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6.4.08

EL ALMUERZO

El trampero se quitó la zamarra, remangó los puños de su tosca camisa y lavó sus grandes manos en una pila de agua.

—Ya veréis que sabroso: Huevos con delicias de puerco —dijo Gledius colocando una pesada sartén en el fuego.

Fiendus miraba absorto los precisos movimientos de su amigo; la maña que tenía batiendo los huevos y repartiendo las gruesas tajadas de salchicha y tocino sobre la manteca caliente. Enseguida el aroma de la fritura le hizo relamerse a la espera de probar aquellas viandas.

—Ah… qué bien huele.

—Ya está listo —anunció Gledius.

A Max Fiendus se le hizo la boca agua.

El trampero repartió la comida en los platos, sirviendo cuatro raciones colmadas.

—También hay un poco de sopa y pan tierno —agregó mientras colocaba sobre la mesa un puchero en el que todavía bullía su contenido, y una gran hogaza de reciente hornada.

Al fin unos crujidos en los peldaños anunciaron que la muchacha bajaba del desván. Cuando se sentó entre Fynneon y Fiendus, su padre se acercó a ella. Este empuñaba una cuchara de madera.

—Una dama debe ser amable y educada. —Gledius le quitó el gorro y le golpeó en la cabeza con la cuchara—. Saluda a nuestro invitado.

—Hola, Max —masculló ella.

Fiendus no contestó. Tenía la boca llena, así que le respondió con un cariñoso pellizco en la mejilla. Todos comieron con apetito, y al terminar, Gledius les sirvió un poco de licor.

—Es bastante fuerte, pero ha macerado con bayas de enebro e hinojo, y… baja bien.

Fiendus lo probó, deteniendo un momento la bebida en su boca para apreciar todo el sabor. Le pareció excelente, un tanto seco pero con un agradable amargor final. Río no tuvo tanto esmero, lo bebió de un golpe y alargó su vaso pidiendo más.

—No, Río. —Gledius meneó el índice delante de su gruesa nariz—. ¿Acaso quieres que te salga bigote?

—¡Vamos, padre! —protestó la joven con los puños apretados sobre la mesa—. No soy una niña.

—No, no… No eres una niña, apenas una mocosa bruta e insolente.

Fynneon forzó una risa cínica. Eran pocas las veces que su padre regañaba a su hermana y se sentía de alguna manera recompensado por su derrota con la espada. Río gruñó como un osezno malhumorado, sin objetar nada. No era muy habladora y rara vez se mostraba alegre, siempre ofreciendo un carácter arisco y contestaciones desabridas. Gledius decía que su hija era una auténtica montaraz, y que en vez de ponerle Río debería haberla llamado Flor de Cardo.

—Ayer me topé con un hallazgo bastante peculiar —comentó Gledius, comenzando la tertulia de sobremesa—. Me encontré con un muerto.

—¿Un… fantasma? —preguntó Fiendus, levantando las cejas.

—No, que va… Un muerto, muerto. En realidad era un cadáver roído y apestoso.

—Ah, vaya…

Fynneon y Río escuchaban atentos lo que contaba su padre.

—Fue en un lugar cercano a la frontera —dijo Gledius, dispuesto a explicar toda la historia—. En la pared rocosa de la montaña hay muchas cuevas; algunas no pasan de ser simples madrigueras de roedores, pero otras son el cubil perfecto para el refugio de un oso. Mi Nuna es una fisgona y se atreve con todo, así que cuando me di cuenta se había adentrado en una de aquellas cavernas. Sus ladridos insistentes me avisaron de que había topado con algo. Mi instinto me alertó de que el peligro acechaba, y saqué mi cuchillo.

El trampero desenfundó el cuchillo que pendía de su cinto y con un rapidísimo ademán lo clavó en la mesa sin soltar su mango. Continuó su relato con voz todavía más profunda, arrastrando a sus hijos y a su vecino dentro del inquietante suceso.

—La cueva estaba en penumbras, pero yo continué avanzando hasta el fondo, allí donde Nuna no dejaba de ladrar. Me recibió el hedor de la muerte. Por un hueco en el techo entraba un hilo de luz, suficiente para ver aquel amasijo de carne putrefacta. —Inspiró ruidosamente por la nariz, antes de gritar—: ¡Rediez! ¡Era un erigio!

Los jóvenes dejaron escapar una exclamación de sorpresa y temor, y Fiendus descansó el rostro sobre sus manos entrelazadas en una actitud expectante.

—¡Por Aldar, que aquellos corrompidos huesos eran los de un erigio! —Gledius dio un manotazo en la mesa que hizo temblar los vasos—. Y aún no sabéis todo. ¿Os imagináis qué vi al lado del cuerpo?

Los cuatro cruzaron sus miradas.

—¡Un queso! —rugió el trampero.

Gledius señaló con un dedo acusador a Fiendus.

—¡Tu queso!

El corazón del viejo capitán empezó a latir con fuerza y el hombre trató de disimular su zozobra.

—Era uno de tus oblongos quesos, Max. —El semblante del trampero se relajó en una astuta y pícara sonrisa—. Ahora te toca hablar a ti, viejo amigo. ¿Nos dirás cómo llegó hasta ese lugar uno de tus quesos? Hace unos días no fuiste muy sincero cuando te pregunté si tenías alguna novedad importante. ¿O intentabas ocultar a Magda lo que ni siquiera te atreves a contarme a mí? Vamos, Max, yo no soy hombre asustadizo y debiste alertarme de que esos malnacidos vuelven a rondar nuestras tierras.

Fiendus tragó saliva y se enderezó en la silla. Los demás observaron que estaba aturdido y que no había oído las últimas apreciaciones de Gledius.

—Gled… Ese erigio… ¿Te pareció más alto que yo… o canijo?

—¡Vaya pregunta, Max! ¿Pero no te he dicho que era puro hueso consumido por los gusanos? Vamos a ver… Déjame pensar. —El trampero hurgó en su espesa barba, como si allí se escondiera la respuesta—. Tú muy grande no eres, y si no recuerdo mal, el erigio aún era de menor estatura. Y hasta un poco zambo me pareció. ¿Contento?

—Pues sí, tu respuesta alivia mis temores. Verás, Gled, mi visita tiene un motivo. Y a pesar de que mi decisión está tomada desde hace un tiempo, lo que acabas de contar fortalece mis propósitos. Hablaré claramente y delante de tus hijos.

»Si hoy he venido a tu casa es para pedirte ayuda en un asunto que… —Fiendus enmudeció durante un instante para continuar después con mayor rotundidad—. Será mejor que os lo cuente todo desde el principio, así lo entenderéis mejor. Son muchos los acontecimientos del pasado que debéis conocer.

»Hace unas semanas, Patkis me despertó en plena noche. Ladraba como un condenado. Salí afuera, descalzo y desarmado.

»¿Adivináis quiénes merodeaban por mi granja?

11.3.08

LAS MINAS DE HASS

Soota observó el aspecto turbio de su cerveza, la mesa desvencijada sobre la que apoyaba los pies y, más allá, el constante ir y venir del gentío al mostrador de la cantina. El propietario, un hombre flaco y de largos bigotes, servía a sus clientes con la desgana habitual. En aquel tugurio, donde el ambiente ofendía los olfatos más sensibles, se reunían, cada noche, la mayoría de las personas que rondaban las minas: guardias, proveedores, carreteros, herreros, comerciantes, muleros y prostitutas. Y allí, entre jarras de cerveza, vinos y licores varios, florecían toda clase de negocios y trueques, así como el intercambio y chismorreo de las noticias que recorrían Erigia, desde las estribaciones del sur hasta la costa del Océano del Norte.

