7.10.07

El regreso de un fantasma

El persistente aguacero postergó las tareas de la granja. Los aperos de labranza quedaron abandonados en el huerto, y la hoja del hacha estaba clavada a medio hundir en un grueso tronco, junto a la leñera. La tormenta descargó a lo largo de la tarde, y ya en la medianoche, la lluvia escampó y entre las nubes aparecieron los fríos destellos de la luna llena. En la casa, dos ancianos dormían arropados por una manta de lana y, sobre su mullida tibieza, una gata se recogía en un ovillo a los pies de la cama.

El ladrido de un perro despertó a Max Fiendus. Tras levantarse con cuidado de no despertar a su mujer, fue hasta la ventana. Dibujó un círculo en el cristal para limpiar el vaho y vio que en el cielo se abrían algunos claros. Hacía viento. Detrás del cobertizo asomaban las ramas temblonas de los manzanos. Patkis seguía ladrando. El anciano frunció el ceño y cabeceó, sacudiéndose la modorra. Como poco, le aguardaba una noche desvelada.

Abrió la puerta y el viento lo golpeó en la cara. Antes de salir, volvió la vista hacia el interior; Magda aún dormía y la gata ya no estaba. Salió afuera, descalzo, sin más prenda que el camisón. Sus pies se hundieron en el lodazal que se había formado con las lluvias.

Patkis, un podenco de grandes orejas y piel canela, continuaba atado tal como lo había dejado antes de acostarse. Gru­ñía, monótono y amenazador. Max Fiendus mandó callar al perro y salió al camino que separaba su casa del establo y la pocilga.

Primero vio a un hombre, después a otro. Ellos también lo vieron a él. Pensó que había cometido una imprudencia al salir desarmado y que debería haber cogido un cuchillo. No le gustaba la idea de morir con las manos vacías, sin tener con qué defender su vida y la de Magda; como un miserable campesino. Así había vivido durante los últimos años, cuidando gallinas y cerdos. Un destino impensable para un honorable veterano como él. Desde su juventud había sido capitán en el ejército del rey Gronic Benrich, y después de la muerte del monarca sirvió al sucesor al trono, su hijo Geroy. Cuando la edad lo retiró del servicio activo, su mujer lo convenció para volver a su pueblo natal y dedicarse a labores más sosegadas, en espera de la muerte en la vejez tranquila.

Por eso, en aquel momento rabiaba por no tener su espada en la mano. Aunque no moriría con la cabeza gacha. Si tenía oportunidad, al primero que se acercara le mordería una oreja y se la arrancaría de cuajo.

Los vio salir del corral. Dos hombres caminando despacio, expuestos al resplandor de la luna.

—Míralos, acercándose tan campantes —musitó con un cosquilleo amargo en la garganta.

El viejo capitán podía ver sus rostros barbudos con claridad. Los dos llevaban grandes espadas; las cruces de las empuñaduras despuntaban tras sus hombros. Sin duda eran guerreros erigios; su peste llegaba hasta allí. Fiendus había luchado en innumerables batallas y había acabado con muchos de aquellos bárbaros malolientes, de cabello desgreñado y largas barbas. La visión de estos dos hombres no difería del repulsivo aspecto que recordaba. Uno de ellos se abrigaba con una capa corta de piel de oso, que lo embrutecía todavía más. El otro, de baja estatura y piernas arqueadas, agarraba por el pescuezo a un capón recién sacrificado. También llevaba un queso bajo el brazo. Fiendus conocía los rumores sobre la hambruna que asolaba Erigia; parecían ciertos. El ansia de supervivencia envalentonaba a los soldados a realizar pequeñas escapadas al otro lado de la frontera, adentrándose en terreno aldario y desobedeciendo, de este modo, el cumplimiento de las órdenes castrenses.

El más joven le habló a su compañero.

—Vete, Koux, ya me encargo yo.

El tal Koux se dio media vuelta y apuró el paso para alejarse rápidamente con las piezas robadas. Su figura patizamba se perdió en las sombras de la arboleda que rodeaba la granja.

Fiendus sabía que no tenía nada que hacer contra un hombre armado. Aun así, levantó los brazos y apretó los puños a la altura del rostro, dispuesto a hacerle frente. El joven erigio sonrió con ironía al ver el ademán del anciano, y no desenvainó.

