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19.11.08

LA NIEBLA

Dicen que el paso del tiempo desvanece nuestros temores más primitivos, que cuando los años transcurren el corazón se endurece, y al abandonar la niñez olvidamos los miedos infantiles que nos susurran las sombras de los sitios oscuros.
No es cierto.
Al llegar a la edad adulta en la que un hombre aprende a matar, las pesadillas no me habían abandonado y seguían causándome la misma desazón. Durante el penoso regreso al Castillo Lazvard, noche tras noche, aquellos horribles sueños se repetían cada vez con mayor crudeza.
Una madrugada me desperté sobresaltado, excitado por el terror que las crueles imágenes me infundían, oliendo el acre olor del humo y la carne quemada. Mi carne. Al igual que en mi hogar, sentí la necesidad de huir, de refugiarme entre la fronda del bosque al abrigo del cielo raso donde acampaba el ejército.
Sobre la colina, embarrada por la nieve sucia del hollín de las fogatas, se apretaban altos y espigados abetos. A paso vivo me interné con un zigzagueo errante hasta que creyéndome perdido me vi a salvo de mis horribles visiones.
Las ráfagas racheadas ululaban entre las picudas copas que rozaban el firmamento. Allí, en la cima del monte, el viento era más fuerte, más puro. La luna asomaba con timidez, escondiéndose y reapareciendo entre los densos cúmulos de nubes.
En la quietud del bosque distinguí una bruma densa y opaca más sombría que las tinieblas que me rodeaban. Se deslizaba con la inteligencia de un ente vivo y palpitante, incorpóreo, moviéndose rauda con el propósito de ocultarse tras los árboles. Mi curiosidad fue más fuerte que el recelo, aunque no puedo negar que sentía el corazón acelerado por la ansiedad y el asombro.
Haciendo alarde de la osadía del imprudente, me acerque a aquel prodigio.
Así pude distinguir la silueta femenina de una mujer emergiendo del extraño efluvio, como si éste, por fin, sembrase su esencia sobre la tierra. Su piel desnuda era tan esplendente como la luna, y al igual que ella, la mujer aparecía y se ocultaba correteando de un árbol a otro, pero sin alejarse, como si pretendiera mostrarse pero no se atreviese.
Corrí tras ella. Era como un juego de niños; cuando yo me movía intentando descubrirla, ella también trotaba hasta desaparecer de mi vista detrás de un nuevo tronco. Me dejé envolver por aquella espesa niebla que se hacía jirones al enredarse en los helechos. Durante un instante creí que estaba soñando, que quizás no hubiese despertado de mi sueño y que éste continuase con aquella nueva escena, más amable aunque no menos misteriosa.
Sin embargo, cuando inesperadamente la extraña mujer salió a mi encuentro exponiéndose al fin ante mi vista, descubrí que no era parte de mis pesadillas.
Tan sólo dos pasos la separaban de mí.
Su belleza me conmovió y la desnudez de su cuerpo inundó mis sentidos. En su rostro, los labios eran dos pétalos rosados, y su exuberante cabello, el manto negro y radiante de una noche estrellada. Sí, era bella. Quizás fuese la mujer más bella que he visto en mi vida. Pero su beldad no escondía la perversa mirada de sus ojos oscuros.
De su espalda surgió una sombra que se desplegó hasta mostrar, en toda su extensión, unas alas negras. Y entonces pude verla, en cada detalle; su plumaje negro, la suavidad de su cuello, la cicatriz del hombro, su piel teñida de plata…
La naturaleza demoniaca de la mujer que tenía ante mí no me causo mayor sobresalto que el descubrir que su presencia no me producía temor.
En el breve tiempo que dura un parpadeo, la arpía estaba junto a mí. Su mirada clavada en la mía, sus manos en mis hombros, su cálido aliento sobre mi boca.
Me besó. De una manera dulce, casi tierna, aunque tan seductora que me complació. Después batió con fuerza sus alas, moviendo mis cabellos con su intenso aleteo, y se elevó en el aire, sosteniéndose en él durante unos segundos para luego elevarse sobre los abetos y perderse entre las nubes grises que encapotaban el cielo.
Mucho había oído hablar sobre aquellas criaturas, hembras aladas que apaciguaban la lujuria del Señor del Averno. Había escuchado que las arpías eran seres que no gustaban del contacto humano, y los pocos que se topaban con ellas y conseguían huir de la muerte las describían como cuervos contrahechos con cabeza de loba. Simples habladurías de viejos ociosos: yo había visto en ella la majestad de un cisne negro.
Todavía más confuso e inquieto que cuando me adentre en el bosque, emprendí el camino de regreso al campamento. En mi cabeza bullían las preguntas. ¿Qué misterio guardaba aquella aparición? ¿Quién era aquella arpía? ¿Acaso me espiaba? ¿Qué pretendía de mí?

