Narración radiofónica de "Las rosas y los sauces" en BREUS
    DOS CORONAS


    LEJOS… muy lejos, en un tiempo distante a nuestros días, vivían dos bravas estirpes, dos reinos enfrentados por odios ancestrales, avocados a cruentas guerras que se sucedían, siglo tras siglo.

    El oro de la Blanca Corona ciñó durante mil años las regias sienes de los monarcas aldarios. La Corona Negra lució su bruñida obsidiana en el linaje erigio.

    Soota es un joven erigio de espíritu rebelde y temerario. La pérdida de los recuerdos de su infancia ha forjado un corazón duro que lo ayuda a sobrevivir a las intrigas de una sociedad violenta y convulsa.

    Su pasado, construido con mentiras, se derrumba el día que descubre que por sus venas corre la sangre de la casta real de Aldaria. Comienza entonces para él un largo viaje hacia el honor, la lealtad y la compasión.

    En medio del juego letal que disputan las dos Coronas, Soota combatirá en una devastadora ofensiva. Pero, sobre todo, luchará por alcanzar su destino, la ansiada paz, la esperanza de recuperar lo perdido y redimir, así, su alma.

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    domingo 6 de abril de 2008

    EL ALMUERZO

    El trampero se quitó la zamarra, remangó los puños de su tosca camisa y lavó sus grandes manos en una pila de agua.
    —Ya veréis que sabroso: Huevos con delicias de puerco —dijo Gledius colocando una pesada sartén en el fuego.
    Fiendus miraba absorto los precisos movimientos de su amigo; la maña que tenía batiendo los huevos, y repartiendo las gruesas tajadas de salchicha y tocino sobre la manteca caliente. En seguida el aroma de la fritura le hizo relamerse a la espera de probar aquellas viandas.
    —Ah… qué bien huele.
    —Ya está listo —anunció Gledius.
    A Max Fiendus se le hizo la boca agua.
    El trampero repartió la comida en los platos, sirviendo cuatro raciones colmadas.
    —También hay un poco de sopa caliente y pan tierno —añadió mientras colocaba sobre la mesa un puchero en el que todavía bullía su contenido, y una gran hogaza de reciente hornada.
    Al fin unos crujidos en los peldaños avisaron que la muchacha bajaba del desván. Cuando se sentó entre Fynneon y Fiendus, su padre se acercó a ella. Este empuñaba una cuchara de madera.
    —Una dama debe ser amable y educada. —Gledius le quitó el gorro y le golpeó en la cabeza con la cuchara—. Saluda a nuestro invitado.
    —Hola, Max.
    Fiendus no contestó. Tenía la boca llena, así que le respondió con un pellizco en la mejilla. Todos comieron con apetito, y al terminar, Gledius les sirvió un poco de licor.
    —Es bastante fuerte, pero ha macerado con bayas de enebro e hinojo, y… baja bien.
    Fiendus lo probó, deteniendo un momento la bebida en su boca para apreciar todo el sabor. Le pareció excelente, un tanto seco pero con un agradable amargor final. Río no tuvo tanto esmero, lo bebió de golpe y alargó su vaso pidiendo más.
    —No, Río. —Gledius meneó el índice delante de su gruesa nariz—. ¿Acaso quieres que te salga bigote?
    —¡Vamos, padre! —protestó la joven con los puños apretados sobre la mesa—. No soy una niña.
    —No, no… No eres una niña, apenas una mocosa bruta e insolente.
    Fynneon forzó una risa cínica. Eran pocas las veces que su padre regañaba a su hermana y se sentía de alguna manera recompensado por su derrota con la espada. Río gruñó como un osezno malhumorado, sin oponer ni una palabra. No era muy habladora y rara vez se mostraba alegre, siempre ofreciendo un carácter arisco y contestaciones desabridas. Gledius decía que su hija era una auténtica montaraz, y que en vez de ponerle Río debería haberla llamado Flor de Cardo.