Roy se había recostado en la silla, imitando la misma posición relajada que Soota, aunque había bebido en exceso y ahora pagaba las consecuencias de la borrachera. El joven pelirrojo se quedó profundamente dormido, sin que los ruidos del establecimiento le importunaran el sueño.

Soota no había probado la jarra que tenía delante. Se decía a sí mismo que aquella cerveza tendría un sabor demasiado desagradable, que seguramente estaría aguada con el caldo graso sobrante de las marmitas, cuando la verdadera razón se ajustaba más a que ya estaba hastiado de bebidas repugnantes, de comidas insípidas y de lugares tan sórdidos como aquel.

Dax entró por la puerta y recorrió el trayecto que lo separaba de Soota sin necesitad de hacerse hueco entre la multitud que atestaba la cantina; todos se apartaron al paso del capitán.

—¿Qué le ocurre al muchacho? —lo interrogó mientras se sentaba frente a él, a un palmo de sus botas.

—Le gusta beber… y no sabes cuánto. —Soota señaló a Roy con el pulgar.

—Ay, los jóvenes ya no aguantan nada, son unas piltrafas de estómago delicado. En mi época, los niños de pecho ya tomaban sus buenos tragos. Mi madre solía contarme que usaba la cerveza para apurar el destete. ¡Así he salido yo! ¡Un toro!

Dax se golpeó los voluminosos pectorales con los puños para reforzar lo que con tanta vehemencia había proclamado.

—¿Un toro? —cuestionó el príncipe levantando una de sus cejas—. Un toro es un animal noble, inteligente, libre de vagar por los prados; un semental que monta a todas las hembras, una detrás de otra… Tú eres, más bien, un asno.

Soota ya había encontrado un entretenimiento con el que divertirse un buen rato. Le resultaba irresistible aquel juego de poder en el que unas palabras ofensivas podían conducir a una riña zanjada a puñetazos. No era la primera vez que incitaba a Dax para acabar enzarzados en una pelea. Encontraba un extraño y retorcido placer al enfrentarse a un hombre mucho más fuerte, aunque hasta ese momento nunca había conseguido ganarle. Tumbar al viejo guardia se había convertido en un reto, algo que, por supuesto, Dax no desconocía. Si el príncipe quería jugar con él, pensaba el guardia, tendría sus puños a su servicio para machacarlo.

Dax estaba cansado. Decidió que era mejor empezar cuanto antes, sin necesidad de una réplica a la ofensa que no fuera un primer golpe inesperado. Con un rápido ademán, agarró los pies de Soota y los apartó de la mesa con tal ímpetu que lo volcó de su silla. El joven erigio cayó acompañado del estruendo de la madera partida.

El carcajeo de los clientes que se sentaban más próximos no se hizo esperar. Salvo Roy, que continuó durmiendo el sueño de los benditos.

Soota se levantó despacio. Sus facciones seguían tan impasibles como siempre, pero en su mirada, clara y oscura a la vez, resplandecía un brillo salvaje. Enseguida se despojó de sus armas y del peto, y a pecho descubierto saltó por encima de la mesa, lanzándose contra el cuerpo nervudo de Dax.

El capitán lo recibió con el apretado abrazo de una serpiente que quiere estrangular a su presa. Soota intentó soltarse, y cuando estaba a punto de conseguirlo, Dax le dio un fuerte cabezazo en la frente. Sonó a cráneo contra cráneo. Aquel primer golpe casi lo dejó sin sentido, pero Soota siguió revolviéndose hasta que logró escapar. No perdió un instante en enterrar su puño en la mandíbula del guardia.

—¡Te voy a arrancar la cabeza! —gritó Dax, escupiendo saliva y sangre.

—Inténtalo, asno —le espetó Soota a media voz y tono desafiante.

Alguien, escondido en el anonimato de la muchedumbre, emitió un rebuzno, largo y jocoso. El rostro del capitán se encendió de ira.

—Pequeño hijo de perra… —dejó escapar entre dientes, apurándose en aflojar el correaje que portaba sus dagas y dejándolo caer al suelo.

El torso lampiño de Soota exhibía un cuerpo musculoso y bien proporcionado, pero el físico de Dax era mucho más imponente. El joven era demasiado esbelto para enfrentarse con éxito a un hombre que en verdad parecía un toro.

Dax aulló como una bestia sedienta de sangre. Abrió los brazos y apretó los puños, forzando todos los músculos hasta que estos se hincharon como las velas de un barco.

Sin clemencia ni rencor. Así lucharían, provocados por el simple deseo de medirse con otro hombre, de sentir cómo la excitación del combate les avivaba toda la fiereza que llevaban den­tro. A su alrededor se formó un corrillo que los azuzaba con el mismo arrebato con que se incita a los perros de pelea a que luchen hasta la muerte.

—¡Muérdele una oreja, Dax! —vociferó una mujer sin soltarse de su hombre.

—¡Reviéntale el hígado! —rugió un muchacho de mirada bizca y mejillas purulentas.

La expectante audiencia animaba con su vocerío a aquel coloso; le importaba un bledo la condición privilegiada de Soota. Allí no había lugar para distinciones entre príncipes y vasallos, solo entre vencedores y vencidos. Ellos querían sangre y espectáculo. Y estos dos rivales se lo iban a dar.

Soota volvió a atacar con la agilidad de un felino, enseñando sus puños prestos a atizar su segundo golpe, pero Dax supo esquivar el impacto, respondiendo a su vez con un derechazo que apenas rozó a su contrincante. Con la rabia desatada, los dos hombres se enzarzaron en una serie de golpes rápidos, hasta que ambos cayeron encima de una mesa que se quebró bajo el peso de sus cuerpos.

Uno sobre el otro, rodaron por el suelo. El príncipe aferró con fuerza el cuello del capitán. Soota no dejó de apretar el robusto gaznate y pareció que a Dax le fallaban las fuerzas.

Pero en la mente del gigante aún no había motivo para la rendición; consiguió librarse de aquellas poderosas tenazas y tumbar a su oponente propinándole un puñetazo en el costado con tal potencia que lo lanzó a varios metros de distancia.

El populacho se desgañitaba enfervorizado, reclamando más diversión.

—¡Venga, Dax!

—¡Rómpele la cara!

Soota se levantó de un brinco. Aprovechando que Dax le ofrecía la espalda, lo agarró de la coleta, aupándose de un salto a lomos del fortachón. Le pasó su lacio mechón alrededor del cuello y tiró con fuerza, pretendiendo ahorcarlo con aquella improvisada soga. Dax empezó a dar vueltas sobre sí mismo para desembarazarse del joven, que se apretaba contra él rodeándolo con sus muslos. Al fin, Soota cayó con estrépito, derribando a su paso mesas y sillas, y vertiendo las bebidas de los clientes. Durante un instante quedó tendido en el suelo, inmóvil. Antes de recobrarse, un par de hombres lo asieron por los brazos y lo ayudaron a ponerse en pie. Como pudo se zafó de aquellas manos; tenía el rostro velado por una expresión de fastidio. Su nariz chorreaba sangre. La piel de sus hombros brillaba de sudor, y su pecho subía y bajaba al ritmo agitado de su resuello. Alzó los puños de nudillos despellejados, todavía invicto.

Volvió a estallar el vocerío, esta vez jaleando al joven erigio.

A pesar del bullicio, el joven Roy continuó durmiendo, anestesiado por los efluvios del licor, sin percatarse del alboroto que se había formado en la cantina.

