Narración radiofónica de "Las rosas y los sauces" en BREUS
    DOS CORONAS


    LEJOS… muy lejos, en un tiempo distante a nuestros días, vivían dos bravas estirpes, dos reinos enfrentados por odios ancestrales, avocados a cruentas guerras que se sucedían, siglo tras siglo.

    El oro de la Blanca Corona ciñó durante mil años las regias sienes de los monarcas aldarios. La Corona Negra lució su bruñida obsidiana en el linaje erigio.

    Soota es un joven erigio de espíritu rebelde y temerario. La pérdida de los recuerdos de su infancia ha forjado un corazón duro que lo ayuda a sobrevivir a las intrigas de una sociedad violenta y convulsa.

    Su pasado, construido con mentiras, se derrumba el día que descubre que por sus venas corre la sangre de la casta real de Aldaria. Comienza entonces para él un largo viaje hacia el honor, la lealtad y la compasión.

    En medio del juego letal que disputan las dos Coronas, Soota combatirá en una devastadora ofensiva. Pero, sobre todo, luchará por alcanzar su destino, la ansiada paz, la esperanza de recuperar lo perdido y redimir, así, su alma.

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    viernes 6 de marzo de 2009

    LOS AMANTES ETÉREOS


    El joven monje contemplaba a Wei, dormida, preciosa…
    Imbuido por las hipnóticas salmodias, supo que dominaría el trance por el que visitarla en sus sueños. Cerró los ojos y liberó su mente, desatándola de la materia. Se desvanecieron los pensamientos que se apegaban a su conciencia, hasta que sus pies pisaron la fresca hierba de un idílico paisaje.
    Wei estaba rodeada de caléndulas amarillas.
    El monje no contuvo el beso, saboreándola, sin prisa; lamiendo su sonrosado cuello, enloquecido por el aroma de su nuca, recorriéndola con las manos, con la boca, desnudándola. Acarició sus hombros, tan suaves, la plenitud de sus pechos, de sus nalgas, llenándola de placer con íntimas caricias.
    Las mejillas de Wei se encendieron con la candidez de una niña sorprendida por la destreza de su primer amante, pero sus ojos, sinceros, traslucían el desinhibido ofrecimiento de una mujer madura.
    El joven, excitado ante su belleza, la poseyó con la apremiante necesidad de adentrarse en la tibieza de aquellos muslos.
    Exhaustos, invadidos por la laxitud que aquieta el deseo, se hundieron en un profundo sueño que sosegó sus cuerpos y espíritus, olvidándose hasta de sí mismos, sumergidos en la blanca luz de la nada.