—¿Quieres pelea, viejo? —Su sonrisa se ensanchó. Se lo iba a pasar en grande—. ¡Eh! ¿Quieres probar mis puños?

Su voz sonaba tan burlona que Fiendus cayó en la provocación y le asestó el primer derechazo, directo a la cara. Lo cogió desprevenido, obligándolo a retroceder unos pasos.

—Vaya, vaya… —El erigio se limpió la comisura de los labios con el dorso de una mano—. Estás en forma, viejo.

Max Fiendus vio que el joven escupía sangre, y eso le dio valor para intentar un nuevo ataque. Esta vez el erigio paró el golpe con un brazo y le propinó un certero gancho, encajándole el puño en un costado. El viejo soldado trastabilló con un punzante dolor en el pecho; un poco más arriba y le habría alcanzado el corazón. En vez de amilanarse, encaró a su adversario con más furia, enzarzándose en una pelea en la que los dos se daban un puñetazo tras otro. Nunca había pensado que conservara ese vigor, sobre todo teniendo ante él un hombre más joven y fuerte. Cuanto más firme golpeaba el erigio, más duro le sacudía él. Pero aquel exceso de confianza se volvió en su contra y empezó a flaquear. Fiendus sintió que los nudillos del erigio se incrustaban en su mejilla, y mientras el sabor de la sangre se le iba esparciendo por la boca, cayó al suelo de espaldas. Su rival se le echó encima, poniéndose a horcajadas sobre él.

Notó el hedor que emanaba de aquel cuerpo, un olor a animal sucio y mojado. Vio un rostro mugriento, con la boca abierta, enseñando los dientes aún sin mellar. Y vio también sus ojos llenos de ira, uno claro y el otro oscuro. Unos ojos que conocía perfectamente.

—Doogan… —dijo Fiendus, como si invocara la aparición de un fantasma.

Al escuchar este nombre, el joven erigio reaccionó torciendo su fiero semblante en un gesto de extrañeza. Se quedó quieto, su cuerpo se aflojó, y fijó el brillo inquietante de su mirada en el viejo soldado. En ese instante se oyó un golpe seco. El erigio cayó noqueado sobre Fiendus con todo su peso. Este se hizo a un lado y observó a Magda, en pie, con la pala todavía en alto y los ojos espantados.

El erigio permanecía inconsciente encima de la mesa que en época de matanza servía para descuartizar a los cerdos. En aquel cobertizo se guardaban las herramientas y los sacos de grano, y del techo pendía la carne salada que, con certeza, habría sido parte del botín. El joven era demasiado grande, desde luego mucho más que un cerdo, y su cabeza, brazos y piernas colgaban fuera de la mesa. Bajo la luz de un candil, Fiendus y Magda lo contemplaban aprovechando su indefensión, aunque no por ello se habían descuidado. El asaltante fue despojado de sus armas, y ahora el anciano llevaba un hacha en el improvisado cinturón de esparto que rodeaba su cadera. La mujer, que había sido muy oportuna al salvar la vida de su esposo, continuaba aferrada a la pala y hablaba en tono suspicaz.

—No puede ser, tienes que estar equivocado.

—¿Equivocado? —Fiendus resopló, obligándose a parecer indignado—. Será mejor que lo veas por ti misma.

El viejo capitán colocó sus pulgares sobre los párpados del erigio y los abrió con suavidad, hasta que los ojos quedaron al descubierto.

Magda se llevó una mano a la boca, reprimiendo un grito ahogado por la conmoción. Fiendus estaba en lo cierto. Aquel erigio tenía un ojo de cada color. El iris derecho era de un marrón tan oscuro que casi se confundía con la pupila, el izquierdo presentaba un azul profundo como el cielo limpio de un día de verano.

—¡Que los dioses nos asistan! —exclamó Magda—. ¡El príncipe Doogan ha regresado!