El bigotudo tabernero conservaba el semblante inescrutable, pero sus ojos mostraban un brillo ladino que no auguraba nada bueno. Ya estaba harto de que aquellos altercados pendencieros, que suce­dían muchas noches, acabaran destrozando su ya destartalado negocio. Bajo el mostrador guardaba un grueso garrote, la única arma que necesitaba para disolver las disputas. Lo cogió con cierta resignación y, blandiéndolo sobre su cabeza, se acercó a los dos bravucones que seguían propinándose puñetazos. Sin contemplación ni titubeos, la emprendió a garrotazos, con la irrefutable certeza de estar en el derecho de tomarla contra los que él quisiera, pues era el dueño y señor del local. Y no solo Dax y Soota probaron la contundencia del garrote, sino todo aquel que se interpuso en su camino.

Nadie se atrevió a discutir la acción del tabernero, y los ánimos de la abigarrada multitud se fueron templando, incluso los ahora vapuleados contendientes parecían haber entendido el lenguaje del «palo».

—Dejémoslo por hoy —dijo Dax.

Su rostro perruno estaba bastante maltrecho. Soota no tenía mejor aspecto; su ojo azul había desaparecido tras un párpado hinchado. Como en otras ocasiones, actuaron sin recelo, y acabada la pelea se dieron la mano, al igual que dos caballeros, demostrando su respeto hacia un digno rival.

Pospusieron definitivamente aquel duelo, esperando un mejor momento para reanudarlo. También regresó la rutina entre los clientes: los carreteros bebieron cerveza, los herreros jugaron a los dados, los muleros brindaron con vino, y las prostitutas se dejaron pellizcar sus dulces carnes por quienes las probarían aquella noche.

Soota recogió sus pertenencias, y alzando al todavía durmiente Roy, se lo echó sobre los hombros y abandonó la taberna.

8.2.08

Las hijas de Amualmat

El cielo nocturno era más bello, si cabe, en el desierto. Las estrellas resplandecían como diamantes, alumbrando el inmenso firmamento. En la tienda de Amualmat se celebraba un magnífico banquete. La música y las carcajadas que se escapaban del interior del recinto eran escuchadas con consternación por quienes no fueron invitados a la opípara cena. No faltaron los nobles caballeros del rey, ni su heredero. Tampoco los patriarcas de cada familia somohita. Pero el pueblo llano no se había resignado y se felicitaba a su manera por la llegada de tan ilustres huéspedes, uniéndose a los soldados en una fiesta que no terminaría hasta altas horas de la noche.

Fuera también sonarían las canciones alrededor del crepitar de las hogueras, y no habría escasez ni de comida ni de vino. Los guerreros más afortunados huirían del bullicio, ocultándose en el oasis, con sus manos entrelazadas a las de alguna joven, encandilados por sus promesas de amor.

Dentro del pabellón, los asistentes se acomodaron formando un círculo. En el centro quedó un espacio despejado donde una pareja de músicos tocaba las melodías que amenizaban el ágape. El más anciano, flaco y ciego, movía con agilidad sus huesudos dedos sobre una flauta de madera a la que arrancaba sus cadenciosas notas. Lo acompañaba un hombre que, con la ayuda de un arco, rasgaba un original instrumento de cuerda cuya caja de resonancia era, en parte, el caparazón de algún tipo de animal.

Los somohitas, que se habían vestido para la ocasión con sus mejores atuendos, estaban sentados a la derecha de Amualmat. Eran una explosión de color; vestían túnicas de chispeantes tonos confeccionadas con linos tornasolados y sedas, y altísimos turbantes que desafiaban la gravedad, adornados con plumas de pavo real que se mecían en el aire a cada giro de sus cabezas. En sus fajines llevaban una daga de hoja curva y un solo filo, unas piezas que, más que verdaderas armas, eran joyas bellamente cinceladas, con aplicaciones de plata y cobre en sus empuñaduras.

A la izquierda, el grupo compuesto por los caballeros erigios; parecían lúgubres urracas que apenas rompían su distante actitud.

Amualmat se sentaba cómodamente repantigado sobre mullidos almohadones, y con una permanente sonrisa en la boca, que a aquellas alturas de la jornada era más un rictus nervioso que otra cosa. Minthos, a su lado, ocupaba el sitio de honor, acompañado por su hijo, sus fieles nobles y los oficiales del destacamento.

La tienda era iluminaba por grandes lámparas de aceite con forma cilíndrica y labradas en bronce. Estaban colocadas en el suelo y proyectaban un halo de luz que salía por sus rendijas.

Dispuesta delante de los comensales, había una hilera de pequeñas mesitas que se levantaban unos centímetros del suelo, rodeando todo el círculo de invitados. En ellas se sirvieron unas bandejas repletas de sabrosa comida que con su aroma incitaron a comer con gula a más de uno. Por supuesto, Amualmat predicaba con el ejemplo, dejando de lado sus preocupaciones por unos momentos, mientras engullía aquellos manjares. Un sinfín de platos deleitaban los paladares más delicados: jugosos asados de ave y cordero exquisitamente aderezados con manzanas y piñones; tortas preparadas con la harina más fina y rellenas de calabaza y miel; panecillos recubiertos de crujientes semillas de sésamo; nueces y almendras tostadas; dulces de ciruela y almíbar de naranja, sin olvidarse del rojo vino afrutado y la amarga cerveza.

—Este Amualmat sí que es un gran conocedor de los placeres de la vida —dijo Brend Cleid frotándose la panza.

—No te imaginas cuánto —comentó Linlebarg Berik, sacudiendo la cabeza. Sus ojos marrones se empequeñecieron y esbozó una sonrisa—. ¿Sabes qué he averiguado esta tarde? Que ese saco de sebo tiene cinco esposas, diecinueve hijos y una recua de nietos.

—Pues sí que ha estado entretenido el muy cabrón —opinó Soota.

—Este pueblo se rige por tradiciones salvajes —intervino Werner Darmion, uniéndose al menosprecio que demostraban los caballeros—. No luchan en ninguna batalla, no han nacido para empuñar una espada. Sin embargo, sí son capaces de soportar los humos de cinco mujeres, todas queriendo ser las señoras de la casa.

—Contado así suena espantoso —dijo Unex, sin dejar de comer un gran muslo de ave.

—¡Oh, dioses! No le tengáis pena —protestó Soota—. Beber, comer y follar. ¿Quién se negaría a esa vida? ¿Qué hombre no querría dormir todas las noches con el estómago lleno y una mujer al lado? O dos… —Enarcó las cejas.

—Hablando de mujeres, fijaos en lo que asoma por allí —dijo Cleid, deslizando sus dedos por las dos trenzas que formaban su larga barba.

Los hombres ladearon la cabeza hacia donde Brend Cleid les indicaba. Cuatro bailarinas irrumpieron en la tienda y empezaron una exótica danza alrededor de los músicos, exhibiendo su belleza a un entusiasmado público que seguía sus contorsiones con fervor. La sonoridad grave de un timbal se unió a la melodía para reforzar los concisos movimientos. Había comenzado el verdadero espectáculo de la noche.

Las mujeres eran muy jóvenes y exhibían sus cuerpos desnudos sin ningún pudor. Se cubrían con gran cantidad de joyas y abalorios que se movían al compás de sus dueñas, mostrando y ocultando su piel con cada armonioso gesto. Sus brazos y tobillos lucían aros tintineantes, las nalgas estaban cubiertas por una malla de cuentas de metal que apenas tapaba el depilado sexo, y desde el cuello bajaban, uno tras otro, los collares que se perdían entre sus pechos. Tampoco en sus cabellos faltaban los adornos, ni en las orejas, ni en cada una de las falanges de sus dedos.

El aire se impregnó del perfume a lilas de sus afeites.

—Por la gloria de Erig —musitó Berik. Sus ojos brillaron de lascivia—, ¡vaya hembras!

