Soota observó el aspecto turbio de su cerveza, la mesa desvencijada sobre la que apoyaba los pies y, más allá, el constante ir y venir del gentío al mostrador de la cantina. El propietario, un hombre flaco y de largos bigotes, servía a sus clientes con la desgana habitual. En aquel tugurio, donde el ambiente ofendía los olfatos más sensibles, se reunían, cada noche, la mayoría de las personas que rondaban las minas: guardias, proveedores, carreteros, muleros, herreros, comerciantes y prostitutas. Y allí, entre jarras de cerveza, vinos y licores varios, se llevaban a cabo toda clase de negocios y trueques, así como el intercambio y chismorreo de las noticias que recorrían Erigia, desde las estribaciones del sur hasta la costa norte.
Roy se había recostado contra el respaldo de la silla, en la misma posición relajada que Soota, solo que había bebido en exceso y ahora pagaba las consecuencias de la borrachera. El joven pelirrojo estaba profundamente dormido, sin que los ruidos del establecimiento le importunasen el sueño.
Sin embargo, Soota no había probado la jarra que tenía delante. Se decía a sí mismo que aquella cerveza tendría un sabor demasiado desagradable, y que seguramente estaría aguada con el caldo graso que sobraba de las marmitas, cuando la verdadera razón se ajustaba más a que ya estaba hastiado de bebidas repugnantes, de comidas insípidas y de lugares tan sórdidos como aquél.
Dax entró por la puerta y recorrió el trayecto que le separaba de Soota sin necesitad de hacerse hueco entre la multitud que atestaba la cantina, pues todos se apartaron al paso del capitán.
—¿Qué le ocurre al muchacho? —preguntó mientras se sentaba frente a Soota, a un palmo de sus botas.
—Le gusta beber… y no sabes cuánto —contestó Soota señalando a Roy con el pulgar.
—Ay, los jóvenes ya no aguantan nada, son unas piltrafas de estómago delicado. En mi época, los niños de pecho ya tomaban sus buenos tragos. Mi madre solía contarme cómo usaba la cerveza para apurar el destete. ¡Así he salido yo! ¡Un toro!
Dax se golpeó los voluminosos pectorales con los puños para reforzar lo que con tanta vehemencia había aseverado.
—¿Un toro? —preguntó el príncipe levantando una de sus cejas—. Un toro es un animal noble, inteligente, libre de vagar por los prados, un semental que monta a todas las hembras, una detrás de otra… Tú eres, más bien, un asno…
Soota ya había encontrado un entretenimiento con el que divertirse un buen rato. Le resultaba irresistible aquel juego de poder en el que unas palabras ofensivas podían conducir a una riña zanjada a puñetazos. No era la primera vez que incitaba a Dax para acabar enzarzados en una pelea. Encontraba un extraño placer al enfrentarse a un hombre mucho más fuerte, aunque hasta ese momento nunca le había ganado. Tumbar al viejo guardia se había convertido en un reto, algo que, por supuesto, Dax conocía. Si el príncipe quería jugar con él, pensaba el guardia, tendría sus puños a su servicio para machacarlo.
Dax estaba cansado. Decidió que era mejor empezar cuanto antes, sin necesidad de una réplica a la ofensa que no fuese un primer golpe inesperado. Con un rápido ademán agarró los pies de Soota y los apartó con tal ímpetu que lo volcó de su silla. El joven erigio cayó acompañado del estruendo de la madera partida.
El carcajeo de los clientes que estaban más próximos no se hizo esperar. Salvo Roy, que continuó durmiendo el sueño de los benditos.
Soota se levantó despacio. Sus facciones seguían tan impasibles como siempre, pero en su mirada, clara y oscura a la vez, resplandecía un brillo salvaje. Se despojó de su espada y del peto de cuero que resguardaba su pecho, y saltando por encima de la mesa se lanzó contra el cuerpo nervudo de Dax.
El capitán lo recibió con el apretado abrazo de una serpiente que quiere estrangular a su presa. Soota intentó soltarse, y cuando estaba a punto de conseguirlo, Dax le dio un fuerte cabezazo. Aquel primer golpe a punto estuvo de dejarlo sin sentido, pero Soota siguió revolviéndose hasta que logró escapar. No perdió ni un instante en golpear con su puño la mandíbula del guardia obligándolo a retroceder unos pasos.
—¡Te voy a arrancar la cabeza! —gritó Dax, mientras un hilo de sangre escapaba por su boca.
—Inténtalo, asno… —le espetó Soota, con tono desafiante.
Alguien, escondido en el anonimato de la muchedumbre, emitió un rebuzno, largo y jocoso. El rostro del capitán de la guardia se incendió de cólera.