Nunca conté a nadie el episodio vivido esa noche, era un suceso demasiado absurdo como para que alguien creyese que había sobrevivido al encuentro con una arpía. Y mucho menos entenderían el brillo lascivo que había visto en sus ojos.

20.10.08

EL DUELO

Eidan Langius entró a formar parte del ejército del Oso Alzado siendo apenas un chiquillo y sus recuerdos más lejanos estaban unidos al servicio de Imeria. Ya nada quedaba del capitán temerario, del soldado eterno, del disciplinado guerrero. La edad había hecho mella en él, pero su voluntad se imponía por encima del sufrimiento. Seguía conservando unos brazos poderosos y raro era el día en que no empuñaba su espada para enseñar a los nuevos reclutas. Su pelo canoso realzaba un perfil afilado que todavía guardaba ese aire de pureza que envolvía su bizarra apariencia. Ahora, sentado en su silla, mientras miraba absorto la danza de las llamas, sentía que había envejecido diez años de golpe. Aquella actitud no pasó inadvertida a su esposa, ni a su hijo. Fue ella la primera en hablar, y lo hizo como acostumbraba, de forma directa y sin tapujos.
―¿Qué sucede, Eidan? ¿Estás preocupado?
El hombre levantó la vista y pareció que despertaba de una profunda ensoñación. Pestañeó, se frotó la cabeza mientras preparaba una respuesta y luego contestó con voz grave.
―Hay algo más… El correo traía informes de la frontera norte. Una hueste se ha reunido bajo el estandarte de un rebelde al que llaman Cabeza de Hierro y ha penetrado en nuestro territorio a través de las Montañas Quebradas. Acampan a sus anchas en Los páramos de Nezea con ánimo de perpetrar una invasión. Por eso ordenan regresar a nuestras tropas antes de lo previsto. Tenemos que reunirnos para defender Enar.
El fuego crepitó devorando los troncos que se consumían dentro de la chimenea.
―¿Y cuánto tiempo estarán aquí los chicos? ―preguntó la mujer.
―No lo sé. Dos, tres días… cuatro a lo sumo.
Cora volvió la cabeza, ocultando su dolor. Había creído que por fin tendría a sus hijos reunidos en el hogar, pues en los últimos años numerosas batallas y escaramuzas les habían mantenido alejados de tierras enarias.
―Otra vez… ―masculló la mujer―. ¡Maldita sea! ¿Cuándo acabará esto?
―Cora… ―dijo Langius―. Debemos combatir al ejército enemigo. Piensa en las familias, en las aldeas desprotegidas… La vida de mucha gente depende de nosotros.
―Siempre hay una guerra, o una rebelión, o una amenaza. ¿Cuándo volveré a tener en casa a mis hijos?
―Espero que pronto ―respondió Langius, levantándose y posando sus manos sobre los hombros de su esposa.
Aquel gesto, cariñoso y protector, hizo suspirar a la mujer, que correspondió aferrándose al hombre que desde muy joven la había cautivado.
―Ocurra lo que ocurra, lo superaremos… juntos ―aseveró Langius―. Iré con los chicos a esta contienda y me aseguraré de que vuelvan a tu lado.
―Quiero ir ―dijo Eizanel.
Los ojos de Eidan Langius se encontraron con los de su hijo y se sintió súbitamente perturbado, sin que pudiese concretar la razón.
―Quiero acompañaros a la batalla ―insistió el muchacho.
―Eres demasiado joven, Eizanel ―objetó su padre―. Todavía no ha terminado tu instrucción militar.
―Estoy preparado, padre. Juntos combatiremos esta amenaza.
Langius le miró, indignado. Creyó que se estaba burlando al valerse del mismo argumento que él había utilizado con su esposa. Pero nada en el semblante de Eizanel delataba el más mínimo indicio de burla.
―Dentro de unos meses podrás demostrarme que ya estás listo para entrar en combate. Además, tu madre te necesita aquí, ¿es que no la has escuchado?
Se oyó el restallar de un trueno. Cora se asomó a la ventana y vio un cielo encapotado con terribles nubes oscuras que se encendían al descargar toda su furia. La desaprobación de Langius provocó un silencio lleno de tensión que hizo suyo la tormenta. De repente, un insólito relámpago cruzó el cielo en una trayectoria casi horizontal. Cora se estremeció, asustada. Comenzó a llover.
―No, padre. No es mi ausencia, ni el vacío de mis hermanos la que ella sufre. Es el tuyo.
El hombre le miró buscando una réplica. La dureza de las palabras de Eizanel sonaba a reproche y parecían sacadas del berrinche de un jovencito malcriado, aunque no lo era ni el tono ni la tranquilidad con que las dijo.
Nunca había vertido ni una sola lágrima, ni siquiera siendo un niño pequeño, y en pocas ocasiones cedió en una disputa. A veces daba la impresión de que era insensible a las cosas que sucedían a su alrededor, a las personas que lo rodeaban, y que su mundo se concentraba en una pequeña porción de espacio. Sus pensamientos parecían estar en otra realidad diferente, más dura, y al asomarse a sus ojos, esos ojos oscuros e insondables, se vislumbraba dónde residía su alma.
Cora sintió su respiración alterada y fingió que observaba el repentino diluvio. No quería enseñar el temblor de su barbilla en aquel momento en que esa verdad que había escondido, hasta a sí misma, afloraba en los labios de su joven hijo. La mujer había fantaseado con la idea de que al llegar a la vejez podría estar al lado de su esposo, pero entonces, una multitud de nuevos conflictos desembocaron en la necesidad del entrenamiento casi continuo de unas tropas cada vez más jóvenes.
