8.2.08

Las hijas de Amualmat

El cielo nocturno era más bello, si cabe, en el desierto. Las estrellas resplandecían como diamantes, alumbrando el inmenso firmamento. En la tienda de Amualmat se celebraba un magnífico banquete. La música y las carcajadas que se escapaban del interior del recinto eran escuchadas con consternación por quienes no fueron invitados a la opípara cena. No faltaron los nobles caballeros del rey, ni su heredero. Tampoco los patriarcas de cada familia somohita. Pero el pueblo llano no se había resignado y se felicitaba a su manera por la llegada de tan ilustres huéspedes, uniéndose a los soldados en una fiesta que no terminaría hasta altas horas de la noche.

Fuera también sonarían las canciones alrededor del crepitar de las hogueras, y no habría escasez ni de comida ni de vino. Los guerreros más afortunados huirían del bullicio, ocultándose en el oasis, con sus manos entrelazadas a las de alguna joven, encandilados por sus promesas de amor.

Dentro del pabellón, los asistentes se acomodaron formando un círculo. En el centro quedó un espacio despejado donde una pareja de músicos tocaba las melodías que amenizaban el ágape. El más anciano, flaco y ciego, movía con agilidad sus huesudos dedos sobre una flauta de madera a la que arrancaba sus cadenciosas notas. Lo acompañaba un hombre que, con la ayuda de un arco, rasgaba un original instrumento de cuerda cuya caja de resonancia era, en parte, el caparazón de algún tipo de animal.

Los somohitas, que se habían vestido para la ocasión con sus mejores atuendos, estaban sentados a la derecha de Amualmat. Eran una explosión de color; vestían túnicas de chispeantes tonos confeccionadas con linos tornasolados y sedas, y altísimos turbantes que desafiaban la gravedad, adornados con plumas de pavo real que se mecían en el aire a cada giro de sus cabezas. En sus fajines llevaban una daga de hoja curva y un solo filo, unas piezas que, más que verdaderas armas, eran joyas bellamente cinceladas, con aplicaciones de plata y cobre en sus empuñaduras.

A la izquierda, el grupo compuesto por los caballeros erigios; parecían lúgubres urracas que apenas rompían su distante actitud.

Amualmat se sentaba cómodamente repantigado sobre mullidos almohadones, y con una permanente sonrisa en la boca, que a aquellas alturas de la jornada era más un rictus nervioso que otra cosa. Minthos, a su lado, ocupaba el sitio de honor, acompañado por su hijo, sus fieles nobles y los oficiales del destacamento.

La tienda era iluminaba por grandes lámparas de aceite con forma cilíndrica y labradas en bronce. Estaban colocadas en el suelo y proyectaban un halo de luz que salía por sus rendijas.

Dispuesta delante de los comensales, había una hilera de pequeñas mesitas que se levantaban unos centímetros del suelo, rodeando todo el círculo de invitados. En ellas se sirvieron unas bandejas repletas de sabrosa comida que con su aroma incitaron a comer con gula a más de uno. Por supuesto, Amualmat predicaba con el ejemplo, dejando de lado sus preocupaciones por unos momentos, mientras engullía aquellos manjares. Un sinfín de platos deleitaban los paladares más delicados: jugosos asados de ave y cordero exquisitamente aderezados con manzanas y piñones; tortas preparadas con la harina más fina y rellenas de calabaza y miel; panecillos recubiertos de crujientes semillas de sésamo; nueces y almendras tostadas; dulces de ciruela y almíbar de naranja, sin olvidarse del rojo vino afrutado y la amarga cerveza.

—Este Amualmat sí que es un gran conocedor de los placeres de la vida —dijo Brend Cleid frotándose la panza.

—No te imaginas cuánto —comentó Linlebarg Berik, sacudiendo la cabeza. Sus ojos marrones se empequeñecieron y esbozó una sonrisa—. ¿Sabes qué he averiguado esta tarde? Que ese saco de sebo tiene cinco esposas, diecinueve hijos y una recua de nietos.

—Pues sí que ha estado entretenido el muy cabrón —opinó Soota.

—Este pueblo se rige por tradiciones salvajes —intervino Werner Darmion, uniéndose al menosprecio que demostraban los caballeros—. No luchan en ninguna batalla, no han nacido para empuñar una espada. Sin embargo, sí son capaces de soportar los humos de cinco mujeres, todas queriendo ser las señoras de la casa.

