20.10.08

EL DUELO

Eidan Langius entró a formar parte del ejército del Oso Alzado siendo apenas un chiquillo y sus recuerdos más lejanos estaban unidos al servicio de Imeria. Ya nada quedaba del capitán temerario, del soldado eterno, del disciplinado guerrero. La edad había hecho mella en él, pero su voluntad se imponía por encima del sufrimiento. Seguía conservando unos brazos poderosos y raro era el día en que no empuñaba su espada para enseñar a los nuevos reclutas. Su pelo canoso realzaba un perfil afilado que todavía guardaba ese aire de pureza que envolvía su bizarra apariencia. Ahora, sentado en su silla, mientras miraba absorto la danza de las llamas, sentía que había envejecido diez años de golpe. Aquella actitud no pasó inadvertida a su esposa, ni a su hijo. Fue ella la primera en hablar, y lo hizo como acostumbraba, de forma directa y sin tapujos.
―¿Qué sucede, Eidan? ¿Estás preocupado?
El hombre levantó la vista y pareció que despertaba de una profunda ensoñación. Pestañeó, se frotó la cabeza mientras preparaba una respuesta y luego contestó con voz grave.
―Hay algo más… El correo traía informes de la frontera norte. Una hueste se ha reunido bajo el estandarte de un rebelde al que llaman Cabeza de Hierro y ha penetrado en nuestro territorio a través de las Montañas Quebradas. Acampan a sus anchas en Los páramos de Nezea con ánimo de perpetrar una invasión. Por eso ordenan regresar a nuestras tropas antes de lo previsto. Tenemos que reunirnos para defender Enar.
El fuego crepitó devorando los troncos que se consumían dentro de la chimenea.
―¿Y cuánto tiempo estarán aquí los chicos? ―preguntó la mujer.
―No lo sé. Dos, tres días… cuatro a lo sumo.
Cora volvió la cabeza, ocultando su dolor. Había creído que por fin tendría a sus hijos reunidos en el hogar, pues en los últimos años numerosas batallas y escaramuzas les habían mantenido alejados de tierras enarias.
―Otra vez… ―masculló la mujer―. ¡Maldita sea! ¿Cuándo acabará esto?
―Cora… ―dijo Langius―. Debemos combatir al ejército enemigo. Piensa en las familias, en las aldeas desprotegidas… La vida de mucha gente depende de nosotros.
―Siempre hay una guerra, o una rebelión, o una amenaza. ¿Cuándo volveré a tener en casa a mis hijos?
―Espero que pronto ―respondió Langius, levantándose y posando sus manos sobre los hombros de su esposa.
Aquel gesto, cariñoso y protector, hizo suspirar a la mujer, que correspondió aferrándose al hombre que desde muy joven la había cautivado.
―Ocurra lo que ocurra, lo superaremos… juntos ―aseveró Langius―. Iré con los chicos a esta contienda y me aseguraré de que vuelvan a tu lado.
―Quiero ir ―dijo Eizanel.
Los ojos de Eidan Langius se encontraron con los de su hijo y se sintió súbitamente perturbado, sin que pudiese concretar la razón.
―Quiero acompañaros a la batalla ―insistió el muchacho.
―Eres demasiado joven, Eizanel ―objetó su padre―. Todavía no ha terminado tu instrucción militar.
―Estoy preparado, padre. Juntos combatiremos esta amenaza.
Langius le miró, indignado. Creyó que se estaba burlando al valerse del mismo argumento que él había utilizado con su esposa. Pero nada en el semblante de Eizanel delataba el más mínimo indicio de burla.
―Dentro de unos meses podrás demostrarme que ya estás listo para entrar en combate. Además, tu madre te necesita aquí, ¿es que no la has escuchado?
Se oyó el restallar de un trueno. Cora se asomó a la ventana y vio un cielo encapotado con terribles nubes oscuras que se encendían al descargar toda su furia. La desaprobación de Langius provocó un silencio lleno de tensión que hizo suyo la tormenta. De repente, un insólito relámpago cruzó el cielo en una trayectoria casi horizontal. Cora se estremeció, asustada. Comenzó a llover.
―No, padre. No es mi ausencia, ni el vacío de mis hermanos la que ella sufre. Es el tuyo.
El hombre le miró buscando una réplica. La dureza de las palabras de Eizanel sonaba a reproche y parecían sacadas del berrinche de un jovencito malcriado, aunque no lo era ni el tono ni la tranquilidad con que las dijo.
Nunca había vertido ni una sola lágrima, ni siquiera siendo un niño pequeño, y en pocas ocasiones cedió en una disputa. A veces daba la impresión de que era insensible a las cosas que sucedían a su alrededor, a las personas que lo rodeaban, y que su mundo se concentraba en una pequeña porción de espacio. Sus pensamientos parecían estar en otra realidad diferente, más dura, y al asomarse a sus ojos, esos ojos oscuros e insondables, se vislumbraba dónde residía su alma.
Cora sintió su respiración alterada y fingió que observaba el repentino diluvio. No quería enseñar el temblor de su barbilla en aquel momento en que esa verdad que había escondido, hasta a sí misma, afloraba en los labios de su joven hijo. La mujer había fantaseado con la idea de que al llegar a la vejez podría estar al lado de su esposo, pero entonces, una multitud de nuevos conflictos desembocaron en la necesidad del entrenamiento casi continuo de unas tropas cada vez más jóvenes.