Langius comenzó a sentir el aguijón de la duda, y su mirada pasó de su hijo a su esposa y de nuevo a su hijo.
―Estoy preparado ―dijo Eizanel―, deja que te lo demuestre.
―Quizás mañana, hoy el mal tiempo no lo permite ―repuso Langius, evasivo.
―¡Ahora! ―exclamó con violencia el joven.
Era la primera vez en dieciséis años que levantaba la voz de esa manera tan autoritaria, y aquella única palabra, irrefutable, ineludible, retumbó en el aire como si un pequeño seísmo sacudiese la vivienda. Langius y su esposa estaban desconcertados por la intransigencia de su hijo, y por unos segundos ambos creyeron ver que la tormenta que azotaba en el exterior se desataba en el brillante iris de los ojos del muchacho.
El silencio que siguió a continuación fue todavía más contundente que el anterior. La mirada de Eizanel estaba clavada en Langius y sólo parecía esperar una respuesta. Por su parte, el caballero trataba de imponerse en aquel pulso de voluntades, enfrentando su rostro crispado a aquella máscara pétrea en la que destellaban dos luceros. Se encontraban ante un abismo insalvable que, inexorablemente, se abría ante ellos. Eidan Langius descubrió que su hijo ya no era un niño, y no sin cierta amargura. Finalmente, fue el padre quien bajó sus ojos y habló con voz pausada.
―Bien, Eizanel, coge tu espada y salgamos afuera.
Los dos salieron de la casa bajo el frío aguacero. Cora se quedó en el quicio de la puerta, mordiendo sus nudillos en un gesto nervioso. La tormenta arreciaba con furia, y aún así todo indicaba que iba a empeorar. Apenas se podía ver a unos pasos más allá de donde se encontraban. En unos minutos, la tierra, blanda y oscura, se había convertido en un barrizal que dificultaría los movimientos de los contendientes.
Langius llegó hasta el centro del improvisado campo de batalla y aprovechó para observar cuán profundo se hundían sus botas en el barro. Concluyó que debía ser un duelo rápido y terminar antes de que aquel lodazal fuese impracticable.
Eizanel le siguió con la espada en la mano. Su vista estaba fija en la robusta espalda de su padre y no parecía consciente de la intensa lluvia que caía sobre sus cabezas, ni del suelo lleno de charcos. Tanto era así que llevaba arrastrando la punta de su espada en un gesto de abandono, trazando una línea en el barro. Su camisa, empapada, se pegaba a su piel mostrando un cuerpo adolescente y enflaquecido.
Se situaron uno frente al otro, estudiándose a través del torrente que les separaba. No hizo falta una seña, o una palabra. Después de muchos años entrenando juntos se conocían a la perfección. Y Langius sabía que su hijo era bueno, pero él era mejor. Calado hasta los huesos, deseando poner fin a aquella absurda demostración, acometió al joven. Éste respondió alzando la espada, lo que hizo que el barro que había arrastrado en su punta volara directo al rostro de su padre. Langius intentó protegerse de aquella salpicadura y perdió la ventaja que tenía con la carga. Se sucedieron una serie de raudos ataques y contraataques; los dos contendientes medían sus fuerzas. Eizanel compensaba su falta de experiencia con la agilidad con que realizaba sus embestidas, lo contrario que hacía su padre, quien descargaba su hoja con gran potencia. Poco a poco, el maestro hizo retroceder a su pupilo, acorralándolo contra la casa donde ya no tendría escapatoria.
Sus ojos se encontraron. Los labios del joven se arquearon en una sonrisa triunfal, lo que sorprendió e inquieto por igual a su padre. Como si esta mueca fuera un signo agorero, el pie izquierdo de Langius resbaló sobre el lodo y estuvo a punto de perder el equilibrio. El muchacho se valió de aquel traspié para lanzar un ataque rápido, furioso. Las estocadas se reanudaron con mayor ímpetu. Langius reculó hundiéndose cada vez más en el barro. Era cuestión de segundos que tropezara y cayera, o bien que el joven consiguiera desarmarle. Pero Eizanel detuvo su ataque y dejó que su padre recuperara su posición.
Langius, perplejo, le dirigió una mirada inquisitiva. ¿Por qué su hijo no había ido a por la victoria cuando la tuvo a su alcance? Por un momento intuyó que estaba jugando con él, como el gato que marea a la mosca antes de cazarla. La sensación pasó y se convenció de que era la honradez del joven lo que había detenido su acero al no querer aprovechar una situación azarosa.
El caballero volvió a atacar. Craso error. Se encontró con la defensa de su hijo que bloqueó con facilidad su estocada. Eizanel arremetió con una serie de golpes certeros y veloces haciendo tambalear a Langius.
Un último esfuerzo desesperado por contener la embestida, un nuevo impacto de los filos, una oportuna finta y la espada de Langius voló por los aires. En un brevísimo instante el joven había encontrado y asaltado todos los puntos débiles de su padre… al mismo tiempo.
―Irás con nosotros ―dijo el maestro en cuanto pudo recobrar el aliento; y en un susurro apenas audible, añadió―: Has vencido.

