sorprendida por la destreza de su primer amante, pero sus ojos, sinceros, traslucían el desinhibido ofrecimiento de una mujer madura.
    El joven, excitado ante su belleza, la poseyó con la apremiante necesidad de adentrarse en la tibieza de aquellos muslos.
    Exhaustos, invadidos por la laxitud que aquieta el deseo, se hundieron en un profundo sueño que sosegó sus cuerpos y espíritus, olvidándose hasta de sí mismos, sumergidos en la blanca luz de la nada.

    domingo 8 de febrero de 2009

    EN EL BOSQUE

    Al caer la tarde hicieron alto bajo los deshojados robles del bosque.
    —¡Rediez! —exclamó Gledius, descabalgando con parsimonia y arrugando la frente en un gesto de dolor—. Tengo las piernas tiesas y el espinazo doblado. No sé si lograré acostumbrarme a las sacudidas de este demonio…
    —Vamos, Gled, te quejas como un crío —le reprendió Fiendus—. ¿Acaso preferías seguir camino a pie? Estos animales han sido una bendición.
    Gledius no quedó muy convencido con lo dicho por Fiendus. Las piernas le temblaban por la falta de costumbre a permanecer tantas horas en una misma postura y le escocían las nalgas tras aquel prolongado roce contra la dura silla de cuero. Él era un hombre de largas y sosegadas caminatas por la apretada arboleda que rodeaba su cabaña, no en vano su oficio de cazador y trampero necesitaba de sigilo, paciencia, perseverancia y cierta intuición para batir las mejores piezas. Podía pasarse horas en la más absoluta quietud, tan sólo mascando la punta de una paja seca y mesándose la tupida barba mientras vigilaba los andares de un zorro, el cubil de un oso o una lobera escondida en los pliegues de una vertiente pedregosa. Su puntería con el arco tampoco se podía desdeñar, y la habilidad para componer una trampa con los utensilios más variopintos le había proporcionado numerosas pieles de visones y martas. Nunca había poseído un caballo y pocas veces tuvo la necesidad de viajar en uno. En su memoria sólo guardaba el lejano recuerdo de algunas tardes de primavera en la que él ―siendo todavía un muchacho― y su prometida se subían a los lomos de un viejo jamelgo zambo que el padre de la joven conservaba por piedad. Ambos se alejaban hasta la espesura de los pinos para amarse en la discreta soledad de la floresta. Después se habían casado y aquellos paseos terminaron, como acabó también la vida del viejo jamelgo y mucho después la de su esposa.
    —Fynn, hijo —llamó Gledius—. Coge tu arco y demos una vuelta por los alrededores. Con una pizca de suerte encontraremos algún conejo al que ensartar sobre el fuego.
    Fynneon asintió con un leve movimiento de cabeza. El tremendo golpe propinado por uno de los erigios le había amoratado el lado izquierdo de la cara. La tumefacta hinchazón hacía intuir lo doloroso de la magulladura. Pero Fynneon era un muchacho recio y no había emitido ni un solo ay que pusiese en duda su entereza ante el dolor.
    Padre e hijo se internaron en la zona boscosa que trepaba por la ladera que se extendía a un lado del sendero. Fiendus desguarneció a los caballos, librándolos del peso de sillas y alforjas; después comenzó a limpiar un claro de ramas y piedras, con ellas prepararía un sitio adecuado para encender una fogata.
    ―Río, ¿por qué no vas a buscar un poco de leña? ―propuso Fiendus a la muchacha―. Con unas cuantas ramas será suficiente para hacer un buen fuego.
    Río no abrió la boca ni para asentir; enseguida se dio la vuelta y se perdió en la espesura de un mar de helechos. Max Fiendus continuó con su trabajo, disponiendo en un círculo aquellos desperdigados pedruscos.
    Mientras agachaba la espalda y hacía rodar las piedras con sus rudas manos, pensó en su nieto. Recordó que el joven había aparecido en el Paso de los Reyes con unas gruesas líneas negras pintadas bajo los ojos. Éste era un signo claro de su pertenencia a la nobleza erigia: debía de ser un joven amo, acomodado y ocioso, poco acostumbrado a las tareas propias de criados, pues no había movido un dedo para echarle una mano en adecentar el lugar del campamento. No pudo más que alegrarse por ello. Doogan era un príncipe digno de que lo sirviesen y no merecía otra cosa que ser atendido con deferencia.
    Fiendus golpeó el pedernal y las chispas prendieron la yesca.
    ―Doogan ―dijo sin levantar la vista de su faena―. Ahora que estamos a solas es buen momento para que me digas quién eras allá, en la tierra de los bárbaros.
    No recibió respuesta. Solamente se escuchaban las ráfagas de viento soplando por encima de las copas desnudas.
    Cuando el viejo capitán alzó la mirada, vio que hablaba solo.