—Pequeño hijo de perra… —dejó escapar entre dientes, apurándose en aflojar el correaje que portaba sus dagas y dejándolo caer al suelo.
Soota, con el torso al descubierto, exhibía un cuerpo recio y bien proporcionado, pero el físico de Dax era mucho más imponente. El joven era demasiado esbelto para enfrentarse con éxito a un hombre que en verdad parecía un toro.
Dax gritó como una bestia sedienta de sangre. Abrió los brazos y apretó los puños, forzando todos los músculos hasta que estos se hincharon como las velas de un barco, en una muestra de su admirable fortaleza.
Sin clemencia ni rencor. Así lucharían, provocados por el simple deseo de medirse con otro hombre, de sentir cómo la excitación del combate les avivaba toda la fiereza que llevaban dentro. A su alrededor se formó un corrillo que los azuzaba con el mismo arrebato con que se anima a los perros de pelea a que luchen hasta la muerte.
—¡Muérdele una oreja! —vociferaba una mujer, sin soltarse de su hombre.
—¡Reviéntale el hígado! —rugió un muchacho de mirada bizca y mejillas purulentas.
La expectante audiencia animaba con su vocerío a aquel coloso, sin importarle un bledo la condición privilegiada de Soota. Allí no había lugar para distinciones entre príncipes y ciudadanos, solo entre vencedores y vencidos. Ellos deseaban sangre y espectáculo. Y estos dos rivales se lo iban a dar.
Soota volvió a atacar con la agilidad de un felino, enseñando sus puños prestos a atizar su segundo golpe, pero Dax supo esquivar el impacto, respondiendo a su vez con un derechazo que apenas rozó a su contrincante. Con la rabia desatada, los dos hombres se enzarzaron en una serie de golpes rápidos que terminaron en la violenta caída de ambos encima de una mesa que se hundió, completamente quebrada. Todavía en el suelo rodaron uno sobre el otro hasta que el príncipe aferró con fuerza el cuello del capitán. Durante unos segundos pareció que a Dax le fallaban las fuerzas, aunque no por ello Soota dejo de apretar el robusto gaznate de aquel gigante.
Pero en la mente de Dax aún no había motivo para la rendición; consiguió zafarse de aquellas poderosas tenazas y tumbar a su oponente propinándole un puñetazo en el pecho con tal potencia que lo lanzó a un par de metros de distancia.
El populacho gritaba enfervorizado reclamando más diversión.
—¡Venga, Dax!
—¡Rómpele la cara!
Soota se levantó como un resorte, y aprovechando que Dax le ofrecía la espalda, le agarró de su larga coleta, aupándose de un salto a la espalda del fortachón. Con un hábil gesto le pasó la coleta alrededor del cuello y tiró de ella con fuerza, pretendiendo ahorcarlo con aquella improvisada soga. Dax empezó a dar vueltas sobre sí mismo, intentando desembarazarse de Soota, que se apretaba contra él rodeándolo con sus muslos. Al fin, Soota cayó al suelo con estrépito, derribando a su paso mesas y sillas, y vertiendo las bebidas de los clientes.
A pesar del bullicio, el joven Roy continuaba durmiendo, anestesiado por los efluvios de la bebida, sin percatarse del alboroto que se había formado junto a él.
El tabernero mantenía un semblante inescrutable, pero sus ojos mostraban un brillo ladino que no auguraba nada bueno. Ya estaba harto de que la mayoría de las noches aquellos altercados pendencieros acabasen destrozando su ya destartalado negocio. Bajo el mostrador guardaba un grueso garrote, la única arma que necesitaba para disolver las disputas. Lo cogió con cierta resignación, y blandiéndolo sobre su cabeza, se acercó a los dos bravucones que seguían propinándose puñetazos. Sin contemplación ni titubeo la emprendió a garrotazos, con la irrefutable certeza de que estaba en el derecho de tomarla contra quienes él dispusiese, pues era dueño y señor de su propiedad más preciada: la cantina. Y no sólo Dax y Soota probaron la contundencia del garrote, sino todo aquel que se interpuso en su camino.
Nadie se atrevió a discutir la acción del tabernero y los ánimos de la abigarrada multitud se fueron templando, incluso los ahora vapuleados contendientes parecían haber entendido el lenguaje del «palo».
—Dejémoslo por hoy —dijo Dax.
Su rostro perruno estaba bastante maltrecho. Soota no tenía mejor aspecto, su ojo azul se ocultaba tras su párpado hinchado. Como en otras ocasiones, actuaron sin recelo y acabada la pelea se dieron la mano, al igual que dos caballeros, demostrando su respeto hacia un digno rival.