—Contado así suena espantoso —dijo Unex, sin dejar de comer un gran muslo de ave.

—¡Oh, dioses! No le tengáis pena —protestó Soota—. Beber, comer y follar. ¿Quién se negaría a esa vida? ¿Qué hombre no querría dormir todas las noches con el estómago lleno y una mujer al lado? O dos… —Enarcó las cejas.

—Hablando de mujeres, fijaos en lo que asoma por allí —dijo Cleid, deslizando sus dedos por las dos trenzas que formaban su larga barba.

Los hombres ladearon la cabeza hacia donde Brend Cleid les indicaba. Cuatro bailarinas irrumpieron en la tienda y empezaron una exótica danza alrededor de los músicos, exhibiendo su belleza a un entusiasmado público que seguía sus contorsiones con fervor. La sonoridad grave de un timbal se unió a la melodía para reforzar los concisos movimientos. Había comenzado el verdadero espectáculo de la noche.

Las mujeres eran muy jóvenes y exhibían sus cuerpos desnudos sin ningún pudor. Se cubrían con gran cantidad de joyas y abalorios que se movían al compás de sus dueñas, mostrando y ocultando su piel con cada armonioso gesto. Sus brazos y tobillos lucían aros tintineantes, las nalgas estaban cubiertas por una malla de cuentas de metal que apenas tapaba el depilado sexo, y desde el cuello bajaban, uno tras otro, los collares que se perdían entre sus pechos. Tampoco en sus cabellos faltaban los adornos, ni en las orejas, ni en cada una de las falanges de sus dedos.

El aire se impregnó del perfume a lilas de sus afeites.

—Por la gloria de Erig —musitó Berik. Sus ojos brillaron de lascivia—, ¡vaya hembras!

Quienes nunca habían presenciado un baile como aquel, no salían de su asombro. Lo que allí veían era impensable en la austera corte, donde las damas se reconvenían al decoro justificándose en una falsa moral, ataviadas con pesadas vestimentas en las que esconder sus encantos. Sin embargo, aquellas bailarinas enseñaban desinhibidas su femineidad, incluso sin disimular la vanidad que se advertía en sus miradas violetas.

Los somohitas animaron a las jóvenes con sus palmas acompasadas, incitándolas a aumentar el ritmo de sus giros, de sus balanceos, llevándolas al límite de la flexibilidad de sus cuerpos, envueltas en aquel frenesí, aduladas, deseadas.

Minthos se atusaba la barba, sin perder detalle de la danza. Los caballeros erigios habían dejado de comer, abstraídos por la placentera visión, subyugados por el provocador contoneo de aquellas gráciles caderas. Todos se habían unido a las clamorosas palmas de los somohitas.

Werner Darmion permanecía boquiabierto y con los ojos desorbitados. Era tan joven como el príncipe, pero mucho más ignorante en asuntos de faldas. Jamás había visto mujeres como aquellas.

Embelesado como los demás, Soota no apartaba la vista de las bailarinas.

—Amualmat nos tenía reservado el plato fuerte para el final —le dijo Darmion, intentando que sus palabras se oyeran entre el jaleo de voces y palmas.

—Nunca vi unas damas como estas —afirmó Soota—, ni siquiera en las mejores casas de putas.

—No te equivoques —reprobó Roel Unex dirigiéndose a Soota, si bien ninguno levantó la mirada de las jóvenes—. No son putas, son las hijas de Amualmat. Aunque sé que no tienen reparos en estar con un hombre que sea de su agrado.

—Pareces muy informado, Roel. —Soota lo miró de manera breve y esquiva, luego se llevó la copa a los labios.

A pesar de la pulla, Unex no picó el anzuelo. Su boca trazó una mal disimulada sonrisa; no era un hombre tímido, pero deseaba guardar ciertos recuerdos —indudablemente agradables— para él solo.

En el momento álgido de la danza, cuando el ritmo delirante de la música se elevó en un acorde de notas agudas que se repe­tían una y otra vez, una de las muchachas fue hasta el lugar que ocupaban los nobles erigios y se arrodilló frente al príncipe Soota.

La joven tenía la piel bronceada y brillante. Su cabello largo y muy rizado parecía una esponjosa nube negra, y en los rasgos de su pequeña cara destacaban unos labios gruesos y bien formados. Era hermosa. Sin dejar de ondear sus brazos, fue arqueando la espalda hacia atrás, como un junco doblegado por el viento, hasta que su cabeza tocó el suelo, dejando que sus endurecidos pezones sobresalieran entre las cuentas metálicas de los collares.