    lunes 22 de diciembre de 2008

    LAS LÁGRIMAS DEL HÉROE, primera reseña

    Ángela Arias Molina, ha publicado en su blog Los hijos de Aesir una reseña de mi novela Las Lágrimas del Héroe. Gracias, Ángela, por el interés que siempre has demostrado por mi novel obra.

    Con su permiso la reproduzco en mi cutre-blog, pero también la podéis leer aquí, en el suyo, mucho más interesante.

    Dos Coronas: Las Lágrimas del Héroe

    Soota es el príncipe-general erigio, enemigo del país Aldaria. Se caracteriza por ser un muchacho cruel, maleducado, prepotente y nada simpático. Pero una noche, cuando él y un compañero del ejército están asaltando una granja del país vecino, el dueño del lugar, un ex-soldado aldario llamado Max Fiendus, lo sorprende y enfrenta. En este encuentro, Soota descubre que Max es su abuelo y que él es, en realidad, hijo del rey aldario Geroy y por tanto príncipe de ese país.

    De vuelta a Erigia, el rey Minthos le ordena viajar en busca de la princesa Emet, que es la llave para lograr una terrible alianza que desembocará en la victoria erigia sobre Aldaria. Este viaje lo realiza junto al joven Roy, lo más cercano que tiene a un amigo.

    La trama de la novela gira en torno al descubrimiento de Soota (cuyo nombre "verdadero" es Doogan) y cómo comienza a escudriñar sobre su pasado. Como dice la autora, esta novela no es la típica historia de fantasía épica donde los personajes deben viajar para derrotar a un villano. No. En esta novela lo que se narra "es el viaje interior que recorre el protagonista para descubrirse a sí mismo".

    "Dos Coronas: Las Lágrimas del Héroe" es la primera novela de Susana Eevee. Actualmente la novela no ha sido publicada, sino que todavía está en editoriales españolas esperando a que alguna le dé luz verde. Cuenta con una rica narración y descripción que despierta el interés del lector por saber más y seguir con el próximo volumen de la saga.

    Mi valoración

    ¡Mil gracias a Susana por haberme dejado leer su novela incluso cuando todavía no ha sido publicada! La verdad es que la leí a inicios de agosto del 2008 pero es hasta este momento en el que he podido hacer una reseña con todo mi empeño y dedicación sobre esta magnífica novela.

    ¿Qué puedo decir de ella? Nos presenta a un protagonista fuera de lo común, con una personalidad que resulta difícilmente querible pero sin lugar a dudas interesante. El punto fuerte en los escritos de Susana es la descripción. La narración es tan fluida que es fácil imaginar cada espacio y cada personaje. Elementos tan intangibles como los olores, miedos, placeres y deseos se hacen perfectamente perceptibles para la imaginación de los lectores al punto en el que son transportados a cada escena, cada combate...

    La trama es inquietante y consume, y los acontecimientos no sólo están bien narrados, sino que también se acoplaron mucho a mis espectativas. "Dos Coronas", aunque me dejó en ascuas por saber qué le depara el destino a Soota y a Roy, me dejó sumamente satisfecha. Los conflictos se resuelven de manera creíble, los personajes son profundos, atrayentes y sobrenaturalmente humanos, el clímax es interesante y los cabos que se quedan sueltos despiertan mi curiosidad como lectora. No puedo esperar a una segunda parte.