20.8.08

NOBLEZA DE CABALLERO

Eizanel subió de dos en dos los tortuosos escalones de piedra caliza que ascendían en espiral. Al llegar al mirador sus botas resonaron en el empedrado, pero Aldus no se volvió. El rey continuó con los brazos cruzados sobre su pecho, escrutando la inmensa extensión de tierra que se divisaba desde aquella altura.
―Acércate, Eizanel ―dijo sin mover su pose estática y gallarda―. Contempla el ejército de Enar antes de que inicie su partida.
El joven se había apresurado a acudir a la llamada de su señor y su respiración se mantenía agitada tras la rápida ascensión hasta el lugar más alto en que culminaba la residencia real. Obediente, caminó entre las chimeneas que emergían del suelo y se aproximó al rey. Éste le dedicó una breve mirada y dirigió de nuevo la vista al horizonte.
Eizanel, al lado del monarca, se veía de la misma estatura. Sin embargo, la fornida complexión de Aldus doblaba la figura desgarbada del joven. A pesar de que su edad superaba la cincuentena, el Señor de Imeria conservaba la apariencia de sus años mozos, y apenas se entretejían algunas canas en su larga cabellera oscura. Sólo en sus profundos ojos castaños se podía advertir el peso de sus vivencias, inquietudes y decepciones.
La tarde caía. El cielo, ahora despejado por el vendaval que soplaba del oeste, era un lienzo manchado por los primeros trazos del crepúsculo. Bajo él, una miríada de campamentos cubría el terreno ondulante y hundido entre las lomas que rodeaban el Castillo Lazvard. Éste, anclado sobre un escarpado cerro, dominaba un lugar privilegiado desde el que se podía observar las tierras fecundas y arboladas que se perdían en la distancia.
Allí abajo se derramaba el asentamiento del vasto ejército enario, engrosado en las últimas horas por tropas venidas de toda la provincia. Eizanel apoyó las manos en la cornisa del murete. El viento despeinó sus rubios cabellos y le trajo el olor a humo de las hogueras que se desperdigaban entre una masa bulliciosa de miles de guerreros.
―Mañana partiremos con el alba, Eizanel. ―El rey se asió también al murete y añadió―: Tu padre me ha dicho que te has unido a la campaña.
―Así es, señor.
―No puedo decir que no me agrade, hijo. Pero Langius me ha contagiado su preocupación por ti. Dice que eres todavía muy niño, y que…
―Señor, no le hagáis caso ―interrumpió Eizanel claramente indignado―, mi padre es un viejo gruñón y metomentodo que más le valía cuidar de sus propios achaques.
Aldus Lazvard estalló en una sonora carcajada.
―Mi joven muchacho… Siempre tan desvergonzado e impertinente ―dijo el rey sin perder la sonrisa―. Arrestos no te faltan, pero en la batalla hace falta tener algo más que coraje.
Eizanel no necesitaba oír más para saber a qué se refería su señor, tantas habían sido las veces que éste le había enumerado las muchas virtudes de las que debía hacer gala la nobleza de un caballero. Paciencia, disciplina y templanza eran algunos de los preceptos que Aldus intentaba inculcar en su protegido; decía que de valor y sangre fría andaba sobrado, si es que de eso se puede exceder. Pero Eizanel pensaba que él no era caballero ni noble, y lo único que necesitaba saber era cuán a fondo tenía que hundir su espada para atravesar el corazón de un enemigo.