Quienes nunca habían presenciado un baile como aquel, no salían de su asombro. Lo que allí veían era impensable en la austera corte, donde las damas se reconvenían al decoro justificándose en una falsa moral, ataviadas con pesadas vestimentas en las que esconder sus encantos. Sin embargo, aquellas bailarinas enseñaban desinhibidas su femineidad, incluso sin disimular la vanidad que se advertía en sus miradas violetas.

Los somohitas animaron a las jóvenes con sus palmas acompasadas, incitándolas a aumentar el ritmo de sus giros, de sus balanceos, llevándolas al límite de la flexibilidad de sus cuerpos, envueltas en aquel frenesí, aduladas, deseadas.

Minthos se atusaba la barba, sin perder detalle de la danza. Los caballeros erigios habían dejado de comer, abstraídos por la placentera visión, subyugados por el provocador contoneo de aquellas gráciles caderas. Todos se habían unido a las clamorosas palmas de los somohitas.

Werner Darmion permanecía boquiabierto y con los ojos desorbitados. Era tan joven como el príncipe, pero mucho más ignorante en asuntos de faldas. Jamás había visto mujeres como aquellas.

Embelesado como los demás, Soota no apartaba la vista de las bailarinas.

—Amualmat nos tenía reservado el plato fuerte para el final —le dijo Darmion, intentando que sus palabras se oyeran entre el jaleo de voces y palmas.

—Nunca vi unas damas como estas —afirmó Soota—, ni siquiera en las mejores casas de putas.

—No te equivoques —reprobó Roel Unex dirigiéndose a Soota, si bien ninguno levantó la mirada de las jóvenes—. No son putas, son las hijas de Amualmat. Aunque sé que no tienen reparos en estar con un hombre que sea de su agrado.

—Pareces muy informado, Roel. —Soota lo miró de manera breve y esquiva, luego se llevó la copa a los labios.

A pesar de la pulla, Unex no picó el anzuelo. Su boca trazó una mal disimulada sonrisa; no era un hombre tímido, pero deseaba guardar ciertos recuerdos —indudablemente agradables— para él solo.

En el momento álgido de la danza, cuando el ritmo delirante de la música se elevó en un acorde de notas agudas que se repe­tían una y otra vez, una de las muchachas fue hasta el lugar que ocupaban los nobles erigios y se arrodilló frente al príncipe Soota.

La joven tenía la piel bronceada y brillante. Su cabello largo y muy rizado parecía una esponjosa nube negra, y en los rasgos de su pequeña cara destacaban unos labios gruesos y bien formados. Era hermosa. Sin dejar de ondear sus brazos, fue arqueando la espalda hacia atrás, como un junco doblegado por el viento, hasta que su cabeza tocó el suelo, dejando que sus endurecidos pezones sobresalieran entre las cuentas metálicas de los collares.

La frenética melodía acabó de repente, dando por concluido el festejo y el baile. Los presentes prorrumpieron en un estruendoso aplauso y las jóvenes correspondieron con una serie de elaboradas reverencias dedicadas a Amualmat y al rey Minthos.

A la salida del pabellón, Roy esperaba a Soota entre las gentes sencillas y los soldados que celebraban, visiblemente borrachos, el encuentro entre la compañía y la caravana de mercaderes.

—¡Soota! ¡Aquí! —llamó Roy, demandando su atención.

El príncipe se acercó al pelirrojo. Enseguida notó que desprendía un fuerte olor a vino.

—¿Estás borracho o te has caído dentro de un tonel? —le preguntó.

Eztoy bien —contestó el bisoño, mientras se tambaleaba al andar—. Zolo he bebido un pozquito de vino. —Hipó—. ¡Ay! ¡Ezta que ez una auténtica fiezta!

—Tú sí que eres un auténtico zoquete. Anda, vete a dormir, ya no te sostienes en pie.

—¡No! Ni hablar. ¡Ezta noche ez para divertirze hazta la zalida del zol! —gritó Roy al ver que Soota se alejaba sin hacerle caso.

Poco le quedaba al joven Roy para seguir disfrutando de la noche. El amanecer estaba próximo. El príncipe había bebido lo suficiente como para saber que había llegado a su límite, si bien ya no estuviera a salvo de padecer al día siguiente un terrible dolor de cabeza. Aun así, Roy tenía razón y en aquella fiesta, donde no faltaban las ganas de juerga, merecía la pena hacer excesos. Aunque, para él, la celebración había acabado.

La madrugada del desierto Ure-Berek era el contrapunto del caluroso mediodía. La temperatura había bajado tanto que la ligera brisa que soplaba le producía escalofríos.

Cuando se dio cuenta, el pequeño Moimat estaba otra vez a su lado.

—Mi padre quiere que os acompañe a vuestro aposento —le indicó el niño—. Venid, es por aquí.

—¿Y quién demonios es tu padre? —Soota caminaba tras los pasos de Moimat.

—¡El Gran Amualmat, por supuesto! —contestó el chiquillo un tanto ofendido por la ignorancia del príncipe.

Llegaron hasta la entrada de una tienda blanca y cónica, no muy grande, con un techo puntiagudo donde alguien se había molestado en izar un estandarte con la Media Luna.

—Aquí es. Que descanséis, señor.

—Hasta mañana, Moimat. Me temo que no me libraré de ti…

El niño se marchó con los ojos cansados por la falta de sueño, pero contento por haber cumplido con su obligación. Su padre le había aconsejado que anduviera con cautela al asistir al príncipe, pues la sangre real suele ser propensa al enojo. Pero él no lo creía así.



Soota se desvistió bajo la exigua llama de una lamparita de aceite. En la penumbra se distinguía un confortable lecho, abrigado con una abultada manta de piel de pelo largo y oscuro. Sobre el suelo se extendía una alfombra de seda tejida en cálidos colores. En ella se entrelazaban dibujos de flores de tallos nudosos por los que revoloteaba una nube de golondrinas. Olía a lilas.

Algo se movió bajo la suave piel del lecho. Intuyendo lo que se encontraría, Soota levantó la manta con la punta de la espada, dejando al descubierto el cuerpo desnudo y sin alhajas de una de las hijas de Amualmat. Escrutó su cara, sus pechos, reconociendo a la bailarina que terminó la danza frente a él. Tenía los párpados cerrados, pero no parecía dormida. Soota dejó caer al suelo su espada. Para aquella batalla necesitaría otra clase de arma. Se acercó a la joven y le acarició la línea de la barbilla con el dorso de la mano. El pulgar bordeó el hoyuelo del mentón.

Ella abrió los ojos, se incorporó y sonrió, paseando su mirada por el cuerpo del príncipe con la misma perspicacia con la que se observa la estampa de un brioso caballo. El sonrojado semblante de la bailarina no mostraba vergüenza, solo deseo. Estaban muy juntos, arrodillados uno frente al otro. Soota la sujetó por el mentón atrayendo su deliciosa boca hasta él y la besó despacio. Tremendamente despacio. Tenía la sensación de que nunca podría dejar de besarla.

Notó que los dedos de ella se deslizaban por la recia concavidad de su abdomen para enredarse en el vello de su pubis.

—¿Cómo te llamas? —La voz de Soota sonó más grave de lo habitual, casi ronca.

Ella no contestó.

El príncipe volvió a besar aquellos labios tan perfectos que le correspondían con la misma pasión; rozó su terso cuello con los dientes, con la lengua, saboreando el gusto salino de su piel. Acarició todo su cuerpo, recorriendo su espalda, las generosas nalgas, los pechos, la firmeza de su vientre, demorándose entre sus muslos hasta despertar en ella la necesidad apremiante de ser amada. Soota, incitado por sus juegos, la sentó sobre sus caderas y la penetró.