El soldado erigio se despertó lentamente, retornando de la inconsciencia. A pesar del fuerte dolor de cabeza, se sentía flotar en una agradable calidez. Quizás ya estuviera muerto…

Abrió los ojos con la esperanza de encontrarse en otro mundo menos terrenal, rodeado de hermosas doncellas y ríos de dulce miel. No fue así, aunque sí vio a una mujer rubia, ya de cierta edad, que lo observaba con interés. Paseó la mirada por la habitación. Aquel hogar, sencillo y diminuto, no era el paraíso, pero sí parecía un buen sitio. La sala y la alcoba compartían una misma estancia. La lumbre de la chimenea caldeaba el ambiente con un suave chisporroteo. Sus ropas y armas pendían del respaldo de una silla; sentado en otra, un hombre de pelo blanco se sonaba la nariz de forma ruidosa. Llevaba puesto un largo camisón manchado de sangre y barro, y tenía los pies dentro de una palangana.

Él también estaba sumergido en un gran barreño lleno de agua tibia de la que solo sobresalían sus huesudas rodillas. Pensó que, después de todo, tal vez sí se encontrara en el paraíso.

Pero pronto entendió que aquella escena estaba lejos de ser una ensoñación. Al reconocer al anciano como el campesino con el que se había peleado, recordó lo sucedido. Intentó moverse; no pudo, sus músculos no le respondieron, y eso sí que lo asustó.

—No te angusties, querido niño —le dijo Magda—. Sé que estás paralizado, y tampoco puedes hablar.

—¡Oh, muchacho! —profirió Fiendus, risueño—. Has caído en las redes de toda una hechicera. No te preocupes, solo es un pequeño toque mágico, una atadura para que te dé tiempo a calmarte. Además —se frotó el mentón de barba cana y recortada—, ya he probado tus puños, ¡y que me aspen si quiero repetir!

Soltó una carcajada. Su esposa sonreía.

—Espero que no te importe que te hayamos metido en el barreño. Olías a cabra —dijo Magda.

El anciano se secó los pies, aliviado. Ya se sentía mucho mejor, pese a estar terriblemente dolorido. El joven, que continuaba a remojo, lo miraba con una expresión de estupor.

—Bueno, ya es hora de que conversemos un rato. Tienes que contarme muchas cosas, querido Doogan. —Se volvió hacia su esposa—. Magda, preciosa mía, ¿podrías hacer el favor de desatar a este muchacho?

La mujer se acercó al erigio y le tocó la frente con su índice; sobre ella trazó una intrincada grafía. En cuanto terminó, el joven notó un latigazo en la columna y recobró el dominio de brazos y piernas. Se incorporó llevándose las manos a la cabeza y encontró un doloroso bulto a la altura de la coronilla, allí donde la pala lo había golpeado. Estaba confundido, viviendo una realidad difícil de comprender. Aquellas personas, que se habían enfrentado a él para defender sus posesiones, le sonreían y lo trataban con amabilidad. ¿Estaba siendo víctima de un perverso delirio?

Por un instante examinó cómo estaban situados aquellos individuos, cuán cerca estaba su espada y qué precisos movimientos debía realizar para segar sus vidas en apenas unos segundos. Concluyó que era posible, pero, por una extraña razón, no lo hizo.

—¡Por todos los dioses! —prorrumpió—. ¿Qué puñetas pasa? ¿Quiénes sois y qué queréis de mí? —Había un deje de resignación en su voz grave.

—¿Y tú? ¿Sabes quién eres? Porque nosotros sí lo sabemos —replicó Fiendus.

El erigio abrió mucho los ojos, sorprendido.

—Estamos muy contentos por haberte encontrado. ¡Pensábamos que habías muerto! Pero nos disgusta ver en lo que te has convertido —le reprochó Magda—. ¡Un guerrero del ejército erigio! Si tu padre lo supiera, te mataría con sus propias manos.

—Doogan, cuéntanos qué ha sido de ti durante todos estos años —solicitó el anciano, preparándose para escuchar la historia que el soldado erigio debía contarles.

El joven seguía mirándolos con cara de no entender nada.

—Me estáis volviendo loco, ¡maldita sea!, yo no me llamo así. Mi nombre es Soota.

Los ancianos cruzaron la mirada. Todo iba a resultar más complicado de lo que en principio habían supuesto.

Magda le habló en un susurro.

—Doogan, hijo…

—¡Ese no es mi nombre!