―Eizanel, sé lo que piensas. Ese mohín huraño no me oculta lo que pasa por tu cabeza. Crees que ya estás preparado para batirte en combate, pero, ¿también lo estás para morir? Tan sólo aquél que está dispuesto a abrazar la muerte lo está para conservar su vida. Y tú aún tienes mucho que vivir, mucho por hacer, y… un destino que cumplir.
El joven reflexionó sobre aquellas palabras que no alcanzaba a comprender. No entendía qué era lo que el rey intentaba transmitirle con sus enrevesadas sentencias. Para Eizanel, no había mejor muerte que la que se alcanza en el fragor de la batalla, ni mejor final que morir matando.
―Aldus te conoce bien. Teme que un lance te incite a cometer una heroicidad innecesaria ―dijo una voz a sus espaldas―. Caes fácilmente en la provocación.
Vassel Artion salió de detrás de una alta chimenea y se acercó a ellos. Eizanel no se sorprendió de su presencia, pues Artión era el fiel custodio que guardaba las espaldas del monarca.
―¿Para eso me habéis traído aquí? ―preguntó Eizanel a su rey, enfadado―. ¿Para sermonearme como a un crío? ¡Ya estoy harto de vuestros innecesarios desvelos!
―Refrena ese genio, muchacho ―le reprendió Artion.
―No es esa mi intención ―contestó Aldus. La severidad de su rostro ensombreció sus ojos―. Aunque estoy sujetando mi mano para no abofetearte.
El rey levantó su brazo y por un instante Eizanel pensó que iba a golpearlo. Sin embargo no fue así y éste rodeó sus hombros con un cálido apretón.
El sol era apenas un ascua moribunda que irradiaba sus últimos rayos, envolviendo el paisaje en un halo dorado, mágico. A quien tocase aquel resplandor le producía la sensación de que el tiempo se detenía, y apreciaba una paz que invitaba al silencio. A Eizanel le pareció que el vocerío que ascendía de los campos se aquietaba en suave murmullo. Mientras, su cabello se cubría del bruñido bronce del ocaso y en sus ojos se encendía una llama.
Vassel Artion se mantuvo alejado a una prudente distancia de Aldus y su pupilo, aun cuando no dejase de prestar atención a lo que allí se hablaba.
―Perdonadme, señor… ―susurró Eizanel, conmovido por la indulgencia del rey.
―Hijo, es precisamente ese temperamento tuyo el que me hace temer por tu vida ―dijo Aldus―. ¡Ata esa cólera, Eizanel! ¡No dejes que domine tus actos!
El joven asintió en silencio y sostuvo la penetrante mirada del Señor de Imeria. Se arrepintió de inmediato de sus palabras altaneras y desabridas. No era un muchacho arrogante, pero sí reconocía que su carácter arisco le convertía, muchas veces, en un ser intratable. Por eso idolatraba a Aldus, porque su señor había depositado su confianza en él dispensando sus defectos y ofreciéndole una deferencia de la que muy pocos podían presumir.
Sí, Eizanel veneraba a Aldus Lazvard por su noble intención de forjar en él las cualidades de un hombre justo y honorable.
Y porque dentro de su corazón sabía que no merecía tal afecto.