    Sin embargo, sí es importante señalar que esta no es una historia para niños ni jóvenes ingenuos, ni creo que esa sea la intención de la autora. De hecho la misma Susana considera su novela como fantasía para adultos. Hay escenas algo crudas e incluso "macabras" y, a diferencia de muchas novelas del género de fantasía, incluye sexo. No obstante, todas estas escenas están narradas de tal manera que no resulta una lectura vulgar ni poco creíble, sino que su construcción es literalmente muy rica.

    Este es uno de esos libros que da placer leer y que no decepcionan en nada: ni sus personajes, sucesos ni desarrollo de los conflictos. La historia está muy bien construida y fascina.

    Como mencioné antes, esta novela todavía no ha sido publicada y sigue en editoriales españolas, esperando a que alguna se anime a publicarla. Aunque la historia se sale del canasto creo firmemente que tendría un buen mercado por el hecho de que innova el género y abre las puertas a una nueva manera de leer novelas de fantasía.

    Aquí les dejo el blog de Susana para que continúen leyendo su trabajo, ya que en estos momentos podemos ver que está trabajando en otra novela llamada "Crónicas desde el Averno". En el enlace anterior podrán ver el prólogo de dicha novela, y aquí podrán ver parte del primer capítulo de "Dos Coronas".

    Desde aquí muchas felicidades a Susana por haber terminado de escribir su primer novela, y mucha suerte con las editoriales españolas. Ojalá que se animen a publicar esta grandiosa obra.

    viernes 12 de diciembre de 2008

    MONZÓN

    Un viento cálido y constante sopla desde la costa. Por el ventanuco de la chabola entra una ráfaga y lame la espalda de Surendra, robándole un escalofrío. El niño salta de su jergón, traspasa el vano de la puerta y deja los pies descalzos al borde del paso de los transeúntes que caminan por la angosta pendiente. Mira el cielo. En él, densas nubes monzónicas se expanden sobre Bombay, impregnando el aire con el olor húmedo y salado del océano.
    Surendra se despereza con gesto indolente. Intenta sacudirse el sueño, quizás también el hambre. Luego se peina pasando los dedos por la mata negra y desmañada que son sus cabellos. Con andar ligero se incorpora a la abigarrada multitud, una marea humana que discurre calle abajo, hacia el río. Pronto llega a la avenida y cruza, presuroso, entre el tráfico caótico de autobuses, coches y bicicletas. En esta acera, Surendra avanza en paralelo a los puestos ambulantes de comida y especias. Huele a arroz frito, a torta de pan, a jengibre y cardamomo.
    Los ojos de Surendra, grandes y oscuros, buscan por la rivera del río, allí donde Pawan, su madre, suele arrodillarse en medio de los montones de ropa que debe lavar a diario para ganarse unas rupias. Al fin la encuentra y se dirige a ella, feliz, brincando sobre las telas enjabonadas y sorteando al resto de lavanderas que abarrotan la orilla. Junto a Pawan está la pequeña Sapna. Su hermana apenas tiene tres años, pero ya ayuda a restregar y a torcer los paños, aprendiendo el oficio que tal vez alimente a sus propios hijos.
    Surendra recoge algunas de las piezas lavadas y las extiende en los tendales. El río está gris, como el mismo cielo. Observa el cauce, picado por la brisa. Los lienzos se agitan, primero levemente, después con brío, golpeando sus hombros. No tarda en levantarse un fuerte vendaval. Llueve. Las gruesas gotas se precipitan con violencia, se arraciman en lenguas de agua que empapan a las gentes.
    El monzón estalla. Ya llega.
    ***
    Con este relato me uno a la colaboración del proyecto "Relatos Solidarios en Internet" que promueve Javier Ribas desde su blog, y cuyo destinatario será la Funcación Vicente Ferrer y su programa de apadrinamiento de niños.