Intentó hacerlo despacio, deleitándola, reprimiendo su propio placer. Ella respondió hundiendo las uñas en su espalda, clavándolas como garras en la blanca piel del hombre. Sus respiraciones agitadas se acompasaban con sus movimientos, cada vez más precisos. Él la estrechó en un abrazo y la tumbó; entró más brusco, más profundo, sintiendo cómo ella se estremecía bajo su torso hasta la última de sus embestidas, pero no consiguió arrancarle ni un solo gemido.

Soota gritó, complacido. Aquella mujer era una diosa que le había devuelto los instintos largamente adormecidos y que ahora regresaban con fuerza.

Estaba hambriento. Hambriento de besos, del calor más íntimo, de los atrevidos roces con que la joven lo excitaba, obligándolo a que de nuevo estallara de placer en su interior. Satisfecho, se acostó sobre el pelo brillante y negro de la manta para después caer agotado en el sueño, acariciado por el suave tacto de las yemas de los dedos que bajaban por el surco de su columna.


Soota se esforzó en abrir los ojos, deslumbrado por la claridad de la mañana. Estiró un brazo, estaba solo. La muchacha se había ido antes del amanecer, demasiado temprano para que él se percatara de su ausencia.

No, no estaba solo. Oyó el leve frufrú de una tela.

—¡Por Erig, nuestro dios! —exclamó mirando de soslayo hacia el suelo—. ¿No podrías ser menos sigiloso?

Moimat, sentado en la alfombra, esperaba paciente a que el príncipe se despertara. A su lado había dejado una bandeja con el desayuno: leche tibia de cabra, pan dulce y un cuenco lleno de higos secos. Soota se llevó las manos a la cabeza, aquejado de un palpitante dolor. No debía de faltar mucho para la partida. Escuchó el revuelo de hombres y caballos. Del tumulto sobresalían las voces agudas de las mujeres, despidiéndose de los soldados con cánticos, palmas y alabanzas. El príncipe se levantó de un salto y comenzó a vestirse con prisas.

—¿No vais a comer? —preguntó el niño.

—¿Cómo se llama tu hermana?

Moimat agrandó los ojos, desconcertado por la pregunta.

—Ya sabes, la damisela contorsionista que vino a… presentarme sus respetos —puntualizó Soota, mientras se abrochaba las hebillas de las botas.

El pequeño Moimat se ruborizó, admitiendo con el bochorno que sabía más de lo que debería saber. Se suponía que él estaba al margen de los asuntos de sus hermanas y era un fastidio desvelar que conocía sus secretos.

—Se llama Madhara.

—Un precioso nombre para una preciosa mujer, aunque… callada.

El niño, que hasta entonces hablaba con la mirada baja, la alzó.

—Es sordomuda, señor. No habla… ni escucha.

Soota se sorprendió a pesar de la evidencia. Daba igual, él también era una persona incompleta, peor aún, un tullido al que le faltaba corazón y un trozo de alma. Envainó su espada y recogió su capa. Antes de salir al exterior, donde la compañía se preparaba para continuar su camino, se volvió y apoyó su mano enguantada en el hombro del niño.

—Te deseo buena suerte. Tu padre puede estar orgulloso, me has servido bien.

—Gracias, señor.

—Y dile a tu hermana que… —Chasqueó la lengua y sacudió la cabeza—. Bueno, no importa.

Al tiempo que Soota se alejaba, Moimat sacó un dátil del bolsillo y se lo comió.

30.1.08

Encrucijada

Soota avanzaba a pie ligeramente adelantado; apenas la distancia del cuerpo de su caballo lo separaba de Roy y Darmion, quienes también conducían sus monturas de las riendas. La senda centenaria zigzagueaba entre la densa floresta, internándose en el Bosque de Houck. Un bosque oscuro y apretado, donde en aquella hora tardía la luz del sol se apagaba tras las marchitas hojas de los robles.

Roy no dejó de escrutar las ramas que se entrecruzaban sobre su cabeza, atento al más mínimo salto de una ardilla.

—Está anocheciendo. ¿No deberíamos parar ya? —preguntó el joven pelirrojo.

—Estúpido gañán… —dijo Soota—. Llevas un buen rato temblando como una vieja asustada.

—No es miedo —corrigió Roy—. Es respeto, nada más.

—Respeto —repitió Soota con sorna—. Ahora llamamos respeto a cagarse en los pantalones. Lo que hay que oír…

—Me he criado en una pradera, rodeado de perdigueros y caballos —se defendió Roy—. A lo lejos asomaba la loma de un cerro, y los únicos árboles que recuerdo son una retorcida higuera y un avellano. —Con la nariz arrugada, levantó la vista y añadió—: Aquí no se ve ni el cielo, y este olor… a humedad, a hojas podridas…

—Huele… perfecto —lo interrumpió Werner Darmion—. A tierra y a laurel. A rosas silvestres, a corteza de abedul, a tomillo y a lirios…

Soota se estampó una mano en la cara y sacudió la cabeza. No lo podía creer; Roy era un gallina, y Darmion, un poeta.

—Huele a mierda, ¡cojones! —zanjó Soota—. Mi caballo acaba de cagarse. —Paró sus pasos y se dio la vuelta, frenando la marcha—. Está bien, lo habéis conseguido, se me han quitado las ganas de seguir. Haremos un alto hasta que amanezca. Así podréis descansar, comer, rascaros la espalda el uno al otro y daros por el culo.

Roy y Darmion intercambiaron una fugaz mirada.

—¡Venga! —Soota agitó una mano en el aire—. ¿A qué espe­ráis ahí pasmados? Busquemos un sitio donde pasar la noche y hagamos un fuego. Roy, tú vete a recoger algo de leña. Tú solo, a ver si te espabilas. Werner, llévate a los caballos y busca por los alrededores un arroyo donde puedas abrevarlos. Recuerdo que hay uno por aquí cerca.

Los jóvenes se fueron sin rechistar para cumplir las tareas.

—¡Por Erig! —exclamó Soota, sin importarle que lo oyeran—. Qué dos idiotas me acompañan, tan simples, tontos…

Había tenido la libertad de elegir a un hombre para que lo acompañara, alguien leal y discreto. Roy lo era, aunque no alcanzaba a ser un hombre, tan solo un muchacho demasiado joven. Pero Soota estaba convencido de que sería al único a quien podría aguantar durante tantos días recorriendo en soledad los apartados caminos y, en lo posible, al resguardo de ojos extraños. En las instrucciones del rey, le había quedado muy claro que aquel viaje se llevaría a cabo con la máxima discreción.

Hacía dos días que habían dejado la capital. Aquella mañana, Soota se despertó con una sensación de pereza y desánimo que había superado recurriendo a la trabajada disciplina de su férreo carácter. Mientras remoloneaba entre las sábanas tenía presente que debía aceptar su condición de hijo sumiso y salir en unas horas hacia Hass, donde Werner Darmion se quedaría al mando de una explotación minera. Después acabaría en algún lugar perdido de la costa para regresar con su «hermana».

A modo de ritual ineludible, pactado con su propia conciencia, no olvidó rasurar su cabeza y rostro como parte de su aseo. Aquel gesto era algo que le hacía recordar su procedencia, distinguiéndolo así de los demás erigios, quienes habían aceptado aquella rara costumbre como la extravagancia de un hombre desquiciado. Se vistió, abrochó el peto negro —grueso pero flexible— alrededor de su pecho y abdomen, y se colocó la protección de unos brazales, también de cuero negro, que ajustó fuertemente mediante su atadura. De entre las armas que se extendían sobre la mesa, había escogido las que consideró adecuadas para el viaje y, tras unos instantes de reflexión, optó por llevarse también la bolsa de cuero, y la guardó con el resto de sus pertenencias.