4.7.08

PRIMER ANIVERSARIO

Apenas ha transcurrido un año desde que me inicié en el oficio de la escritura. Han sido doce meses de dedicación casi exclusiva a la literatura, un tiempo en el que he escrito las primeras historias que finalmente han tomado forma de novela. Un tiempo de aprendizaje, de noches desveladas, de lecturas y correcciones.
Todo ese esfuerzo ha sido recompensado. Los que escribís sabéis de lo que hablo: de la satisfacción de poner punto y final a una novela de la que os sentís satisfechos. Pero debo reconocer que gran parte de lo que he conseguido ha sido gracias al apoyo y a la ayuda que me han brindado un buen número de excelentes personas (tanto escritores como lectores) que he conocido a través de foros y blogs.
Por eso, ahora, en este aniversario, quiero agradeceros todo el tiempo que me habéis dedicado, todos los consejos y comentarios que me habéis dejado tanto en los foros como en este blog. Sin vuestra opinión me hubiera resultado muy difícil darme cuenta de los errores, erratas y demás vicios que arrastramos la mayoría de los que somos escritores noveles.
Gracias infinitas para cada uno de vosotros.
Mientras mi primera novela Dos coronas deambula por las oficinas de algunos editores (en espera de que llegue el día en que uno de ellos se decida a publicarla), yo estoy terminando la que será mi segunda novela Crónicas desde el Averno.
Aquí os dejo su prólogo, a ver qué os parece.


CRÓNICAS DESDE EL AVERNO
PRÓLOGO
Permanezco largas horas sentado en mi trono. Desde aquí, sólo puedo ver una vaga luz que, a lo lejos, se vuelve oscuridad lúgubre y cavernosa.
En mi copa, labrada en el oro más puro, rebosa el mejor vino. Me gusta su sabor, fuerte, amargo...
Ella está a mi lado. Descansa la cabeza sobre mis rodillas, extendiendo su hermosa cabellera al alcance de mi mano. Su piel blanca refleja destellos nacarados y su cabello tiene el tacto de la seda. Cuando la acaricio me parece oír que ronronea como un cachorro manso al encontrar el calor de su dueño.
Noche tras noche, reclamo su compañía. Nunca imaginé que necesitaría tanto la presencia de alguien a quien no amo y al que únicamente ofrezco desprecio. Será la soledad, o tal vez la desidia que este palacio sombrío ha imbuido sobre mi alma... Si es que todavía la conservo.
Cuando era un muchacho, en mi interior guardaba frialdad y resentimiento, pero también pasión, valor y esperanza.
Ahora albergo un profundo vacío.
No sé si volveré a sentir la calidez de una llama que ilumine mi duro corazón.
He conquistado un reino que se ha postrado a mis pies, reconociéndome como su legítimo señor. Pero esta hazaña no me enorgullece, pues ha sido un logro inevitable para proteger la libertad de la patria a la que sirvo.
Los lánguidos días se suceden a las noches de tormento. Quizás, en algún instante, la claridad retorne a mi perturbado juicio y pueda enfrentarme a este destino, que repudio y me envilece.
¿Será cierto que no elegimos nuestro futuro? ¿Que nuestros actos están dictados desde el principio de la Creación, incluso el momento de la muerte?
La muerte me huye, yo creo que me teme.
La vida me detesta. Ya en mi nacimiento quiso abandonarme, pero me aferré a ella, aceptando mi lugar entre el resto de los hombres.
Los recuerdos regresan una y otra vez, como el oleaje de una marea brava que arroja sobre la arena los tesoros de las profundidades marinas. Me agrada evocarlos, revivir en la memoria el camino recorrido, mi pasado...
Rememoro aquel tiempo lejano, deleitándome con todos los sucesos buenos.
Y también con los malos, aunque sean tan amargos como este vino.