
El joven monje contemplaba a Wei, dormida, preciosa…
Imbuido por las hipnóticas salmodias, supo que dominaría el trance por el que visitarla en sus sueños. Cerró los ojos y liberó su mente, desatándola de la materia. Se desvanecieron los pensamientos que se apegaban a su conciencia, hasta que sus pies pisaron la fresca hierba de un idílico paisaje.
Wei estaba rodeada de caléndulas amarillas.
El monje no contuvo el beso, saboreándola, sin prisa; lamiendo su sonrosado cuello, enloquecido por el aroma de su nuca, recorriéndola con las manos, con la boca, desnudándola. Acarició sus hombros, tan suaves, la plenitud de sus pechos, de sus nalgas, llenándola de placer con íntimas caricias.
Las mejillas de Wei se encendieron con la candidez de una niña sorprendida por la destreza de su primer amante, pero sus ojos, sinceros, traslucían el desinhibido ofrecimiento de una mujer madura.
El joven, excitado ante su belleza, la poseyó con la apremiante necesidad de adentrarse en la tibieza de aquellos muslos.
Exhaustos, invadidos por la laxitud que aquieta el deseo, se hundieron en un profundo sueño que sosegó sus cuerpos y espíritus, olvidándose hasta de sí mismos, sumergidos en la blanca luz de la nada.
Imbuido por las hipnóticas salmodias, supo que dominaría el trance por el que visitarla en sus sueños. Cerró los ojos y liberó su mente, desatándola de la materia. Se desvanecieron los pensamientos que se apegaban a su conciencia, hasta que sus pies pisaron la fresca hierba de un idílico paisaje.
Wei estaba rodeada de caléndulas amarillas.
El monje no contuvo el beso, saboreándola, sin prisa; lamiendo su sonrosado cuello, enloquecido por el aroma de su nuca, recorriéndola con las manos, con la boca, desnudándola. Acarició sus hombros, tan suaves, la plenitud de sus pechos, de sus nalgas, llenándola de placer con íntimas caricias.
Las mejillas de Wei se encendieron con la candidez de una niña sorprendida por la destreza de su primer amante, pero sus ojos, sinceros, traslucían el desinhibido ofrecimiento de una mujer madura.
El joven, excitado ante su belleza, la poseyó con la apremiante necesidad de adentrarse en la tibieza de aquellos muslos.
Exhaustos, invadidos por la laxitud que aquieta el deseo, se hundieron en un profundo sueño que sosegó sus cuerpos y espíritus, olvidándose hasta de sí mismos, sumergidos en la blanca luz de la nada.