Cuando Roy y Darmion volvieron, ya era noche cerrada. Soota tenía que reconocer que el Bosque de Houck era oscuro e inquietante, y menos silencioso de lo que había esperado; lleno de aleteos, chasquidos, siseos, graznidos y el intermitente ulular de los búhos. Si hubieran seguido el camino, tal como Soota decidió en un principio, quizás ya estuvieran fuera de aquella espesura y se habrían evitado el pernoctar entre tanta alimaña acechante en las sombras.

Encendieron una hoguera, más para sentir la protección del fuego amigo que para sacudirse el frío. Los caballos estaban tranquilos, en un entorno que no les era impropio a su naturaleza, apaciguados por el paisaje de sonidos primitivos; la voz nocturna del bosque.

Al terminar la cena, los tres jóvenes continuaron sentados alrededor de la lumbre, sobre el mantillo de hojas que cubría el suelo.

Soota alimentó el fuego echando algunas ramitas.

—Háblanos de ese lugar del que provienes —le pidió a Roy—. Parece un buen sitio.

—Sí, lo es. —El pelirrojo esbozó una leve sonrisa—. Mi hogar está más allá de Hass, al otro lado de sus montañas, y ocupa una enorme extensión hasta llegar al margen del Gran Lago. Es una región que se conoce como Llanura de Barig. ¿Habéis estado alguna vez allí?

Darmion y Soota permanecieron callados, negando con su silencio.

—En mi tierra no hay mucha arboleda, pero sí verdes pastos y suaves colinas. En primavera los campos se llenan de amapolas y anidan las perdices. También hay lagos, unos pequeños, otros enormes, pero todos son muy redondos y profundos, y están llenos de carpas. Durante el otoño llueve de manera copiosa, pero el resto del año apenas lo hace, por eso los lagos son importantes… Y tenemos caballos, los mejores. Puede que no sean tan robustos y resistentes como los del ejército, pero son los más veloces. Eso os lo aseguro.

—Me gustaría verlos algún día —dijo Soota—. ¿Cómo son?

—El porte es noble y su andar cadencioso. Tienen la cabeza pequeña, cuello largo y delgado, la grupa redondeada, y las crines y la cola muy pobladas. Son de color castaño menos en la frente, donde lucen una estrella blanca.

—En mi casa había uno —habló al fin Darmion—. Lo trajo mi padre a la vuelta de una de sus expediciones. Me lo regaló siendo un niño.

—Entonces sabrás que no exagero —dijo Roy—. Con un brach, un buen jinete podría ganar en una carrera a cualquier montura.

—Brach… Así dijo mi difunto padre que se llamaba la raza de aquel pura sangre —recordó Darmion.

Hubo una larga pausa.

—¿Axel Darmion ha muerto? —preguntó Soota.

—Hace tres meses. De unas fiebres —respondió Darmion.

—Lo siento, Werner. —Soota cabezeó—. No lo sabía. Era un buen hombre, un aventurero. Lo recuerdo al servicio de la Corona en interminables travesías por tierra y mar. Su regreso a la corte era un gran acontecimiento.

—Sí, ha sido una triste pérdida —admitió Darmion, serio y emocionado—. Aún le quedaban muchos territorios por recorrer.

—«Erig lo tendrá junto a él, en el campo de batalla y sentado en su mesa, eterna fuente de manjares y ambrosía» —recitó Roy automáticamente la retahíla aprendida.

Soota pensó que casi no conocía a Werner Darmion. Era joven y estaba junto a Minthos desde hacía un par de años, a quien le había ofrecido su espada y su singular facultad adivinatoria. Pero en ese tiempo, a pesar de compartir juventud, no lo había tratado lo suficiente como para saber las preocupaciones del visionario.

—¿Tienes hermanos, Werner? le preguntó.

—Tengo tres hermanas más pequeñas. Son niñas aún, pues la mayor ha cumplido once años. Yo soy el único varón. Y ahora que ha muerto mi padre, soy su heredero y a mí me corresponde aceptar su legado y transmitirlo a mis hijos. Cuando los tenga, claro... —Darmion sonrió—. Mi padre no solo me ha dejado cosas materiales (aunque fue una persona generosa, no hay duda), sino los principios, las normas fundamentales que todo caballero debe mantener a lo largo de su vida. Un hombre que se precie como tal, no debe olvidar el significado del honor, la lealtad, la perseverancia y el valor.

—Vaya… —Soota se frotó el afeitado mentón—. Lo que estás contando, Werner, no parece que acompañe demasiado a los caballeros de la corte. Más bien creo que describes a un héroe legendario.

Darmion volvió a sonreír, pero en esta ocasión su sonrisa semejaba amarga y melancólica. La sinceridad del príncipe era igual de abrumadora que siempre, una cualidad que tanto producía admiración como rechazo.

—Puede que tengas razón y que esos valores se estén perdiendo entre la nobleza erigia. A veces pienso que nos estamos convirtiendo en un hatajo de cerdos —dijo Darmion, claramente, sin tapujos—. Hablas de un héroe legendario y me has recordado una vieja leyenda que mi padre contaba. ¿Queréis oírla?

Soota y Roy asintieron con la cabeza, atentos como niños que esperan escuchar una historia extraordinaria.

—Lejos, muy lejos, en un tiempo distante a nuestros días...


7.10.07

El regreso de un fantasma

El persistente aguacero postergó las tareas de la granja. Los aperos de labranza quedaron abandonados en el huerto, y la hoja del hacha estaba clavada a medio hundir en un grueso tronco, junto a la leñera. La tormenta descargó a lo largo de la tarde, y ya en la medianoche, la lluvia escampó y entre las nubes aparecieron los fríos destellos de la luna llena. En la casa, dos ancianos dormían arropados por una manta de lana y, sobre su mullida tibieza, una gata se recogía en un ovillo a los pies de la cama.

El ladrido de un perro despertó a Max Fiendus. Tras levantarse con cuidado de no despertar a su mujer, fue hasta la ventana. Dibujó un círculo en el cristal para limpiar el vaho y vio que en el cielo se abrían algunos claros. Hacía viento. Detrás del cobertizo asomaban las ramas temblonas de los manzanos. Patkis seguía ladrando. El anciano frunció el ceño y cabeceó, sacudiéndose la modorra. Como poco, le aguardaba una noche desvelada.

Abrió la puerta y el viento lo golpeó en la cara. Antes de salir, volvió la vista hacia el interior; Magda aún dormía y la gata ya no estaba. Salió afuera, descalzo, sin más prenda que el camisón. Sus pies se hundieron en el lodazal que se había formado con las lluvias.

Patkis, un podenco de grandes orejas y piel canela, continuaba atado tal como lo había dejado antes de acostarse. Gru­ñía, monótono y amenazador. Max Fiendus mandó callar al perro y salió al camino que separaba su casa del establo y la pocilga.

Primero vio a un hombre, después a otro. Ellos también lo vieron a él. Pensó que había cometido una imprudencia al salir desarmado y que debería haber cogido un cuchillo. No le gustaba la idea de morir con las manos vacías, sin tener con qué defender su vida y la de Magda; como un miserable campesino. Así había vivido durante los últimos años, cuidando gallinas y cerdos. Un destino impensable para un honorable veterano como él. Desde su juventud había sido capitán en el ejército del rey Gronic Benrich, y después de la muerte del monarca sirvió al sucesor al trono, su hijo Geroy. Cuando la edad lo retiró del servicio activo, su mujer lo convenció para volver a su pueblo natal y dedicarse a labores más sosegadas, en espera de la muerte en la vejez tranquila.