    —Ayer me topé con un hallazgo bastante peculiar —comentó Gledius, comenzando la tertulia de sobremesa—. Me encontré con un muerto.
    —¿Un… fantasma? —preguntó Fiendus, levantando las cejas.
    —No, que va… Un muerto, muerto. En realidad era un cadáver roído y apestoso.
    —Ah, vaya…
    Fynneon y Río escuchaban atentos lo que contaba su padre.
    —Fue en un lugar cercano a la frontera —dijo Gledius, dispuesto a explicar toda la historia—. En la pared rocosa de la montaña hay muchas cuevas; algunas no pasan de ser simples madrigueras de roedores, pero otras son el cubil perfecto para el refugio de un oso. Mi Nuna es una fisgona y se atreve con todo, así que cuando me di cuenta se había adentrado en una caverna. Sus ladridos insistentes me avisaron que había topado con algo. Mi instinto me alertó de que el peligro acechaba, y saqué mi cuchillo.
    El trampero desenfundó el cuchillo que pendía de su cinto y con un rapidísimo gesto lo clavó en la mesa. Continuó su relato con voz todavía más profunda, arrastrando a sus hijos y a su vecino dentro del inquietante suceso.
    —La cueva estaba en penumbras, pero yo continué avanzando hasta el fondo, allí donde Nuna no dejaba de ladrar. Me recibió el hedor de la muerte. Por un hueco en el techo entraba un hilo de luz, suficiente para ver aquel amasijo de carne putrefacta.
    »¡Rediez! ¡Era un erigio!
    Los jóvenes dejaron escapar una exclamación de sorpresa y temor, y Fiendus descansó el rostro sobre sus puños entrelazados en una actitud expectante.
    —¡Por Aldar, que aquellos corrompidos huesos eran los de un erigio! —Gledius dio un manotazo en la mesa que hizo temblar los vasos—. Y aún no sabéis todo. ¿Os imagináis qué vi al lado del cuerpo?
    Los cuatro cruzaron sus miradas.
    —¡Un queso!
    Gledius señaló con un dedo inquisidor a Fiendus.
    —¡Tu queso!
    El corazón del viejo capitán empezó a latir con fuerza y el hombre trató de disimular su zozobra.
    —Era uno de tus oblongos quesos, Max. —El semblante de Gledius se relajó en una astuta y pícara sonrisa—. Ahora te toca a ti, Max. ¿Nos dirás cómo llegó hasta ese lugar uno de tus quesos? Hace unos días no fuiste muy sincero cuando te pregunté sobre si tenías alguna novedad importante. ¿O intentabas ocultar a Magda lo que ni siquiera te atreviste a contarme a mí? Vamos Max, yo no soy hombre asustadizo y debiste alertarme de que esos malnacidos vuelven a rondar nuestras tierras.
    Fiendus tragó saliva y se enderezó en la silla. Los demás observaron que estaba aturdido y que no había oído las últimas apreciaciones de Gledius.
    —Gled… Ese erigio… ¿Te pareció más alto que yo… o canijo?
    —¡Vaya pregunta, Max! ¿Pero no te he dicho que era un puro hueso consumido por los gusanos? Vamos a ver… Déjame pensar. —El trampero urgó en su espesa barba, como si allí se escondiese la respuesta—. Tú muy grande no eres, y si no recuerdo mal, el erigio aún era de menor estatura. Y hasta un poco zambo me pareció. ¿Contento?
    —Pues sí, tu respuesta alivia mis temores. Verás, Gled, mi visita tiene un motivo. Y a pesar de que mi decisión está tomada desde hace un tiempo, lo que acabas de contar me fortalece en mis propósitos. Hablaré claramente y delante de tus hijos.
    »Si hoy he venido a tu casa es para pedir tu ayuda en un asunto que... —Fiendus enmudeció durante un instante para continuar después con mayor rotundidad—. Será mejor que os lo cuente todo desde el principio, así lo entenderéis mejor, pues son muchos los acontecimientos del pasado que debéis conocer.
    »Hace unas semanas Patkis me despertó en plena noche. Salí afuera, descalzo y desarmado. ¿Adivináis quiénes merodeaban por mi granja?