Langius comenzó a sentir el aguijón de la duda, y su mirada pasó de su hijo a su esposa y de nuevo a su hijo.
―Estoy preparado ―dijo Eizanel―, deja que te lo demuestre.
―Quizás mañana, hoy el mal tiempo no lo permite ―repuso Langius, evasivo.
―¡Ahora! ―exclamó con violencia el joven.
Era la primera vez en dieciséis años que levantaba la voz de esa manera tan autoritaria, y aquella única palabra, irrefutable, ineludible, retumbó en el aire como si un pequeño seísmo sacudiese la vivienda. Langius y su esposa estaban desconcertados por la intransigencia de su hijo, y por unos segundos ambos creyeron ver que la tormenta que azotaba en el exterior se desataba en el brillante iris de los ojos del muchacho.
El silencio que siguió a continuación fue todavía más contundente que el anterior. La mirada de Eizanel estaba clavada en Langius y sólo parecía esperar una respuesta. Por su parte, el caballero trataba de imponerse en aquel pulso de voluntades, enfrentando su rostro crispado a aquella máscara pétrea en la que destellaban dos luceros. Se encontraban ante un abismo insalvable que, inexorablemente, se abría ante ellos. Eidan Langius descubrió que su hijo ya no era un niño, y no sin cierta amargura. Finalmente, fue el padre quien bajó sus ojos y habló con voz pausada.
―Bien, Eizanel, coge tu espada y salgamos afuera.
Los dos salieron de la casa bajo el frío aguacero. Cora se quedó en el quicio de la puerta, mordiendo sus nudillos en un gesto nervioso. La tormenta arreciaba con furia, y aún así todo indicaba que iba a empeorar. Apenas se podía ver a unos pasos más allá de donde se encontraban. En unos minutos, la tierra, blanda y oscura, se había convertido en un barrizal que dificultaría los movimientos de los contendientes.
Langius llegó hasta el centro del improvisado campo de batalla y aprovechó para observar cuán profundo se hundían sus botas en el barro. Concluyó que debía ser un duelo rápido y terminar antes de que aquel lodazal fuese impracticable.
Eizanel le siguió con la espada en la mano. Su vista estaba fija en la robusta espalda de su padre y no parecía consciente de la intensa lluvia que caía sobre sus cabezas, ni del suelo lleno de charcos. Tanto era así que llevaba arrastrando la punta de su espada en un gesto de abandono, trazando una línea en el barro. Su camisa, empapada, se pegaba a su piel mostrando un cuerpo adolescente y enflaquecido.
Se situaron uno frente al otro, estudiándose a través del torrente que les separaba. No hizo falta una seña, o una palabra. Después de muchos años entrenando juntos se conocían a la perfección. Y Langius sabía que su hijo era bueno, pero él era mejor. Calado hasta los huesos, deseando poner fin a aquella absurda demostración, acometió al joven. Éste respondió alzando la espada, lo que hizo que el barro que había arrastrado en su punta volara directo al rostro de su padre. Langius intentó protegerse de aquella salpicadura y perdió la ventaja que tenía con la carga. Se sucedieron una serie de raudos ataques y contraataques; los dos contendientes medían sus fuerzas. Eizanel compensaba su falta de experiencia con la agilidad con que realizaba sus embestidas, lo contrario que hacía su padre, quien descargaba su hoja con gran potencia. Poco a poco, el maestro hizo retroceder a su pupilo, acorralándolo contra la casa donde ya no tendría escapatoria.
Sus ojos se encontraron. Los labios del joven se arquearon en una sonrisa triunfal, lo que sorprendió e inquieto por igual a su padre. Como si esta mueca fuera un signo agorero, el pie izquierdo de Langius resbaló sobre el lodo y estuvo a punto de perder el equilibrio. El muchacho se valió de aquel traspié para lanzar un ataque rápido, furioso. Las estocadas se reanudaron con mayor ímpetu. Langius reculó hundiéndose cada vez más en el barro. Era cuestión de segundos que tropezara y cayera, o bien que el joven consiguiera desarmarle. Pero Eizanel detuvo su ataque y dejó que su padre recuperara su posición.
Langius, perplejo, le dirigió una mirada inquisitiva. ¿Por qué su hijo no había ido a por la victoria cuando la tuvo a su alcance? Por un momento intuyó que estaba jugando con él, como el gato que marea a la mosca antes de cazarla. La sensación pasó y se convenció de que era la honradez del joven lo que había detenido su acero al no querer aprovechar una situación azarosa.
El caballero volvió a atacar. Craso error. Se encontró con la defensa de su hijo que bloqueó con facilidad su estocada. Eizanel arremetió con una serie de golpes certeros y veloces haciendo tambalear a Langius.
Un último esfuerzo desesperado por contener la embestida, un nuevo impacto de los filos, una oportuna finta y la espada de Langius voló por los aires. En un brevísimo instante el joven había encontrado y asaltado todos los puntos débiles de su padre… al mismo tiempo.
―Irás con nosotros ―dijo el maestro en cuanto pudo recobrar el aliento; y en un susurro apenas audible, añadió―: Has vencido.

