No es cierto.
Al llegar a la edad adulta en la que un hombre aprende a matar, las pesadillas no me habían abandonado y seguían causándome la misma desazón. Durante el penoso regreso al Castillo Lazvard, noche tras noche, aquellos horribles sueños se repetían cada vez con mayor crudeza.
Una madrugada me desperté sobresaltado, excitado por el terror que las crueles imágenes me infundían, oliendo el acre olor del humo y la carne quemada. Mi carne. Al igual que en mi hogar, sentí la necesidad de huir, de refugiarme entre la fronda del bosque al abrigo del cielo raso donde acampaba el ejército.
Sobre la colina, embarrada por la nieve sucia del hollín de las fogatas, se apretaban altos y espigados abetos. A paso vivo me interné con un zigzagueo errante hasta que creyéndome perdido me vi a salvo de mis horribles visiones.
Las ráfagas racheadas ululaban entre las picudas copas que rozaban el firmamento. Allí, en la cima del monte, el viento era más fuerte, más puro. La luna asomaba con timidez, escondiéndose y reapareciendo entre los densos cúmulos de nubes.
En la quietud del bosque distinguí una bruma densa y opaca más sombría que las tinieblas que me rodeaban. Se deslizaba con la inteligencia de un ente vivo y palpitante, incorpóreo, moviéndose rauda con el propósito de ocultarse tras los árboles. Mi curiosidad fue más fuerte que el recelo, aunque no puedo negar que sentía el corazón acelerado por la ansiedad y el asombro.
Haciendo alarde de la osadía del imprudente, me acerque a aquel prodigio.
Así pude distinguir la silueta femenina de una mujer emergiendo del extraño efluvio, como si éste, por fin, sembrase su esencia sobre la tierra. Su piel desnuda era tan esplendente como la luna, y al igual que ella, la mujer aparecía y se ocultaba correteando de un árbol a otro, pero sin alejarse, como si pretendiera mostrarse pero no se atreviese.
Corrí tras ella. Era como un juego de niños; cuando yo me movía intentando descubrirla, ella también trotaba hasta desaparecer de mi vista detrás de un nuevo tronco. Me dejé envolver por aquella espesa niebla que se hacía jirones al enredarse en los helechos. Durante un instante creí que estaba soñando, que quizás no hubiese despertado de mi sueño y que éste continuase con aquella nueva escena, más amable aunque no menos misteriosa.
Sin embargo, cuando inesperadamente la extraña mujer salió a mi encuentro exponiéndose al fin ante mi vista, descubrí que no era parte de mis pesadillas.
Tan sólo dos pasos la separaban de mí.
Su belleza me conmovió y la desnudez de su cuerpo inundó mis sentidos. En su rostro, los labios eran dos pétalos rosados, y su exuberante cabello, el manto negro y radiante de una noche estrellada. Sí, era bella. Quizás fuese la mujer más bella que he visto en mi vida. Pero su beldad no escondía la perversa mirada de sus ojos oscuros.
De su espalda surgió una sombra que se desplegó hasta mostrar, en toda su extensión, unas alas negras. Y entonces pude verla, en cada detalle; su plumaje negro, la suavidad de su cuello, la cicatriz del hombro, su piel teñida de plata…
La naturaleza demoniaca de la mujer que tenía ante mí no me causo mayor sobresalto que el descubrir que su presencia no me producía temor.
En el breve tiempo que dura un parpadeo, la arpía estaba junto a mí. Su mirada clavada en la mía, sus manos en mis hombros, su cálido aliento sobre mi boca.
Me besó. De una manera dulce, casi tierna, aunque tan seductora que me complació. Después batió con fuerza sus alas, moviendo mis cabellos con su intenso aleteo, y se elevó en el aire, sosteniéndose en él durante unos segundos para luego elevarse sobre los abetos y perderse entre las nubes grises que encapotaban el cielo.
Mucho había oído hablar sobre aquellas criaturas, hembras aladas que apaciguaban la lujuria del Señor del Averno. Había escuchado que las arpías eran seres que no gustaban del contacto humano, y los pocos que se topaban con ellas y conseguían huir de la muerte las describían como cuervos contrahechos con cabeza de loba. Simples habladurías de viejos ociosos: yo había visto en ella la majestad de un cisne negro.
Todavía más confuso e inquieto que cuando me adentre en el bosque, emprendí el camino de regreso al campamento. En mi cabeza bullían las preguntas. ¿Qué misterio guardaba aquella aparición? ¿Quién era aquella arpía? ¿Acaso me espiaba? ¿Qué pretendía de mí?
Nunca conté a nadie el episodio vivido esa noche, era un suceso demasiado absurdo como para que alguien creyese que había sobrevivido al encuentro con una arpía. Y mucho menos entenderían el brillo lascivo que había visto en sus ojos.