El erigio, visiblemente contrariado, se levantó del barreño sin importarle mostrar su sexo. La mujer corrió para envolverlo en un lienzo, y el joven se dejó hacer. Fiendus, con un ademán conciso, lo invitó a sentarse junto a él, cerca de la lumbre. Aceptó; incluso liberado del hechizo que lo había mantenido inmóvil, sentía que sus fuerzas no lo acompañaban. Estaba mareado y notaba como si la cabeza le fuera a estallar. Una sensación parecida a despertar con una enorme resaca.

—Bueno… Soota. Tendrás que convencerme de que no eres quien yo creo. A ver, dime dónde has nacido, ¿en qué parte de Erigia? —le preguntó el anciano esbozando una enigmática sonrisa.

—No, no… no lo sé —respondió tartamudeando; su cuerpo empezaba a temblar.

—Tranquilo, muchacho. Solo es el incómodo efecto de la atadura —dijo Magda.

—No sé dónde nací, ni me… acuerdo… —sus dientes castañeaban— de mi infancia. Pero sé quién soy: un… soldado del ejército erigio.

Max Fiendus se levantó apartando la silla con estruendo; su erizado cabello blanco acentuaba su creciente enfado. Las respuestas del joven empezaban a sacarlo de sus casillas.

—¡Cuervos y cornejas! Sabía que el hecho de no reconocernos no traería nada bueno —pensó en voz alta, y dirigiéndose a su mujer, añadió—: Tengo que darte la razón, Magda. A este muchacho le han borrado la memoria.

—Ya te dije que era una práctica muy común con los prisioneros de guerra. ¿Por qué no la iban a emplear también con él, aunque fuera un chiquillo?

El joven, algo menos convulso, intervino de nuevo.

—Siendo un niño me golpeé la cabeza. —Se dio un toque en la sien—. Nos sorprendieron en una celada, y en la refriega caí del caballo; desde entonces perdí todos mis recuerdos. Eso fue lo que me contaron cuando me recuperé de la caída.

—¿Y te creíste semejante patraña? —preguntó Fiendus, irritado.

Soota se encogió de hombros.

—¿Por qué insistís en que me conocéis?

El viejo capitán se inclinó sobre el erigio dispuesto a contestarle; acercándose todo lo posible hasta que sus miradas se enfrentaron. El joven reparó en aquel rostro envejecido por los años y la dureza de las batallas; surcado de arrugas, con unos ojos vivaces, llenos de determinación. Unos ojos que llamaron la atención del erigio. Max Fiendus tenía uno oscuro y otro claro, tan diferentes como el día y la noche. Como la luz y la sombra.

—Porque yo soy tu abuelo.

Aquella sentencia sonó con rotundidad y emoción contenida. El joven Soota quiso creer en ella, pero no solo por la sinceridad que reflejaba. Los ojos de Fiendus eran una prueba mucho más firme que todas las palabras del mundo.

—Hay algo que debo reconocer. El nombre por el que me llamaste no me dejó indiferente —admitió el joven—, siento que me pertenece. Doogan…

En cuanto aquel nombre salió de sus labios, notó un escozor en la boca del estómago y cómo el aire dejaba de llegar a sus pulmones, obligándolo a levantarse. Se llevó las manos a la cara y sintió que sus ojos y mejillas ardían. Cuando volvió a respirar, retiró las manos y vio que estaban mojadas. Eran lágrimas, y aquella opresión en el pecho, un sollozo que consiguió atenazar en su interior.

Supo entonces que el anciano le estaba diciendo la verdad, aunque mantuviera una actitud un tanto desconfiada. A fin de cuentas, él era un soldado del ejército enemigo que había invadido su casa con intención de robarle. No obstante, ahora veía las cosas de un modo distinto. Se le estaba ofreciendo la auténtica identidad de la que había carecido en los últimos años. La oportunidad de descubrir su pasado y sus orígenes, y desenmascarar la vil invención que habían construido quienes lo rodeaban.