La frenética melodía acabó de repente, dando por concluido el festejo y el baile. Los presentes prorrumpieron en un estruendoso aplauso y las jóvenes correspondieron con una serie de elaboradas reverencias dedicadas a Amualmat y al rey Minthos.

A la salida del pabellón, Roy esperaba a Soota entre las gentes sencillas y los soldados que celebraban, visiblemente borrachos, el encuentro entre la compañía y la caravana de mercaderes.

—¡Soota! ¡Aquí! —llamó Roy, demandando su atención.

El príncipe se acercó al pelirrojo. Enseguida notó que desprendía un fuerte olor a vino.

—¿Estás borracho o te has caído dentro de un tonel? —le preguntó.

Eztoy bien —contestó el bisoño, mientras se tambaleaba al andar—. Zolo he bebido un pozquito de vino. —Hipó—. ¡Ay! ¡Ezta que ez una auténtica fiezta!

—Tú sí que eres un auténtico zoquete. Anda, vete a dormir, ya no te sostienes en pie.

—¡No! Ni hablar. ¡Ezta noche ez para divertirze hazta la zalida del zol! —gritó Roy al ver que Soota se alejaba sin hacerle caso.

Poco le quedaba al joven Roy para seguir disfrutando de la noche. El amanecer estaba próximo. El príncipe había bebido lo suficiente como para saber que había llegado a su límite, si bien ya no estuviera a salvo de padecer al día siguiente un terrible dolor de cabeza. Aun así, Roy tenía razón y en aquella fiesta, donde no faltaban las ganas de juerga, merecía la pena hacer excesos. Aunque, para él, la celebración había acabado.

La madrugada del desierto Ure-Berek era el contrapunto del caluroso mediodía. La temperatura había bajado tanto que la ligera brisa que soplaba le producía escalofríos.

Cuando se dio cuenta, el pequeño Moimat estaba otra vez a su lado.

—Mi padre quiere que os acompañe a vuestro aposento —le indicó el niño—. Venid, es por aquí.

—¿Y quién demonios es tu padre? —Soota caminaba tras los pasos de Moimat.

—¡El Gran Amualmat, por supuesto! —contestó el chiquillo un tanto ofendido por la ignorancia del príncipe.

Llegaron hasta la entrada de una tienda blanca y cónica, no muy grande, con un techo puntiagudo donde alguien se había molestado en izar un estandarte con la Media Luna.

—Aquí es. Que descanséis, señor.

—Hasta mañana, Moimat. Me temo que no me libraré de ti…

El niño se marchó con los ojos cansados por la falta de sueño, pero contento por haber cumplido con su obligación. Su padre le había aconsejado que anduviera con cautela al asistir al príncipe, pues la sangre real suele ser propensa al enojo. Pero él no lo creía así.



Soota se desvistió bajo la exigua llama de una lamparita de aceite. En la penumbra se distinguía un confortable lecho, abrigado con una abultada manta de piel de pelo largo y oscuro. Sobre el suelo se extendía una alfombra de seda tejida en cálidos colores. En ella se entrelazaban dibujos de flores de tallos nudosos por los que revoloteaba una nube de golondrinas. Olía a lilas.

Algo se movió bajo la suave piel del lecho. Intuyendo lo que se encontraría, Soota levantó la manta con la punta de la espada, dejando al descubierto el cuerpo desnudo y sin alhajas de una de las hijas de Amualmat. Escrutó su cara, sus pechos, reconociendo a la bailarina que terminó la danza frente a él. Tenía los párpados cerrados, pero no parecía dormida. Soota dejó caer al suelo su espada. Para aquella batalla necesitaría otra clase de arma. Se acercó a la joven y le acarició la línea de la barbilla con el dorso de la mano. El pulgar bordeó el hoyuelo del mentón.

Ella abrió los ojos, se incorporó y sonrió, paseando su mirada por el cuerpo del príncipe con la misma perspicacia con la que se observa la estampa de un brioso caballo. El sonrojado semblante de la bailarina no mostraba vergüenza, solo deseo. Estaban muy juntos, arrodillados uno frente al otro. Soota la sujetó por el mentón atrayendo su deliciosa boca hasta él y la besó despacio. Tremendamente despacio. Tenía la sensación de que nunca podría dejar de besarla.