9 comentarios:

Martikka dijo...

¡Hola Susana! Cuando puedas te pasas por el blog que hay un premio para tí.
¡Saludos!
http://losmanuscritosdelcaos.blogspot.com/2008/11/premio.html

Anónimo dijo...

Hola susana, geniial el blog.
Te invito a que te registres en este foro nuevo de escritores. El fin de este proyecto es conocer a gente que comparta los mismos gustos que nosotros...la lectura y la escritura!

Esta pequeña isla perdida en medio del oceano pacifico, es el punto de encuentro de todos los escritores y lectores que quieren pasar un rato divertido.

Un saludo, Grimpow.

La direción es:
www.islaescritores.creatuforo.com

ANDRÁGORAS DE THARTSO dijo...

Hola Susana. Mucho tiempo dirían algunos. Veo que todo marcha, y para adelante (p'alante por estas latitudes). Las ramifificaciones del camino tienden a entretenernos en demasía, pero continuamos en la brecha, en este y en otros frentes de la vida.

Un besote y hasta pronto.

Anónimo dijo...

Uah ! El hijo venciendo al padre.Me ha gustado. El ritmo ágil, las frases cortantes, dan un gran dinamismo a la lectura...Cuando acabas te quedas con ganas de más. ¿Quién son esos que han acampado? ¿Qué formas tienen?
Un beso.

Susana Eevee dijo...

Marta, gracias por acordarte de mí para este premio, (te he mandado un mail).

Anónimo de las 0:22, gracias por la invitación, prometo pasarme.

Andrágoras, me alegra muchísimo saludarte de nuevo, (tú también tienes un mail mio en la bandeja).

Anónimo de las 9:34, je, je... me anima tu entusiasmo. Pues sí, ese muchacho me ha salido un poco desabrido.
Ay, esas preguntas que haces se quedarán sin contestar... o tal vez no... Quizás lo descubras en una próxima entrada.

Gracias a los cuatro,
Un beso.

vitolink dijo...

Demasiado tiempo sin leer nada nuevo tuyo. Pero ha merecido la pena la espera.

Estupendos personajes y una escena emotiva cargada de acción.

Me quedo con el personaje del viejo caballero. Riquísimo, lleno de matices y posibilidades.

Susana Eevee dijo...

Gracias, Vito ;)
La verdad es que me gusta ahondar en las personalidades y sentimientos de los personajes. Si éstos no nos transmiten nada, poco importa la trama que urdamos en torno a ellos.
Un abrazo.

STB dijo...

El fragmento en sí me ha gustado. Pero sabe a poco.
Los nombres son de mi gusto (no suenan a inglés).
:)

Susana Eevee dijo...

¡Hola, STB!
Gracias por pasarte y comentar ;)
Me alegra que te haya gustado este fragmento, y también que te agraden los nombres. Para mí es importante (y nada fácil) dar con los nombres adecuados para los personajes.