Pospusieron definitivamente aquel duelo, esperando un mejor momento para reanudarlo. También regresó la rutina entre los clientes: los carreteros bebieron cerveza, los herreros jugaron a los dados, los muleros brindaron con licor y las prostitutas se dejaron pellizcar sus dulces carnes por quienes las probarían aquella noche.
Soota recogió sus pertenencias y sujetando al todavía durmiente Roy, se lo echó sobre los hombros y abandonó la taberna.
Roy se había recostado contra el respaldo de la silla, en la misma posición relajada que Soota, solo que había bebido en exceso y ahora pagaba las consecuencias de la borrachera. El joven pelirrojo estaba profundamente dormido, sin que los ruidos del establecimiento le importunasen el sueño.
Sin embargo, Soota no había probado la jarra que tenía delante. Se decía a sí mismo que aquella cerveza tendría un sabor demasiado desagradable, y que seguramente estaría aguada con el caldo graso que sobraba de las marmitas, cuando la verdadera razón se ajustaba más a que ya estaba hastiado de bebidas repugnantes, de comidas insípidas y de lugares tan sórdidos como aquél.
Dax entró por la puerta y recorrió el trayecto que le separaba de Soota sin necesitad de hacerse hueco entre la multitud que atestaba la cantina, pues todos se apartaron al paso del capitán.
—¿Qué le ocurre al muchacho? —preguntó mientras se sentaba frente a Soota, a un palmo de sus botas.
—Le gusta beber… y no sabes cuánto —contestó Soota señalando a Roy con el pulgar.
—Ay, los jóvenes ya no aguantan nada, son unas piltrafas de estómago delicado. En mi época, los niños de pecho ya tomaban sus buenos tragos. Mi madre solía contarme cómo usaba la cerveza para apurar el destete. ¡Así he salido yo! ¡Un toro!
Dax se golpeó los voluminosos pectorales con los puños para reforzar lo que con tanta vehemencia había aseverado.
—¿Un toro? —preguntó el príncipe levantando una de sus cejas—. Un toro es un animal noble, inteligente, libre de vagar por los prados, un semental que monta a todas las hembras, una detrás de otra… Tú eres, más bien, un asno…
Soota ya había encontrado un entretenimiento con el que divertirse un buen rato. Le resultaba irresistible aquel juego de poder en el que unas palabras ofensivas podían conducir a una riña zanjada a puñetazos. No era la primera vez que incitaba a Dax para acabar enzarzados en una pelea. Encontraba un extraño placer al enfrentarse a un hombre mucho más fuerte, aunque hasta ese momento nunca le había ganado. Tumbar al viejo guardia se había convertido en un reto, algo que, por supuesto, Dax conocía. Si el príncipe quería jugar con él, pensaba el guardia, tendría sus puños a su servicio para machacarlo.
Dax estaba cansado. Decidió que era mejor empezar cuanto antes, sin necesidad de una réplica a la ofensa que no fuese un primer golpe inesperado. Con un rápido ademán agarró los pies de Soota y los apartó con tal ímpetu que lo volcó de su silla. El joven erigio cayó acompañado del estruendo de la madera partida.
El carcajeo de los clientes que estaban más próximos no se hizo esperar. Salvo Roy, que continuó durmiendo el sueño de los benditos.
Soota se levantó despacio. Sus facciones seguían tan impasibles como siempre, pero en su mirada, clara y oscura a la vez, resplandecía un brillo salvaje. Se despojó de su espada y del peto de cuero que resguardaba su pecho, y saltando por encima de la mesa se lanzó contra el cuerpo nervudo de Dax.
El capitán lo recibió con el apretado abrazo de una serpiente que quiere estrangular a su presa. Soota intentó soltarse, y cuando estaba a punto de conseguirlo, Dax le dio un fuerte cabezazo. Aquel primer golpe a punto estuvo de dejarlo sin sentido, pero Soota siguió revolviéndose hasta que logró escapar. No perdió ni un instante en golpear con su puño la mandíbula del guardia obligándolo a retroceder unos pasos.
—¡Te voy a arrancar la cabeza! —gritó Dax, mientras un hilo de sangre escapaba por su boca.
—Inténtalo, asno… —le espetó Soota, con tono desafiante.
Alguien, escondido en el anonimato de la muchedumbre, emitió un rebuzno, largo y jocoso. El rostro del capitán de la guardia se incendió de cólera.
—Pequeño hijo de perra… —dejó escapar entre dientes, apurándose en aflojar el correaje que portaba sus dagas y dejándolo caer al suelo.
Soota, con el torso al descubierto, exhibía un cuerpo recio y bien proporcionado, pero el físico de Dax era mucho más imponente. El joven era demasiado esbelto para enfrentarse con éxito a un hombre que en verdad parecía un toro.