Notó que los dedos de ella se deslizaban por la recia concavidad de su abdomen para enredarse en el vello de su pubis.

—¿Cómo te llamas? —La voz de Soota sonó más grave de lo habitual, casi ronca.

Ella no contestó.

El príncipe volvió a besar aquellos labios tan perfectos que le correspondían con la misma pasión; rozó su terso cuello con los dientes, con la lengua, saboreando el gusto salino de su piel. Acarició todo su cuerpo, recorriendo su espalda, las generosas nalgas, los pechos, la firmeza de su vientre, demorándose entre sus muslos hasta despertar en ella la necesidad apremiante de ser amada. Soota, incitado por sus juegos, la sentó sobre sus caderas y la penetró.

Intentó hacerlo despacio, deleitándola, reprimiendo su propio placer. Ella respondió hundiendo las uñas en su espalda, clavándolas como garras en la blanca piel del hombre. Sus respiraciones agitadas se acompasaban con sus movimientos, cada vez más precisos. Él la estrechó en un abrazo y la tumbó; entró más brusco, más profundo, sintiendo cómo ella se estremecía bajo su torso hasta la última de sus embestidas, pero no consiguió arrancarle ni un solo gemido.

Soota gritó, complacido. Aquella mujer era una diosa que le había devuelto los instintos largamente adormecidos y que ahora regresaban con fuerza.

Estaba hambriento. Hambriento de besos, del calor más íntimo, de los atrevidos roces con que la joven lo excitaba, obligándolo a que de nuevo estallara de placer en su interior. Satisfecho, se acostó sobre el pelo brillante y negro de la manta para después caer agotado en el sueño, acariciado por el suave tacto de las yemas de los dedos que bajaban por el surco de su columna.


Soota se esforzó en abrir los ojos, deslumbrado por la claridad de la mañana. Estiró un brazo, estaba solo. La muchacha se había ido antes del amanecer, demasiado temprano para que él se percatara de su ausencia.

No, no estaba solo. Oyó el leve frufrú de una tela.

—¡Por Erig, nuestro dios! —exclamó mirando de soslayo hacia el suelo—. ¿No podrías ser menos sigiloso?

Moimat, sentado en la alfombra, esperaba paciente a que el príncipe se despertara. A su lado había dejado una bandeja con el desayuno: leche tibia de cabra, pan dulce y un cuenco lleno de higos secos. Soota se llevó las manos a la cabeza, aquejado de un palpitante dolor. No debía de faltar mucho para la partida. Escuchó el revuelo de hombres y caballos. Del tumulto sobresalían las voces agudas de las mujeres, despidiéndose de los soldados con cánticos, palmas y alabanzas. El príncipe se levantó de un salto y comenzó a vestirse con prisas.

—¿No vais a comer? —preguntó el niño.

—¿Cómo se llama tu hermana?

Moimat agrandó los ojos, desconcertado por la pregunta.

—Ya sabes, la damisela contorsionista que vino a… presentarme sus respetos —puntualizó Soota, mientras se abrochaba las hebillas de las botas.

El pequeño Moimat se ruborizó, admitiendo con el bochorno que sabía más de lo que debería saber. Se suponía que él estaba al margen de los asuntos de sus hermanas y era un fastidio desvelar que conocía sus secretos.

—Se llama Madhara.

—Un precioso nombre para una preciosa mujer, aunque… callada.

El niño, que hasta entonces hablaba con la mirada baja, la alzó.

—Es sordomuda, señor. No habla… ni escucha.

Soota se sorprendió a pesar de la evidencia. Daba igual, él también era una persona incompleta, peor aún, un tullido al que le faltaba corazón y un trozo de alma. Envainó su espada y recogió su capa. Antes de salir al exterior, donde la compañía se preparaba para continuar su camino, se volvió y apoyó su mano enguantada en el hombro del niño.

—Te deseo buena suerte. Tu padre puede estar orgulloso, me has servido bien.

—Gracias, señor.

—Y dile a tu hermana que… —Chasqueó la lengua y sacudió la cabeza—. Bueno, no importa.

Al tiempo que Soota se alejaba, Moimat sacó un dátil del bolsillo y se lo comió.

12 comentarios:

Alex [Solharis] dijo...

Hola, Susana.

