Narración radiofónica de "Las rosas y los sauces" en BREUS
    DOS CORONAS


    LEJOS… muy lejos, en un tiempo distante a nuestros días, vivían dos bravas estirpes, dos reinos enfrentados por odios ancestrales, avocados a cruentas guerras que se sucedían, siglo tras siglo.

    El oro de la Blanca Corona ciñó durante mil años las regias sienes de los monarcas aldarios. La Corona Negra lució su bruñida obsidiana en el linaje erigio.

    Soota es un joven erigio de espíritu rebelde y temerario. La pérdida de los recuerdos de su infancia ha forjado un corazón duro que lo ayuda a sobrevivir a las intrigas de una sociedad violenta y convulsa.

    Su pasado, construido con mentiras, se derrumba el día que descubre que por sus venas corre la sangre de la casta real de Aldaria. Comienza entonces para él un largo viaje hacia el honor, la lealtad y la compasión.

    En medio del juego letal que disputan las dos Coronas, Soota combatirá en una devastadora ofensiva. Pero, sobre todo, luchará por alcanzar su destino, la ansiada paz, la esperanza de recuperar lo perdido y redimir, así, su alma.

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    martes 28 de abril de 2009

    El vestido

    Los montaraces se quedaron boquiabiertos. Salvo Max Fiendus, que conocía bien de cerca el esplendor de Betengard, aquellas gentes de montaña nunca habían pisado una mansión con tanto lustre y tal cantidad de sirvientes. Éstos los condujeron a las habitaciones de la segunda planta, donde se acomodarían durante su estancia. Cuando Río entró en la suya, tras una doncella menuda y de mediana edad, sintió que las altas paredes se le venían encima. Estaba adornaba con sobriedad, pero las pocas piezas que la amueblaban eran espléndidas, talladas en madera fragante y oscura. Una suave alfombra, un espejo grande y ovalado, y algunos candelabros de plata, acababan de componer el lugar. Aquella elegante alcoba no era precisamente la de un criado.
    Río dejó escapar un silbido ramplón. Frente a ella, una gran cama con dosel presidia el aposento, y encima de su mullido cobertor se extendía un vestido color esmeralda digno de una princesa. Dio unos pasos y acarició la tersura de la tela.
    —¿Es para mí? —preguntó Río a la doncella que le había acompañado.
    —Sí, señora. Es un obsequio del príncipe Doogan. Él mismo lo compró para vos.
    —No, no lo creo. No ha de ser para mí —repuso Río, desconfiada.
    —¿No sois vos la dama que esperábamos? —La doncella le mostró una sonrisa afable—. El príncipe nos encomendó que os atendiéramos en todo aquello que necesitaseis, nos advirtió de vuestras ropas de mancebo… Y veo que es cierto, ¡si hasta lleváis una espada al cinto! —exclamó mientras se aproximaba a la muchacha—. ¡Pero mirad vuestra cara! ¡Si estáis cubierta de roña! Os prepararé un buen baño.
    Aquella mujer se disculpó brevemente y salió de la habitación. Parecía dispuesta a cumplir a rajatabla el encargo del príncipe, porque en unos minutos ya estaba de vuelta dándole órdenes a un par de criados que cargaban con una bañera.
    —Dejadla aquí, junto a la chimenea —les indicó la doncella.
    Comenzó un incesante ir y venir de la servidumbre cargando baldes, hasta que el barreño quedó rebosante de agua.
    —Hale, hale, ya podéis marcharos —despidió la doncella a los criados agitando los brazos—. Ah, y decidle a Anelle que venga, y que no olvide traer un refrigerio para la señorita. Y vos, ¿a qué esperáis? —añadió dirigiéndose a Río, mientras cerraba la puerta—. Quitaos de encima esas pieles malolientes. —La doncella abanicó una mano delante de su arrugada nariz.
    —Pero… señora… —balbució Río, ahora sí sonrojada.
    —¡Oh, vamos! No me vengáis con melindres, joven dama. Un baño os librará de la fatiga del viaje y… ¡por todos los dioses! ¿Qué habéis hecho con vuestra cabellera?
    La joven montaraz se había quitado el gorro de piel de lince dejando a la vista su cabeza pelona de cabellos trasquilados y algo tiesos.
    —¡Pobre niña! —se lamentó la doncella, ayudándola a despojarse de aquel tosco ropaje de montañés—. ¡Pero si estáis más flaca que un junco!
    El agua estaba caliente y Río se metió en el barreño sin rechistar. Con enérgico ademán, la doncella le enjabonó el corto cabello. Al poco, entró Anelle, una muchacha tan joven como ella, aunque de aspecto mucho más lozano. En verdad, Río parecía una trémula espiguilla surgiendo de un arroyo, aunque sus brazos, acostumbrados a manejar la espada, estaban tan fornidos como los de un varón. Pronto se sintió reconfortada y remoloneó un rato antes de que el olor del pan tierno le apremiase a terminar el baño. Todavía envuelta en un suave lienzo, despachó con rápidos bocados los manjares que había traído la criada. ¡Cuánto tiempo hacía que no saboreaba un pan tan blanco y fresco como aquél! Y aquellas frutas escarchadas y la leche endulzada con miel. Ya estaba aburrida de la carne de jabalí y los dulces le supieron a gloria.
    Tras saciar su apetito, las dos mujeres la vistieron con el flamante vestido que le esperaba sobre la cama.
    —Señora, ¡Qué bien os sienta esta seda! El color verde realza vuestra tez. ¡Y qué bien se ajusta a vuestras medidas! ¡Estáis hermosa! ¿No es así, Anelle? —La doncella la llevó hasta el espejo.
    A Río le costó reconocer que la imagen que se reflejaba en el espejo era ella. La mujer que tenía ante sí no se parecía al mozuelo que había sido hasta entonces. Pasó las yemas de sus dedos por el brocado, repasando los dibujos briscados que trazaban los finos hilos de oro. El corpiño realzaba sus pequeños senos y convertía su torso en una copa rematada por un finísimo encaje. El escote circundaba los hombros desnudos, las mangas se entallaban desde el codo hasta la muñeca. La falda caía sobre sus caderas y se volvía amplia y vaporosa al rozar el suelo.
    Pero aquel reflejo era un espejismo. Ella no era una dama, por mucho que así la llamasen las doncellas. En cuanto se quitase el vestido, volvería a ser la pequeña Río, la niña de los Gledius, la mocita que se negaba a florecer como mujer.
    A Río le entró una súbita congoja y estalló en llanto.
    —¡Por qué me habéis puesto este maldito vestido! —chilló—. ¡Marchaos! ¡Dejadme en paz y no me molestéis más con vuestros frívolos halagos!
    Las doncellas se marcharon sin mediar palabra, escandalizadas por aquella explosión de ira que no comprendían.
    Río recogió su arma, la desenvainó y sopeso su calibre con ambas manos. Nunca le había parecido pesada. Su filo estaba algo mellado, eran los trofeos ganados en los duelos contra Fynneon. Dando rienda suelta a la furia que sentía, blandió unos ágiles mandobles en el aire, como si un enemigo invisible la acechase. El zumbido que producía la hoja sonaba amplificado por la acústica del aposento. «¡Idiota, soy una idiota!», se repitió una tras otra la retahíla. Luego, sin soltar la espada, se dejó caer sobre el suelo, echa un ovillo.
    La lucha había llegado a su fin.
    Su corazón hacía tiempo que la había avisado, pues se estremecía con sólo contemplar la apostura del príncipe. Y ahora, aquel espejo le mostraba la mujer que había ocultado durante años bajo ropas de hombre y andares zafios.
    Vencida, dejó brotar todas las lágrimas no lloradas, todo el dolor no padecido, todo el amor no sentido.