Dax gritó como una bestia sedienta de sangre. Abrió los brazos y apretó los puños, forzando todos los músculos hasta que estos se hincharon como las velas de un barco, en una muestra de su admirable fortaleza.
Sin clemencia ni rencor. Así lucharían, provocados por el simple deseo de medirse con otro hombre, de sentir cómo la excitación del combate les avivaba toda la fiereza que llevaban dentro. A su alrededor se formó un corrillo que los azuzaba con el mismo arrebato con que se anima a los perros de pelea a que luchen hasta la muerte.
—¡Muérdele una oreja! —vociferaba una mujer, sin soltarse de su hombre.
—¡Reviéntale el hígado! —rugió un muchacho de mirada bizca y mejillas purulentas.
La expectante audiencia animaba con su vocerío a aquel coloso, sin importarle un bledo la condición privilegiada de Soota. Allí no había lugar para distinciones entre príncipes y ciudadanos, solo entre vencedores y vencidos. Ellos deseaban sangre y espectáculo. Y estos dos rivales se lo iban a dar.
Soota volvió a atacar con la agilidad de un felino, enseñando sus puños prestos a atizar su segundo golpe, pero Dax supo esquivar el impacto, respondiendo a su vez con un derechazo que apenas rozó a su contrincante. Con la rabia desatada, los dos hombres se enzarzaron en una serie de golpes rápidos que terminaron en la violenta caída de ambos encima de una mesa que se hundió, completamente quebrada. Todavía en el suelo rodaron uno sobre el otro hasta que el príncipe aferró con fuerza el cuello del capitán. Durante unos segundos pareció que a Dax le fallaban las fuerzas, aunque no por ello Soota dejo de apretar el robusto gaznate de aquel gigante.
Pero en la mente de Dax aún no había motivo para la rendición; consiguió zafarse de aquellas poderosas tenazas y tumbar a su oponente propinándole un puñetazo en el pecho con tal potencia que lo lanzó a un par de metros de distancia.
El populacho gritaba enfervorizado reclamando más diversión.
—¡Venga, Dax!
—¡Rómpele la cara!
Soota se levantó como un resorte, y aprovechando que Dax le ofrecía la espalda, le agarró de su larga coleta, aupándose de un salto a la espalda del fortachón. Con un hábil gesto le pasó la coleta alrededor del cuello y tiró de ella con fuerza, pretendiendo ahorcarlo con aquella improvisada soga. Dax empezó a dar vueltas sobre sí mismo, intentando desembarazarse de Soota, que se apretaba contra él rodeándolo con sus muslos. Al fin, Soota cayó al suelo con estrépito, derribando a su paso mesas y sillas, y vertiendo las bebidas de los clientes.
A pesar del bullicio, el joven Roy continuaba durmiendo, anestesiado por los efluvios de la bebida, sin percatarse del alboroto que se había formado junto a él.
El tabernero mantenía un semblante inescrutable, pero sus ojos mostraban un brillo ladino que no auguraba nada bueno. Ya estaba harto de que la mayoría de las noches aquellos altercados pendencieros acabasen destrozando su ya destartalado negocio. Bajo el mostrador guardaba un grueso garrote, la única arma que necesitaba para disolver las disputas. Lo cogió con cierta resignación, y blandiéndolo sobre su cabeza, se acercó a los dos bravucones que seguían propinándose puñetazos. Sin contemplación ni titubeo la emprendió a garrotazos, con la irrefutable certeza de que estaba en el derecho de tomarla contra quienes él dispusiese, pues era dueño y señor de su propiedad más preciada: la cantina. Y no sólo Dax y Soota probaron la contundencia del garrote, sino todo aquel que se interpuso en su camino.
Nadie se atrevió a discutir la acción del tabernero y los ánimos de la abigarrada multitud se fueron templando, incluso los ahora vapuleados contendientes parecían haber entendido el lenguaje del «palo».
—Dejémoslo por hoy —dijo Dax.
Su rostro perruno estaba bastante maltrecho. Soota no tenía mejor aspecto, su ojo azul se ocultaba tras su párpado hinchado. Como en otras ocasiones, actuaron sin recelo y acabada la pelea se dieron la mano, al igual que dos caballeros, demostrando su respeto hacia un digno rival.
Pospusieron definitivamente aquel duelo, esperando un mejor momento para reanudarlo. También regresó la rutina entre los clientes: los carreteros bebieron cerveza, los herreros jugaron a los dados, los muleros brindaron con licor y las prostitutas se dejaron pellizcar sus dulces carnes por quienes las probarían aquella noche.
Soota recogió sus pertenencias y sujetando al todavía durmiente Roy, se lo echó sobre los hombros y abandonó la taberna.











