29.5.09

Las rosas y los sauces

Relia caminó bajo los sauces, apartando las largas ramas a su paso. Se detuvo un momento para atisbar a través de las hojas. Luego avanzó un trecho, hasta los espinosos arbustos que componían la rosaleda. Allí encontró a quien buscaba.

—Señora, es tarde. Os vais a helar —le dijo a la princesa.

Con gesto protector, la doncella echó sobre los hombros de Emet una capa liviana del color del oro viejo, confeccionada en tafetán y con un amplio cuello de piel de armiño. Las dos siguieron el paseo que cruzaba entre los árboles.

Aquel año, a los frondosos jardines de la Torre Alveen no llegaron las nieves. Se mantuvo el verdor de las matas de mirto y la viveza de los voluminosos naranjos, aguardando que la primavera los volviera floridos. El follaje gris plateado de los setos adornaba el borde de los senderos, y el aire estaba envuelto en el aroma refrescante de los cipreses recién podados.

El lugar invitaba a la meditación y al sosiego, pues la amplitud de los terrenos aledaños al torreón permitía que aquel vergel estuviera alejado de la zona destinada a la guarnición de la fortaleza.

Emet, que siempre había vivido en un pueblecito de la costa, se sentía abrumada por la opresora presencia de la atalaya. El boato que esta acogía, no compensaba su amenazante figura, que se alzaba, piedra a piedra, en el centro de una ciudad vetusta y malsana.

Por eso, a la princesa le gustaba pasar largas horas en el sereno refugio que le ofrecía aquella suerte de oasis. Allí, apartada de la afectación de la corte, rodeada de la belleza más natural y sincera, sus pensamientos no le parecían tan funestos, ni la pena que la afligía, tan punzante y dolorosa. Sin embargo, a veces, en el silencio del jardín, su mente aún repetía, pertinaz: «Dru, Dru Edho…», oprimiendo su desolado corazón.

Relia la acompañaba en sus caminatas. La doncella era una gran conocedora de los nombres y propiedades de árboles y plantas, y Emet se entretenía instruyéndose en aquellas nociones, acariciando la suavidad de algunos macizos.

—No, no toquéis esas hojas de ruda —le advirtió Relia—. Son irritantes. Celidonias, anémonas y ciertas variedades de prímulas, pueden dañar vuestra piel con un leve contacto. Cuidaros de adelfas y glicinas, y de probar los frutos de la hiedra, cinamomo y nueza negra.

Emet continuó caminado delante de Relia, ensimismada en sus recuerdos. Su mirada se perdía en la fronda.

—En mi casa hay rosales rojos —dijo Emet, conteniendo un sollozo—. Y en la plaza de la villa, un tilo centenario.

—Señora, cuando llegue la primavera, aquí también habrá rosas. Las más bellas de toda Erigia. —Durante un instante, Relia se detuvo y quedó pensativa. Después, agregó—: Venid, os enseñaré un curioso rosal que crece muy cerca.

La doncella condujo a Emet hasta uno de los sauces. Alrededor de su tronco trepaba un denso rosal que llegaba tan alto que casi alcanzaba su copa. Solo en algunas partes se podía apreciar la corteza gris oscuro del árbol.

—Cuando las rosas florecen, el sauce se engalana de púrpura —señaló Relia—. Una pequeña recompensa por todo lo padecido. Fijaos cómo el rosal ha invadido el tronco del sauce, cómo sus tallos lo circundan con un abrazo de espinas. Y si miráramos bajo la tierra, veríamos ambas raíces pugnando por hacerse sitio, enredándose una en la otra.

—Edwina, mi aya, me ha dicho que un buen hombre posee las mismas virtudes del sauce: el tronco es recto y orgulloso, no hay nada que lo desvíe; pero sus ramas son largas y flexibles, se dejan agitar por el viento, nada las rompe.

Emet recogió la falda de su vestido con descuido, se sentó debajo del árbol y descalzó sus pies, dejando que estos reposaran sobre la hierba. Distraída, arrancó algunas briznas.

Relia no la amonestó por aquellos ademanes tan poco refinados. El rey Minthos le había encomendado la tarea de instruir y educar a la princesa, y así hacer de ella una mujer digna de su regia condición. Esperaba ver aquellos progresos cuando regresara de la guerra y se celebraran los esponsales que la unirían a Herid Tasurgo, el hechicero. No obstante, ya hacía un tiempo que la doncella había abreviado sus lecciones, pues temía que estas, sumadas al desarraigo de su familia, fueran la causa de la débil salud de la princesa.