    miércoles 1 de abril de 2009

    Morir matando

    Brend Cleid hendió a fondo su espada en el pecho de su adversario hasta que la punta emergió de su espalda. Aunque aquel hombre llevaba una pesada cota de malla, el acero aldario lo traspasó como si hincase sobre un fardo repleto de blando sebo.
    El general extrajo la hoja con la misma facilidad y el hombre cayó al suelo, ya sin vida. El cadáver acompañó a un sinfín de cuerpos rotos y desgajados, algunos todavía agonizantes, que, como una pátina de horror, cubrían el corredor que circundaba las almenas. Sobre ellos caía un cielo gris plomizo, cargante.
    Rodeado de los lastimeros plañidos de los vencidos, Cleid rompió en una horrísona carcajada. El festín de sangre le instigaba a permanecer en un estado de euforia y paroxismo que no hacía más que crecer.
    Cleid consideró la posibilidad de que el conjuro de Tasurgo hubiese endurecido algo más que el acero, pues nunca había sentido tal placer al matar. Ni siquiera se podía comparar con el deleite de yacer con una mujer. Aquel olor salado, picante, acre… penetraba con fuerza en sus fosas nasales y lo enloquecía. Lamió la nervadura de su espada y saboreó el gusto ferroso del icor que la impregnaba.
    En medio de aquel éxtasis formidable, sintió un picotazo en el cuello. Cleid despertó de su delirio y elevó su vista en busca de un aleteo sobre el fondo velado que lo envolvía. ¿Acaso los buitres no disponían de suficiente carroña que se lanzaban contra un hombre vivo?
    Contempló el lugar con nuevos ojos. Allí nadie quedaba en pie, salvo él.
    Entre un montón de restos humanos, de cabezas seccionadas, huesos descarnados, muñones y oscuras vísceras, el general Cleid distinguió un rostro aniñado de mirada azul e hipnótica. Aún había luz en ella.
    El único brazo —desnudo, sanguinolento— que conservaba aquel joven, parecía señalarle, o tal vez sólo descansaba después de haber hecho un último esfuerzo.
    Cleid sintió un líquido caliente derramándose por su hombro y una flojedad en los huesos del pecho. «¿Qué demonios está pasando?», se preguntó mientras llevaba una mano a aquel chorro palpitante que le brotaba del cuello.
    —¡Sangre! —exclamó al descubrir su palma manchada.
    El gesto furioso de su semblante se transformó en una expresión incrédula. Cleid se resistía a aceptar que la vida se le estaba escapando a borbotones con cada latido de su corazón. «Está sucediendo muy rápido, rápido, rápido…», pensó, desfallecido. Sus rodillas flojearon y la espada se le escapó de entre los dedos.
    El joven moribundo, enterrado entre cadáveres, sonrió. Había cumplido su deseo de morir matando.
    Sólo cuando Cleid dio con su cuerpo en el suelo vio, tendido junto a él, el estilizado puñal que le había herido de muerte.