Fiendus se sorprendió de ver lágrimas en los ojos de un hombre que aparentaba la solidez de una roca. Pero la experiencia de la vida le había enseñado que ciertos acontecimientos, a veces intrascendentes, podían abrir las puertas de los sótanos más oscuros. Esto debía de haberle pasado al muchacho. Al pronunciar su verdadero nombre, habían surgido los sentimientos que guardaba en la profundidad de su alma. El anciano ni siquiera sospechó cuánto se equivocaba. Aquella congoja no era tal, sino el resultado de la resquebrajadura del hechizo que había aniquilado, tiempo atrás, la frágil memoria de un niño.

Conmovido, el capitán se abrazó a su nieto y acarició sus largos cabellos castaños. El joven enseguida se apartó, limpiándose la cara con los puños. Intentó hablar, pero tenía la garganta seca y la respiración entrecortada. Magda se dio cuenta de su apuro, así que le sirvió una copa de vino.

—Toma, hijo. Quizá esto te recomponga. Y tú también, Max. —Escanció la aromática bebida en otra copa que entregó a su esposo.

—Gracias, querida. Realmente lo necesitamos. —El anciano bebió a grandes tragos—. Sentémonos de nuevo, muchacho, pues te voy a contar dónde has nacido.

11 comentarios:

Julio dijo...

Tengo que darte la enhorabuena por este texto, me ha gustado bastante. La escritura es ágil y desde el principio la historia se hace interesante. Esperaré las próximas entradas.

Angela dijo...

¡Wow! ¡Al fin encuentro otra escritora de fantasía épica y que, además, es excelente!
Me encantaría ser tan buena como vos, pero parece que tengo mucho que aprender. Me encanta el final, con ese toque de sorpresa que dan ganas de seguir leyendo. Definitivamente, una buena entrada, y un excelente final. El resultado: una historia que prende al lector. Haré un link desde mi blog a este, si no te molesta.

Susana dijo...

Bueno, Julio, Angela...estoy abrumada, la verdad no se que decir. Muchas gracias por vuestros comentarios tan positivos. Yo también estoy encantada de contactar con otros escritores de fantasia épica. Creo que entre todos nos podemos ayudar mucho para sacar adelante nuestras obras. Un beso.

Dario dijo...

Excelente. No tengo palabras.
Engancha desde el primer moneto y es de una fluidez pasmosa. Yo no escribo Fantasía Epica, pero la verdad es que tu literatura engancha. Muchas gracias por ofrecerme tu ayuda en el foro. He leido esto y sin duda se que tendré una opinión muy formada de mis textos. El que leiste es solo una, digamos, prueba de fluidez. En breve me embarcaré en una aventura épica, pero histórica, la vida de mi abuelo, que nació como hortelano y murió como poeta.
Creo que, aparte de un fiel lector, seré una mosca puñetera que te pedirá consejo en más de una ocasión
Un afectuoso 0salkkudoi.
Darío P. Carvajal
(elniñodelasminas)

Rob dijo...

Impresionante, tengo que admitir. Me enganchpó desde el principio y me mantuvo amarrado, como magda hizo con doogan, al texto hasta que terminé. Y justamente como él, quedé sediento de más.
Leeré con gusto las demas entradas. Enhorabuena, tienes una habilidad extraordinaria para escribir.
Por cierto, encontré tu contacto de MSN en un foro ( al igual que esta página ) y te agregué. Espero aceptes mi solicitud.

José Luis dijo...

Excelente Susana. Una historia que te atrapa desde el principio. Ya tengo ganas de leer sin parar el resto del libro.
Enhorabuena, amiga mía.

Susana Eevee dijo...

Gracias, José Luis. Me alegra que te parezca atrapante. Esa era la idea.

Me encantará que lo leas :-)

Un fuerte abrazo.

STB dijo...

Bien...
Si este es el principio, es realmente !perfecto¡
Engancha y obliga seguir leyendo.
Es un prometedor inicio.
;)

Susana Eevee dijo...

Gracias, Esteban. Eso de "prometedor inicio" suena de maravilla. Espero cumplir con las expectativas.

Ya me contarás, apañero :)

moderato_Dos_josef dijo...

My interesante el comienzo de tu novela: Dos Coronas. Te deseo mucho éxito ahora y los que vendrán. escribes de maravilla.
Un saludo, josef.

Susana Eevee dijo...

¡Gracias, Josef! Me alegra que te hay gustado el comienzo de la novela.

Un saludo :)