Emet había perdido el lozano aspecto con el que llegó a la torre. Sus mejillas ya no lucían sonrosadas y la luz de sus hermosos ojos azules se había apagado. La muchacha se resistía a comer. Las curvas de su figura se afinaron. Sus labios estaban pálidos, callados.

La falta de vitalidad y alegría de la hija de Minthos iba en aumento, y Relia ponía todo su esfuerzo en que aquello no continuara.

—Os contaré una antigua leyenda —le dijo a su señora, ofreciéndole una cálida sonrisa—. Ocurrió hace muchos años, tantos que esta historia nació en el albor de las eras. Tal vez, ni siquiera haya sucedido en nuestro mundo.

»Enard fue un joven caballero, apuesto y valeroso, que servía a su rey con reverente fervor.

»Para Enard, nada había más allá del goce de conquistar nuevas tierras para su señor. Era pues, un hombre fiel a su rei­no; un luchador que solo ambicionaba la gloria en la batalla.

»Aconteció que la hija menor del venerado monarca puso sus ojos en él. A la princesa Marfa, nunca se le habían negado sus deseos, muchas veces efímeros antojos que solía abandonar con desdén. Pero la gallardía del joven Enard la había enamorado de una forma tan intensa que aquel capricho de niña maduró hasta convertirse en el amor apasionado de una mujer.

Emet escuchaba el relato con interés, ahora recostada en la hierba; mientras, Relia desgranaba los entresijos de un amor no del todo correspondido, de una tragedia que no aventuraba un buen fin.

—No pienses por mis palabras que Enard detestaba a Marfa, no en vano acudía a su lecho. Él la amaba, aunque amaba mucho más combatir en las guerras y ganar triunfos para rendirlos ante el rey. —Relia se mordió el labio y miró con fijeza a Emet—. ¿Entendéis que una mujer jamás será la dueña del corazón de un guerrero?

Emet desvió sus ojos hacia las ramas del sauce y un leve rubor tiñó su rostro.

—Enard libró su última batalla —continuó Relia—. Murió tal y como había deseado: blandiendo su espada.

—Como un héroe —añadió la princesa.

—Sí. Enard derramó su sangre luchando en los muros de la capital de aquel reino, durante la defensa a su asedio. Finalmente, se consiguió contener la ofensiva, pero Enard ya había dejado su vida junto a la de otros muchos hombres.

»Marfa corrió tras las almenas hasta derrumbarse sobre el tibio e inerte cuerpo de Enard. No hubo suficientes lágrimas para llorar aquella pérdida. Hundida en el desconsuelo, la princesa se clavó una daga en el pecho para morir junto a su amor.

»El rey ordenó que los enterraran en el jardín del castillo, en una misma fosa. Quizás así, el alma de su hija descansaría en paz. “Marfa, te entrego en la muerte lo que no tuviste en vida”, dijo el monarca sobre aquella tumba.

»Pasó el tiempo. Un nuevo rey accedió al trono y otros guerreros pelearon en las guerras. No faltó una princesa que paseara por el jardín y visitara el lugar donde reposaban los restos de Enard y Marfa. Allí había crecido un sauce de profuso ramaje, y a su tronco se abrazaba un rosal. En la primavera brotaban las rosas rojas, grandes y olorosas, y el viento pretendía deshojarlas, pero el sauce, protector, las cubría con sus ramas.

Al terminar, Relia se dio cuenta de que su leyenda quizá había sido demasiado triste, pues su señora parecía más melancólica y cabizbaja que antes. «¿Qué le preocupará a esta niña? —pensó la doncella—, ¿por qué calla el motivo de su pena?»

Emet se levantó y sacudió las briznas de hierba que manchaban su vestido.

—Vayámonos, Relia. Tengo frío.

20 comentarios:

Angela dijo...

WEW, fragmento nuevo. Me encanta la historia de Enard y Marfa y cómo sus cuerpos -e imagino yo que sus almas- terminan mutándose en un sauce y un rosal. Romántico y dulce, pero a la vez crudo. Una buena leyenda que pinta bastante bien en una ciudad tan horrible como la capital erigia.
¡Saluditos!

Susana Eevee dijo...

Dios mío, ¡qué rapidez de respuesta! Ángela, qué gusto que te pases por aquí.

Un abrazo!

Marta Abelló dijo...

¡Gracias por un nuevo fragmento!
Un saludo.

Alyana dijo...

Dar en la muerte lo que no se pudo en vida. . .

Muy, pero que muy fino el tema.

Me suena a leyenda conocida pero en este momento no logro hacer memoria de la región donde se narra esa otra historia.

Saludos.

Kutuzov dijo...