Es curioso que yo también esté metido en una historia con ambientación oriental. Tomo buena nota de las descripciones, que se te dan mejor que a mí. Aunque a veces hay algún adjetivo que desentona como la fiesta "parrandera y trasnochada", en general me gustan las descripciones. También destacaría la naturalidad de los diálogos.

Susana Eevee dijo...

Gracias Alex por pasarte por aquí, me has ayudado mucho con tu acertado comentario. Tomo buena nota sobre los adjetivos, ahora que lo señalas a mi también me parecen inadecuados.
¿De verdad te gustaron las descripciones?
Los diálogos cada vez se me dan mejor, pero con las descripiciones aún lucho por que sean muy visuales y breves.
Un saludo.

Alex [Solharis] dijo...

Es difícil elegir siempre el adjetivo más adecuado. He citado ese ejemplo porque ninguno de los dos me parece correcto. "Parrandero" es demasiado coloquial y "trasnochado" se usa siempre en el sentido de "anticuado".

Se me olvidó hablar de las descripciones eróticas, que siempre me incomodan un poco. Pero reconozco que en el texto son efectivas: atraen el interés del lector sin llegar a lo vulgar.

Un saludo.

Luis G.C. dijo...

Me encanta la ambientación. No solamente el espacio en el que transcurre, sino que consigues recrear perfectamente cada escena, logras la cosa más importante: que en mi mente aparezcan las imágenes según voy leyendo. Es impresionante.

He descubierto lo que (creo) es un descuido: "mostrando y ocultado su piel". Creo que querías escribir "ocultando" pero vamos, un descuido ínfimo. Te lo digo porque creo que lo agradecerás, no me tomes por un tiquismiquis jeje.

Un saludo.

Susana Eevee dijo...

Alex, ¡que alegría me acabas de dar! Tenía mis dudas respecto a las escenas con sexo. Es algo que se suele obviar dentro de la fantasía.
Mi intención era que el texto fuese medianamente explícito sin llegar a ser soez. No escribo para adolescentes así que pensé que me lo podía permitir.

Un saludo.

Susana Eevee dijo...

¡Hola Luis! Me halaga que pienses que el ambiente del texto está bien recreado. Es la primera vez que describo una escena tan exótica, je, je... y la verdad, no sabía muy bien como resultaría. Lo valoro mucho porque tú escribes muy bien.

Nada de tiquismiquis, gracias por apuntarme las "meriendas" de letras, te lo agradezco un montón.

Un saludo.

Angela dijo...

Hola. Estoy haciendo reporte de sintonía. Este capítulo me ha gustado mucho: explicas MUY bien lo que está pasando sin caer en nada vulgar, como ya muchos te lo han comentado.

Muy bien narrado en todo: descripciones, signos de puntuación, tildes, y todo lo que hace que una lectura sea entretenida y verdaderamente apreciada.

Saludos!

Anónimo dijo...

Despues de leer todos los comentarios, ¿ qué más me queda por decirte?, quizás me venga a la cabeza una duda,igual es que no lo he entendido, dices que las hijas ae Amualmat son hermanas de Moimat pero también dices que Moimat es nieto de Amualmat y aquí es donde me pierdo. Por lo demás un relato excelente.
WHERTER

Susana Eevee dijo...

Wherter, ¡qué ojo tienes!
Lo he leido varias veces y no me di cuenta de un error tan gordo. Eso demuestra que eres un buen lector (además de escribir genial).
Te debo una, amigo.

Un millón de gracias por avisarme, voy a corregir la novela y cambiar abuelo por padre.

ANDRAGORAS dijo...

Hola:

Me acabo de beber el capítulo, como si estuviese de resaca y trincase una botella de agua. Está guapísimo, con una mezcla perfecta entre descripciones y diálogos.

Hasta otra.

Andrágoras

Susana Eevee dijo...

Gracias Andrágoras,
Me ha encantado que dejes tu comentario y que te haya gustado.

Nos leemos.

Anónimo dijo...

Hombre. Tras leer el relato te preguntas dónde puedes conocer las de hijas de Amualmat... La ambientación està muy cuidada, en la fiesta tienes la sensación de ir cámara al hombro y la sensualidad que respira todo el texto te impregna. La descripción, las sensaciones que produce "una de las hijas" son similares a una brisa de verano. Me ha llamado la atención el niño, discordante en un mundo de adultos. Este contrapunto está muy logrado.
¡¡¡Felicidades!!!