Por eso, en aquel momento rabiaba por no tener su espada en la mano. Aunque no moriría con la cabeza gacha. Si tenía oportunidad, al primero que se acercara le mordería una oreja y se la arrancaría de cuajo.

Los vio salir del corral. Dos hombres caminando despacio, expuestos al resplandor de la luna.

—Míralos, acercándose tan campantes —musitó con un cosquilleo amargo en la garganta.

El viejo capitán podía ver sus rostros barbudos con claridad. Los dos llevaban grandes espadas; las cruces de las empuñaduras despuntaban tras sus hombros. Sin duda eran guerreros erigios; su peste llegaba hasta allí. Fiendus había luchado en innumerables batallas y había acabado con muchos de aquellos bárbaros malolientes, de cabello desgreñado y largas barbas. La visión de estos dos hombres no difería del repulsivo aspecto que recordaba. Uno de ellos se abrigaba con una capa corta de piel de oso, que lo embrutecía todavía más. El otro, de baja estatura y piernas arqueadas, agarraba por el pescuezo a un capón recién sacrificado. También llevaba un queso bajo el brazo. Fiendus conocía los rumores sobre la hambruna que asolaba Erigia; parecían ciertos. El ansia de supervivencia envalentonaba a los soldados a realizar pequeñas escapadas al otro lado de la frontera, adentrándose en terreno aldario y desobedeciendo, de este modo, el cumplimiento de las órdenes castrenses.

El más joven le habló a su compañero.

—Vete, Koux, ya me encargo yo.

El tal Koux se dio media vuelta y apuró el paso para alejarse rápidamente con las piezas robadas. Su figura patizamba se perdió en las sombras de la arboleda que rodeaba la granja.

Fiendus sabía que no tenía nada que hacer contra un hombre armado. Aun así, levantó los brazos y apretó los puños a la altura del rostro, dispuesto a hacerle frente. El joven erigio sonrió con ironía al ver el ademán del anciano, y no desenvainó.

—¿Quieres pelea, viejo? —Su sonrisa se ensanchó. Se lo iba a pasar en grande—. ¡Eh! ¿Quieres probar mis puños?

Su voz sonaba tan burlona que Fiendus cayó en la provocación y le asestó el primer derechazo, directo a la cara. Lo cogió desprevenido, obligándolo a retroceder unos pasos.

—Vaya, vaya… —El erigio se limpió la comisura de los labios con el dorso de una mano—. Estás en forma, viejo.

Max Fiendus vio que el joven escupía sangre, y eso le dio valor para intentar un nuevo ataque. Esta vez el erigio paró el golpe con un brazo y le propinó un certero gancho, encajándole el puño en un costado. El viejo soldado trastabilló con un punzante dolor en el pecho; un poco más arriba y le habría alcanzado el corazón. En vez de amilanarse, encaró a su adversario con más furia, enzarzándose en una pelea en la que los dos se daban un puñetazo tras otro. Nunca había pensado que conservara ese vigor, sobre todo teniendo ante él un hombre más joven y fuerte. Cuanto más firme golpeaba el erigio, más duro le sacudía él. Pero aquel exceso de confianza se volvió en su contra y empezó a flaquear. Fiendus sintió que los nudillos del erigio se incrustaban en su mejilla, y mientras el sabor de la sangre se le iba esparciendo por la boca, cayó al suelo de espaldas. Su rival se le echó encima, poniéndose a horcajadas sobre él.

Notó el hedor que emanaba de aquel cuerpo, un olor a animal sucio y mojado. Vio un rostro mugriento, con la boca abierta, enseñando los dientes aún sin mellar. Y vio también sus ojos llenos de ira, uno claro y el otro oscuro. Unos ojos que conocía perfectamente.

—Doogan… —dijo Fiendus, como si invocara la aparición de un fantasma.

Al escuchar este nombre, el joven erigio reaccionó torciendo su fiero semblante en un gesto de extrañeza. Se quedó quieto, su cuerpo se aflojó, y fijó el brillo inquietante de su mirada en el viejo soldado. En ese instante se oyó un golpe seco. El erigio cayó noqueado sobre Fiendus con todo su peso. Este se hizo a un lado y observó a Magda, en pie, con la pala todavía en alto y los ojos espantados.

El erigio permanecía inconsciente encima de la mesa que en época de matanza servía para descuartizar a los cerdos. En aquel cobertizo se guardaban las herramientas y los sacos de grano, y del techo pendía la carne salada que, con certeza, habría sido parte del botín. El joven era demasiado grande, desde luego mucho más que un cerdo, y su cabeza, brazos y piernas colgaban fuera de la mesa. Bajo la luz de un candil, Fiendus y Magda lo contemplaban aprovechando su indefensión, aunque no por ello se habían descuidado. El asaltante fue despojado de sus armas, y ahora el anciano llevaba un hacha en el improvisado cinturón de esparto que rodeaba su cadera. La mujer, que había sido muy oportuna al salvar la vida de su esposo, continuaba aferrada a la pala y hablaba en tono suspicaz.

—No puede ser, tienes que estar equivocado.

—¿Equivocado? —Fiendus resopló, obligándose a parecer indignado—. Será mejor que lo veas por ti misma.

El viejo capitán colocó sus pulgares sobre los párpados del erigio y los abrió con suavidad, hasta que los ojos quedaron al descubierto.

Magda se llevó una mano a la boca, reprimiendo un grito ahogado por la conmoción. Fiendus estaba en lo cierto. Aquel erigio tenía un ojo de cada color. El iris derecho era de un marrón tan oscuro que casi se confundía con la pupila, el izquierdo presentaba un azul profundo como el cielo limpio de un día de verano.

—¡Que los dioses nos asistan! —exclamó Magda—. ¡El príncipe Doogan ha regresado!

El soldado erigio se despertó lentamente, retornando de la inconsciencia. A pesar del fuerte dolor de cabeza, se sentía flotar en una agradable calidez. Quizás ya estuviera muerto…

Abrió los ojos con la esperanza de encontrarse en otro mundo menos terrenal, rodeado de hermosas doncellas y ríos de dulce miel. No fue así, aunque sí vio a una mujer rubia, ya de cierta edad, que lo observaba con interés. Paseó la mirada por la habitación. Aquel hogar, sencillo y diminuto, no era el paraíso, pero sí parecía un buen sitio. La sala y la alcoba compartían una misma estancia. La lumbre de la chimenea caldeaba el ambiente con un suave chisporroteo. Sus ropas y armas pendían del respaldo de una silla; sentado en otra, un hombre de pelo blanco se sonaba la nariz de forma ruidosa. Llevaba puesto un largo camisón manchado de sangre y barro, y tenía los pies dentro de una palangana.

Él también estaba sumergido en un gran barreño lleno de agua tibia de la que solo sobresalían sus huesudas rodillas. Pensó que, después de todo, tal vez sí se encontrara en el paraíso.

Pero pronto entendió que aquella escena estaba lejos de ser una ensoñación. Al reconocer al anciano como el campesino con el que se había peleado, recordó lo sucedido. Intentó moverse; no pudo, sus músculos no le respondieron, y eso sí que lo asustó.

—No te angusties, querido niño —le dijo Magda—. Sé que estás paralizado, y tampoco puedes hablar.

—¡Oh, muchacho! —profirió Fiendus, risueño—. Has caído en las redes de toda una hechicera. No te preocupes, solo es un pequeño toque mágico, una atadura para que te dé tiempo a calmarte. Además —se frotó el mentón de barba cana y recortada—, ya he probado tus puños, ¡y que me aspen si quiero repetir!

Soltó una carcajada. Su esposa sonreía.