Muy bien, muy cuidado, un texto como un pequeño jardín en el que todo se equilibra.
Lo que más me ha gustado ha sido el salto de un tiempo muy concreto (el de la princesa en el jardín, puro presente) al de un tiempo muy difuso, largo, cuando dices que otros reyes y otros héroes ocuparon la fortificación.

Se consigue crear incertidumbre, ¿por qué ha dejado de comer?, uno se desliza con placer por el tempo alargardo por comas, contemplando las diferentes flores hasta llegar al sauce y las rosas, y además, hay un goce estético, esa quietud que precede el próximo acontecimiento por llegar...

Luis Vaca: dijo...

Hola, escuche este texto en Breus, yo también he colaborado en ese programa, mucho gusto, me agrado tu relato, felicidades. Espero te pases luego por mi blog.

Nando dijo...

Hola,

Es la primera vez que paso por este blog y leo algo tuyo, Susana. Aprovecho para decirte que me ha impresionado lo bien que escribes y el talento que tienes para las palabras. Acabo de saborear la envidia dulcemente.

Seguiré leyendo más de tus fragmentos.

Carlos Moreno Martín dijo...

Hola, Susana:
Me gusta mucho este fragmento. Casi puedo oler y sentir la brisa en ese bosque.
Mi más sincera enhorabuena.
En cuanto tenga un poco más de tiempo me leo más de tu blog.
Saludos.

Susana Eevee dijo...

Para Marta, gracias a ti por pasar y leerme.

Para Alyana, la leyenda me la he inventado al 100%. Mi intención era, precisamente, que sonase a algo leído anteriormente, a una fábula de nuestro mundo que se colado en el mundo de fantasía donde sucede la novela.

Para Kutuzov, me alegra que te haya gustado, aunque para mí este fragmento ha quedado un poco empalagoso. Dentro de la novela funciona porque va en medio de dos capítulos bastante cañeros, o eso creo...

Para Luis Vaca, felicitaciones para ti también, Breus es un gran programa; me pasaré por tu blog.

Para Nando, la palabra talento me queda un poco grande, pero me agrada que se note mi esfuerzo en que parezca que lo tengo, je, je... Sigo con interés tu novela. Nos leemos.

Para Carlos, gracias por leer este trocito de mi novela. Tengo pendiente pasarme por tu guarida y así ponerme al día de tu trabajo.

¡Besos para todos!

Mabel V. Gracia Díaz dijo...

Susana, este extracto está maravilloso. Que te puedo decir, escribes de tal forma que me sentí atrapada hasta terminar de leer, y quedé impregnada de ese bello jardín que describes; y también de la melancolía de Relia. Hermoso.
Gracias por compartir tu arte.

Mabel V. Gracia Díaz dijo...

Perdón, la melancolía no era de Relia, de Emet quise decir, jeje!

Anónimo dijo...

cada vez que leo un fragmento de tu novela más ganas me entran de leerla entera. Un placer poder leerte...
Wherter

José Luis dijo...

Ah, Susana, estos destellos de genialidad me fascinan. Imagino que tu novela es una obra magnífica.
Un abrazo y espero ansioso más de estas joyas.

schenk dijo...

Susana, que placer leerte, es la primea vez que paso pero lo seguiré haciendo... felicitaciones, muy bueno!!!
Un saludo
Guillermo

Susana Eevee dijo...

Mabel (Azaharys), qué palabras más bonitas. Me alegra que te haya gustado y que haya conseguido transmitirte la melancolía de Emet.

Gracias por pasarte y comentar. Ahora, que estoy terminando la escritura de la novela, tus palabras me animan y alientan.

Susana Eevee dijo...

Fer (Wherter), y yo que ganas de que esté publicada para que eso suceda. Me encantará saber tu opinión cuando la leas ;)

Susana Eevee dijo...

Ostras, José Luis, cuánto te agradezco que valores tan bien lo que escribo. ¡Tu opinión vale su peso en oro! Aún recuerdo lo primero que leí de ti: el relato "Peregrinos en la oscuridad" y lo mucho que me gustó (esa mezcla de épica y terror). Pensé: "este tio es un crac".
¡Tú sí que eres genial!

Susana Eevee dijo...

Guillermo, para mí también es un placer que visites mi blog.
Por cierto, tus cuadros sí que son muy buenos. Me encanta el uso que haces del color.
Enhorabuena por tu arte.

José Luis dijo...

Gracias por tus palabras Susana, es todo un honor para mí. Tus escritos me parecen maravillosos, cuentan con la mezcla perfecta de sentimientos y percepciones para conformar un coctel literario delicioso.
Espero con ansia poder tener entre mis manos tu novela publicada.
Un abrazo y sigue así.

Otra vez a viajar al olvido... dijo...

me encantó, que suerte que vine...