—Espero que no te importe que te hayamos metido en el barreño. Olías a cabra —dijo Magda.

El anciano se secó los pies, aliviado. Ya se sentía mucho mejor, pese a estar terriblemente dolorido. El joven, que continuaba a remojo, lo miraba con una expresión de estupor.

—Bueno, ya es hora de que conversemos un rato. Tienes que contarme muchas cosas, querido Doogan. —Se volvió hacia su esposa—. Magda, preciosa mía, ¿podrías hacer el favor de desatar a este muchacho?

La mujer se acercó al erigio y le tocó la frente con su índice; sobre ella trazó una intrincada grafía. En cuanto terminó, el joven notó un latigazo en la columna y recobró el dominio de brazos y piernas. Se incorporó llevándose las manos a la cabeza y encontró un doloroso bulto a la altura de la coronilla, allí donde la pala lo había golpeado. Estaba confundido, viviendo una realidad difícil de comprender. Aquellas personas, que se habían enfrentado a él para defender sus posesiones, le sonreían y lo trataban con amabilidad. ¿Estaba siendo víctima de un perverso delirio?

Por un instante examinó cómo estaban situados aquellos individuos, cuán cerca estaba su espada y qué precisos movimientos debía realizar para segar sus vidas en apenas unos segundos. Concluyó que era posible, pero, por una extraña razón, no lo hizo.

—¡Por todos los dioses! —prorrumpió—. ¿Qué puñetas pasa? ¿Quiénes sois y qué queréis de mí? —Había un deje de resignación en su voz grave.

—¿Y tú? ¿Sabes quién eres? Porque nosotros sí lo sabemos —replicó Fiendus.

El erigio abrió mucho los ojos, sorprendido.

—Estamos muy contentos por haberte encontrado. ¡Pensábamos que habías muerto! Pero nos disgusta ver en lo que te has convertido —le reprochó Magda—. ¡Un guerrero del ejército erigio! Si tu padre lo supiera, te mataría con sus propias manos.

—Doogan, cuéntanos qué ha sido de ti durante todos estos años —solicitó el anciano, preparándose para escuchar la historia que el soldado erigio debía contarles.

El joven seguía mirándolos con cara de no entender nada.

—Me estáis volviendo loco, ¡maldita sea!, yo no me llamo así. Mi nombre es Soota.

Los ancianos cruzaron la mirada. Todo iba a resultar más complicado de lo que en principio habían supuesto.

Magda le habló en un susurro.

—Doogan, hijo…

—¡Ese no es mi nombre!

El erigio, visiblemente contrariado, se levantó del barreño sin importarle mostrar su sexo. La mujer corrió para envolverlo en un lienzo, y el joven se dejó hacer. Fiendus, con un ademán conciso, lo invitó a sentarse junto a él, cerca de la lumbre. Aceptó; incluso liberado del hechizo que lo había mantenido inmóvil, sentía que sus fuerzas no lo acompañaban. Estaba mareado y notaba como si la cabeza le fuera a estallar. Una sensación parecida a despertar con una enorme resaca.

—Bueno… Soota. Tendrás que convencerme de que no eres quien yo creo. A ver, dime dónde has nacido, ¿en qué parte de Erigia? —le preguntó el anciano esbozando una enigmática sonrisa.

—No, no… no lo sé —respondió tartamudeando; su cuerpo empezaba a temblar.

—Tranquilo, muchacho. Solo es el incómodo efecto de la atadura —dijo Magda.

—No sé dónde nací, ni me… acuerdo… —sus dientes castañeaban— de mi infancia. Pero sé quién soy: un… soldado del ejército erigio.

Max Fiendus se levantó apartando la silla con estruendo; su erizado cabello blanco acentuaba su creciente enfado. Las respuestas del joven empezaban a sacarlo de sus casillas.

—¡Cuervos y cornejas! Sabía que el hecho de no reconocernos no traería nada bueno —pensó en voz alta, y dirigiéndose a su mujer, añadió—: Tengo que darte la razón, Magda. A este muchacho le han borrado la memoria.

—Ya te dije que era una práctica muy común con los prisioneros de guerra. ¿Por qué no la iban a emplear también con él, aunque fuera un chiquillo?

El joven, algo menos convulso, intervino de nuevo.

—Siendo un niño me golpeé la cabeza. —Se dio un toque en la sien—. Nos sorprendieron en una celada, y en la refriega caí del caballo; desde entonces perdí todos mis recuerdos. Eso fue lo que me contaron cuando me recuperé de la caída.

—¿Y te creíste semejante patraña? —preguntó Fiendus, irritado.

Soota se encogió de hombros.

—¿Por qué insistís en que me conocéis?

El viejo capitán se inclinó sobre el erigio dispuesto a contestarle; acercándose todo lo posible hasta que sus miradas se enfrentaron. El joven reparó en aquel rostro envejecido por los años y la dureza de las batallas; surcado de arrugas, con unos ojos vivaces, llenos de determinación. Unos ojos que llamaron la atención del erigio. Max Fiendus tenía uno oscuro y otro claro, tan diferentes como el día y la noche. Como la luz y la sombra.

—Porque yo soy tu abuelo.

Aquella sentencia sonó con rotundidad y emoción contenida. El joven Soota quiso creer en ella, pero no solo por la sinceridad que reflejaba. Los ojos de Fiendus eran una prueba mucho más firme que todas las palabras del mundo.

—Hay algo que debo reconocer. El nombre por el que me llamaste no me dejó indiferente —admitió el joven—, siento que me pertenece. Doogan…

En cuanto aquel nombre salió de sus labios, notó un escozor en la boca del estómago y cómo el aire dejaba de llegar a sus pulmones, obligándolo a levantarse. Se llevó las manos a la cara y sintió que sus ojos y mejillas ardían. Cuando volvió a respirar, retiró las manos y vio que estaban mojadas. Eran lágrimas, y aquella opresión en el pecho, un sollozo que consiguió atenazar en su interior.

Supo entonces que el anciano le estaba diciendo la verdad, aunque mantuviera una actitud un tanto desconfiada. A fin de cuentas, él era un soldado del ejército enemigo que había invadido su casa con intención de robarle. No obstante, ahora veía las cosas de un modo distinto. Se le estaba ofreciendo la auténtica identidad de la que había carecido en los últimos años. La oportunidad de descubrir su pasado y sus orígenes, y desenmascarar la vil invención que habían construido quienes lo rodeaban.

Fiendus se sorprendió de ver lágrimas en los ojos de un hombre que aparentaba la solidez de una roca. Pero la experiencia de la vida le había enseñado que ciertos acontecimientos, a veces intrascendentes, podían abrir las puertas de los sótanos más oscuros. Esto debía de haberle pasado al muchacho. Al pronunciar su verdadero nombre, habían surgido los sentimientos que guardaba en la profundidad de su alma. El anciano ni siquiera sospechó cuánto se equivocaba. Aquella congoja no era tal, sino el resultado de la resquebrajadura del hechizo que había aniquilado, tiempo atrás, la frágil memoria de un niño.

Conmovido, el capitán se abrazó a su nieto y acarició sus largos cabellos castaños. El joven enseguida se apartó, limpiándose la cara con los puños. Intentó hablar, pero tenía la garganta seca y la respiración entrecortada. Magda se dio cuenta de su apuro, así que le sirvió una copa de vino.

—Toma, hijo. Quizá esto te recomponga. Y tú también, Max. —Escanció la aromática bebida en otra copa que entregó a su esposo.

—Gracias, querida. Realmente lo necesitamos. —El anciano bebió a grandes tragos—. Sentémonos de nuevo, muchacho, pues te voy a contar dónde has nacido.